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title: "El gimnasio y la fantasía absurda de ganarle a la ley de gravedad"
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description: "Una crónica sobre el optimismo de los lunes, la tiranía del hierro y la sospecha tardía de que pagar la cuota mensual no tonifica los bíceps de manera mística."
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date_published: "2026-06-22T08:13:00-03:00"
date_modified: "2026-06-22T08:14:04-03:00"
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# El gimnasio y la fantasía absurda de ganarle a la ley de gravedad

**![2 a](/download/multimedia.normal.937f303bf4372525.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)Por: Marcela De Francesco**

El olor es la primera advertencia. Una mezcla química de caucho quemado, desinfectante de pino y sudor ajeno, añejado en telas sintéticas que prometen evaporar la humedad pero solo consiguen concentrar el fracaso. Es lunes, son las ocho de la mañana, y el mundo exterior transcurre con su habitual indiferencia gris. Adentro, sin embargo, rige otra temporalidad. Una dimensión gobernada por hombres con remeras tres talles más chicas y mujeres que logran la hazaña inexplicable de no despeinarse mientras desafían la gravedad.

Llegar ahí es el resultado de un proceso largo. No se empieza el gimnasio por convicción; se empieza por rendición. Un día una se agacha a atarse los cordones y descubre que el aire es un recurso escaso. O se mira en el espejo del ascensor —esa luz cenital, implacable, diseñada por un enemigo personal— y comprende que la ley de la física no es una teoría, sino una condena. Entonces se firma el contrato. Se paga la matrícula con la fe ciega del que compra una indulgencia papal en la Edad Media, creyendo que el solo acto de entregar la tarjeta de crédito ya tonifica los bíceps.

El primer día es un ejercicio de humillación coreografiada. El profesor -veintidós años, una sonrisa que ignora el dolor existencial y bíceps que parecen tallados en madera de noble- me recibe con un entusiasmo que me resulta obsceno para esa hora de la mañana. Me entrega una rutina. Una hoja cuadriculada, llena de jeroglíficos: Sillón de cuádriceps, 4 series de 15, con 10 kilos. Diez kilos. Suena a poco. Suena a bolsa de papas pequeña.

La primera serie es un trámite. La segunda es una sospecha. A la tercera, los músculos del muslo no solo queman; protestan en un idioma que no conozco, un dialecto de temblores y espasmos. El espejo, que cubre toda la pared del recinto como un panóptico implacable, me devuelve la imagen de la verdad: una criatura congestionada, con los ojos fijos en el techo, buscando una piedad divina que no va a llegar porque Dios, evidentemente, entrena en otro turno.

Alrededor, la fauna local se mueve con una familiaridad obscena. Está el que gime. No es un quejido de dolor, es un bramido de apareamiento o de guerra que lanza cada vez que levanta una barra que dobla mi peso corporal. Está la que camina en la cinta con la elegancia de una garza, contestando mensajes de WhatsApp sin que el pulso se le altere un ápice. Y estoy yo, tratando de descifrar cómo se regula la altura de una máquina sin parecer un arqueólogo frente a una reliquia egipcia.

Media hora después, el veredicto es inapelable. Mi cuerpo, ese territorio que creía conocer, se ha rebelado. Cada articulación reclama su derecho a la inmovilidad. Al salir, el aire de la calle me pega en la cara con la violencia de una epifanía. Sobreviví. Camino con las piernas ligeramente arqueadas, como un cowboy que acaba de bajarse de un caballo indómito después de una travesía de tres días por el desierto.

Sé que mañana será peor. Sé que el ácido láctico hará su trabajo silencioso durante la noche y que levantar una taza de café va a requerir la misma planificación táctica que la invasión a Normandía. Pero mientras guardo la botellita de agua en la mochila, un pensamiento absurdo, diminuto y letal empieza a anidar en mi cabeza: el miércoles me toca brazos.

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