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title: "En el nombre del padre"
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description: "Mario Secco no camina por la ciudad: la barre con los ojos. Hay en su forma de andar una prepotencia física, una manera de ocupar el espacio que solo tienen los hombres que han gobernado un territorio durante más de veinte años como si fuera el patio trasero de su casa."
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date_published: "2026-07-30T07:59:00-03:00"
date_modified: "2026-07-30T08:01:07-03:00"
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# En el nombre del padre

**![3 SEGUNDA](/download/multimedia.normal.92a38a68354eac95.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)**

**Por: Marcela De Francesco**

En esta franja costera de viento rancio, óxido, astilleros y torres petroquímicas que escupen fuego contra un cielo que casi siempre parece a punto de venirse abajo, el apellido Secco no es solo una firma en un despacho municipal: es un adjetivo, una categoría geopolítica, una certeza. Pero la ley que limita las reelecciones en la provincia de Buenos Aires le puso una fecha de vencimiento a la permanencia. Y en la política territorial de la ribera, el poder no tolera el vacío.

Por eso está Nicolás.

Nicolás Secco tiene la mirada de los hombres que se criaron a la sombra de un árbol demasiado grande. Con 38 años y actual concejal del oficialismo, no es un heredero de traje entallado ni un producto pulido por asesores de comunicación. Tiene los hombros anchos, las manos gruesas y esa forma de hablar —medida — de quien sabe que cada palabra que pronuncie será sopesada en la balanza del padre. Lleva el apellido puesto como una armadura pesada y, al mismo tiempo, como una diana en la espalda.

Porque en las calles de Ensenada la devoción no es unánime, y los pliegues de una dinastía de más de dos décadas se notan en los bordes.

Están los que murmuran en voz baja, en la calle San Martín o en los pasillos de los barrios a donde la bonanza de la obra pública no terminó de llegar. Críticos que ven en la figura de Nicolás no a un dirigente forjado al calor del mérito propio, sino la consumación de una lógica patrimonialista: la idea de que la ciudad es una herencia que se transmite por derecho de sangre.

“Acá la política se volvió una empresa familiar”, dice un militante opositor con la voz cargada de un desencanto viejo. Le achacan a la gestión años de un hegemonismo que sofocó cualquier alternancia real, una estructura donde la oposición languidece y las voces disidentes quedan postergadas bajo el peso de un aparato aplastante.

A Nicolás le cuestionan, además, la portación de apellido como principal credencial de peso. Para sus detractores, la eventual candidatura no es más que una maniobra táctica para perpetuar el “sequismo” sin cambiar nada de fondo; un intento de poner una cara más joven a un esquema que acusan de desgaste, de hipertrofia estatal y de una dependencia absoluta de la figura de un líder supremo. “¿Qué va a hacer el día que tenga que tomar una decisión en serio? ¿Ir a preguntarle al padre?”, se pregunta un concejal de la oposición, señalando el riesgo de una intendencia tutelada, donde el poder real siga despachando desde las sombras de la misma casa.

Mario habla a los gritos, gesticula, golpea la mesa, encarna esa mística obrera y volcánica que convirtió a Ensenada en un bastión inexpugnable del kirchnerismo. Nicolás no. Nicolás observa. Camina las Unidades Básicas, saluda a los militantes veteranos llamándolos por el nombre de pila, revisa una obra, acompaña cada reclamo de los trabajadores. Hay en esa gestualidad una minuciosidad casi obsesiva: la búsqueda diaria de construirse un cuerpo propio dentro del traje gigante que le dejó la dinastía, mientras absorbe con paciencia los golpes que le llegan desde los sectores que exigen, de una vez por todas, un fin de época.

Cae la tarde en Ensenada. Las chimeneas de la destilería siguen encendidas, quemando gas con un zumbido sordo que nunca cesa.

Nicolás junta los papeles sobre el escritorio, apaga la luz de la oficina y sale a la calle. Sopla un viento helado que viene directo del río. Él se sube el cuello de la campera, acomoda el paso y avanza a oscuras, pisando el mismo asfalto que su padre moldeó durante un cuarto de siglo, sabiendo que muy pronto el apellido no será solo un refugio contra la intemperie, sino la diana principal hacia donde apuntarán todos los dardos.

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