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title: "Aromaterapia de trinchera"
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description: "Hay un gesto cotidiano que linda entre la mística ancestral y el atentado pulmonar: el rasguño seco de un fósforo, la llama pequeña que atrapa la punta del bastón de aserrín aromatizado y el soplido final."
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date_published: "2026-09-07T08:18:00-03:00"
date_modified: "2026-09-07T08:20:34-03:00"
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# Aromaterapia de trinchera

**![2 PRINCIPAL a](/download/multimedia.normal.8d9c68dd2c1c25f3.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)**

**Por: Marcela De Francesco**

Ese soplido ceremonial que apaga el fuego para inaugurar el desastre. Un hilo gris, grácil y denso, que sube hacia el techo mientras todos en la habitación contienen la respiración y simulan que están alcanzando el Nirvana.

Prendemos un sahumerio no para oler bien, sino por un delirio de control ambiental. Es la fe ciega en una varilla de trescientas monedas comprada en la

feria de la esquina: la ilusión de que el humo de “Sándalo Hindú” o “Lluvia de Oro” tiene la capacidad de espantar la mala onda, limpiar la energía del ex o tapar el olor a humedad de la pared. Buscamos magia pura, pero lo que obtenemos es una humareda espectral que activa los instintos de supervivencia de la casa.

Porque el ritual de purificación siempre bordea la tragedia respiratoria. En un departamento de dos ambientes, prender un sahumerio es decretar el estado de sitio atmosférico. A los tres minutos, la conversación se interrumpe por un carraspeo generalizado. Los ojos empiezan a llorar, las córneas arden y la garganta se cierra en un nudo trágico, pero nadie se atreve a abrir la ventana: abrir sería dejar escapar la “abundancia” y admitir que nos estamos ahogando voluntariamente con perfume sintético a vainilla. Hay que toser con dignidad, masticando el humo, convencidos de que el ardor en los bronquios es la prueba biológica de que la vibra pesada se está yendo.

El ritual, ejecutado con la solemnidad de un monje sufí, no admite improvisación:

-La inspección visual: Revisar el paquete para comprobar que la varilla no vino

pelada o doblada como un alambre viejo.

-El sacrificio: Acercar la llama hasta que la punta parece una brasa de asado en

miniatura, roja y amenazante.

-La extinción: El manotazo desesperado al aire —o el soplido traicionero— para

apagar el fuego sin prender fuego la cortina.

-El camuflaje: Clavar el palito en la tierra de una planta que claramente se está

muriendo, o en una manzana vieja que funcionará como portasahumerio improvisado hasta que se pudra.

Al final, cuando la varilla colapsa desparramando un rastro de ceniza gris sobre

la mesa del comedor, la humareda cede lentamente. Queda la casa a oscuras, la garganta resentida y esa duda cósmica de siempre: si realmente ahuyentamos a las malas energías o si, simplemente, las mareamos tanto que prefirieron mudarse al departamento de al lado.

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