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title: "Envejecer como héroe después de Malvinas"
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# Envejecer como héroe después de Malvinas

![2](/download/multimedia.normal.941e40dcf111b2b3.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)Por: **Lic. Sandra Campos (*)**

La longevidad no es igual para todos. Hay adultos mayores que llegan a esa etapa después de haber atravesado una guerra. En ellos, el paso del tiempo no sólo suma años: también arrastra trauma, memoria, resistencia, silencios y una deuda social que Argentina todavía no termina de saldar.

En esos cuerpos el tiempo no pasa solo como calendario. Pasa también como eco, como insomnio, como recuerdo súbito, como silencio, como una forma de haber sobrevivido que nunca termina de explicarse.

Una guerra no se abandona del todo cuando se deja el campo de batalla, a veces acompaña durante décadas, se esconde en los gestos, reaparece en fechas precisas, en olores, en noticias, en inviernos, en palabras que nadie pronuncia.

Y, sin embargo, se llega. Se ama, se trabaja, se forma una familia, se envejece, se sigue… con o sin estigma social. Quizás por eso la longevidad de quien atravesó una guerra no sea solamente una cuestión de años vividos, sino una de las formas más hondas de la resistencia humana.

**La longevidad atravesada por la guerra**

Llegar a adulto mayor después de una guerra no significa simplemente haber vivido muchos años. Significa haber cargado durante décadas con escenas, pérdidas, culpas, ausencias, ruidos internos y memorias que no envejecen al mismo ritmo que el cuerpo. Hay hombres y mujeres que llegan a la vejez con una biografía partida: una parte de sí quedó detenida en el frente, en la espera, en la despedida, en la noticia que nunca terminó de procesarse. En ellos, la longevidad no es sólo tiempo acumulado: es tiempo resistido.

En Argentina, Malvinas vuelve todos los años. Vuelve en los actos, en los discursos, en las banderas, en las escuelas, en las placas, en las palabras “héroes”, “patria”, “memoria” y “soberanía”. Pero… ¿Qué significa llegar a la adultez mayor después de haber atravesado una guerra?

Esta no es sólo una pregunta sobre el pasado, es una pregunta sobre el presente. Sobre cómo vive hoy una parte de nuestra sociedad. Sobre qué lugar le damos a quienes no sólo combatieron una guerra que no eligieron, sino que debieron convivir con ella durante décadas, mucho después de terminado el conflicto porque la guerra no siempre termina cuando termina en el campo de batalla. Termina en la cronología oficial, termina en los partes, termina en el territorio, termina en las declaraciones diplomáticas y en los libros de historia pero en muchas personas sigue de otra manera: en el cuerpo, en el sueño, en el sobresalto, en la memoria involuntaria, en la imposibilidad de olvidar del todo, en la dificultad de hablar, en la necesidad de callar. Hay entre nosotros adultos mayores que no sólo cargan años: cargan Malvinas. Y esa verdad debería transformar la manera en que pensamos la longevidad.

Vengo escribiendo de envejecimiento activo, de prevención, de calidad de vida, de autonomía, de vínculos, de salud física y salud cognitiva. Se habla de la economía plateada, de los desafíos del cambio demográfico y de las oportunidades de una sociedad más longeva y todo eso importa, pero hay una dimensión menos visible y mucho más áspera que casi nunca entra en la conversación pública: la de quienes llegan a viejos habiendo atravesado una experiencia extrema, brutal, traumática, cuando todavía eran demasiado jóvenes y, muchos, ni siquiera sabían a dónde iban.

**No toda vejez está hecha de los mismos recuerdos**

Hay quienes llegan a la adultez mayor recordando estudios, trabajos, amores, proyectos, viajes, fiestas, aprendizajes. Y hay quienes llegan con una juventud marcada por el frío, el hambre, la intemperie, la obediencia, el miedo, la pérdida, la cercanía cotidiana de la muerte. Esa diferencia no desaparece con el paso del tiempo, el tiempo puede volverla más silenciosa, más compleja, más íntima pero no necesariamente la borra.

A veces la memoria de guerra se esconde. A veces irrumpe. A veces parece dormida durante años y de pronto regresa por una fecha, un dolor, una noticia, un invierno o una frase… Hay experiencias que no envejecen al mismo ritmo que el cuerpo, permanecen, mutan, se desplazan pero permanecen.

Por eso, llegar a adulto mayor después de Malvinas no es simplemente haber vivido mucho. Es haber resistido mucho. Es haber intentado construir una vida sobre una fractura. Es haber amado, trabajado, criado hijos, sostenido rutinas, atravesado crisis, celebrado nacimientos, llorado pérdidas, mientras una parte de uno mismo seguía detenida en 1982.

Argentina ha oscilado demasiado entre el homenaje solemne y la incomodidad práctica. Entre la reivindicación patriótica y la falta de escucha concreta. Entre la épica y el abandono. Entre el acto de cada aniversario y el silencio del resto del año. Como si recordar alcanzara. Como si nombrar bastara. Como si la palabra “héroe” resolviera por sí sola lo que una sociedad debe entender, acompañar y reparar.

**Homenajear no es comprender**

Comprender implica aceptar que Malvinas no quedó atrás para todos, que hubo un combate visible y otro invisible, uno en las islas y otro en los años posteriores, uno en el territorio y otro en la memoria.

Comprender implica reconocer que muchos excombatientes no sólo tuvieron que sobrevivir a la guerra, sino también al regreso, al desamparo, a la incomprensión, a la dificultad de reinsertarse, al dolor sin lenguaje y, demasiadas veces, a la indiferencia de una sociedad que no supo qué hacer con ellos cuando se apagaron los discursos.

Y también implica abandonar una idea peligrosa: la de romantizar el sufrimiento. No, la guerra no “forma carácter” sin costo. No “hace hombres”. No “fortalece” de manera noble y limpia. La guerra deja marcas. Lastima. Desorganiza. Cobra. A veces endurece. A veces rompe. A veces ambas cosas a la vez. Algunas personas logran resignificar parte de lo vivido. Otras arrastran heridas persistentes. Muchas transitan ambas cosas al mismo tiempo: construyen y se quiebran, aman y se repliegan, avanzan y vuelven a caer, y eso no les quita dignidad.

Quizá uno de los errores más injustos de una sociedad sea exigirles a sus héroes una entereza permanente, como si mostrar fragilidad los despojara de valor. Al contrario. Tal vez el verdadero coraje de muchos de ellos no haya terminado en la guerra, sino que haya consistido en seguir viviendo después.

Los excombatientes que hoy son adultos mayores no necesitan sólo memoria de bronce. Necesitan memoria humana, memoria viva, una memoria capaz de reconocer el coraje sin borrar la herida; la entrega sin negar el trauma; la dignidad sin exigir silencio.

Pero la guerra no envejece sólo en ellos. También envejece en sus familias.

Las parejas de excombatientes, sus hijos, sus nietos, conviven muchas veces con un pasado que no vivieron directamente, pero que marcó la vida cotidiana. Hay hogares organizados alrededor de silencios largos. Hay reacciones que no siempre se entienden. Hay emociones que aparecen sin explicación inmediata. Hay modos de amar atravesados por la cautela, por la hipervigilancia, por la necesidad de estar atentos a lo que el otro no dice. Hay familias que aprendieron a acompañar sin manual. A respetar zonas mudas. A leer gestos. A sostener.

También ellas cargan una porción de la guerra. Y eso nos obliga a ampliar la mirada sobre la longevidad. Porque no se trata sólo de cuánto vive una persona, sino de qué historia llega a esa vida larga, qué marcas la habitan, qué tipo de cuidado necesita, qué escucha merece, qué reconocimiento profundo reclama.

Si en serio queremos construir una sociedad preparada para la nueva longevidad, no alcanza con pensar en medicina, accesibilidad, servicios o consumo senior. También hay que pensar en biografías heridas. En envejecimientos atravesados por traumas históricos. En la necesidad de políticas, prácticas de cuidado y marcos culturales que no reduzcan la vida de estas personas a la épica congelada ni al padecimiento mudo.

Porque la deuda no es sólo material, aunque también lo sea. Es una deuda simbólica, emocional y cultural. Es la deuda de no haber sabido siempre cómo alojar el dolor de quienes habían sido enviados a vivir lo indecible. Es la deuda de haber preferido muchas veces la solemnidad antes que la escucha. La foto antes que la comprensión. La consigna antes que la conversación.

**Ha llegado la hora de una mirada más madura**

Una mirada que no use Malvinas una vez al año, sino que piense qué pasa hoy con quienes la siguen llevando adentro. Cómo envejecen. Cómo duermen. Cómo recuerdan. Cómo aman. Qué lugar ocupan en una Argentina que habla del futuro, pero todavía tiene cuentas pendientes con ciertas heridas del pasado.

Porque la longevidad no siempre es sólo un logro biológico. A veces es también una supervivencia psíquica, emocional y moral.

Llegar a viejo después de Malvinas no es simplemente cumplir años.

Es haber resistido durante décadas una guerra que siguió ocurriendo por dentro.

Es haber cargado una historia demasiado pesada en un país que a veces recordó, a veces calló y a veces no supo mirar.

Es, en muchos casos, una de las formas más hondas de la resistencia humana.

Siempre cierro mi columna con sugerencias pero, estimado lector, hoy este tema a mí me excede como profesional. Como persona puedo marcar que se es héroe de Malvinas todo el año, no sólo cada 2 de abril. También agregar que hay un entorno de afectos que a veces sostiene y otras veces intenta, sin manual pero a corazón abierto en un campo minado de prejuicios sociales y en íntima soledad.

Malvinas ocurrió hace décadas, pero en ciertos cuerpos, en ciertos sueños, en ciertas familias y en ciertos silencios, todavía sigue envejeciendo y merece atención, respeto y contención permanente, por los que se quedaron y por los que volvieron.

**(*) Directora de Masa Madre Consultora.**

**Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.**

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