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title: "El tarot volvió: menos profecía, más espejo"
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description: "De Dior a Leonora Carrington, Jung y Jessa Crispin, el tarot reaparece como objeto cultural, estético y de autoconocimiento. Ya no se trata sólo de adivinar el futuro, sino de leer símbolos, deseos y preguntas."
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date_published: "2026-09-28T08:40:00-03:00"
date_modified: "2026-09-28T08:41:29-03:00"
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# El tarot volvió: menos profecía, más espejo

![NOTA7](/download/multimedia.normal.911cbf83847a1d40.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)Hay modas que vuelven por nostalgia y otras porque nunca terminaron de irse. El tarot pertenece a esa segunda especie. Sobrevivió a siglos de sospecha, superstición, solemnidad esotérica y feria de pitonisas. Y ahora reaparece con otro tono: menos como máquina para saber quién te va a llamar el martes y más como un lenguaje visual para ordenar lo que te pasa.

Eso explica parte de su regreso. El futuro sigue dando miedo, pero ya no se busca siempre una respuesta cerrada. Muchas lectoras y lectores se acercan al tarot como una forma de pausa, una escena íntima donde una pregunta puede mirarse desde otro ángulo.

Christian Dior, por ejemplo, consultaba a Madame Delahaye antes de tomar decisiones importantes. Décadas después, la casa que lleva su nombre volvió sobre ese universo en una colección inspirada en tarot y alquimia. Zara también incorporó esa estética en colaboraciones visuales. No porque de repente la moda se haya convertido en una religión esotérica, sino porque los arcanos tienen algo que el diseño entiende muy bien: símbolos fuertes, imágenes abiertas y una belleza difícil de agotar.

**De la profecía al espejo**

El tarot moderno también se alejó bastante de la idea de “predecir”.

Marianne Costa, una de sus grandes estudiosas, trabaja la lectura como una relación entre cartas, persona y pregunta. Jessa Crispin lo llevó al terreno de la creatividad y la vida interior. Sallie Nichols lo cruzó con Jung y los arquetipos. Leonora Carrington, directamente, convirtió los arcanos en arte.

Ahí aparece una lectura más interesante y también más contemporánea: el tarot como sistema de imágenes que permite proyectar miedos, deseos, contradicciones o decisiones.

No hace falta creer que una carta conoce el futuro para aceptar que una imagen puede disparar una asociación.

Eso también explica su vínculo renovado con una mirada femenina.

Durante mucho tiempo, la cultura popular redujo a la tarotista al personaje de la bruja que “ve”. Hoy muchas lectoras trabajan desde otro lugar: como intérpretes, acompañantes, narradoras simbólicas. No entregan necesariamente sentencias. Ayudan a formular preguntas.

Es una diferencia importante.

La figura deja de ser la pitonisa que baja una verdad desde arriba y se acerca más a alguien que acompaña una conversación íntima.

Por eso el tarot circula otra vez entre libros, redes, moda, ilustración, psicología popular y espacios de bienestar. Su potencia no está solamente en lo que supuestamente anuncia, sino en lo que obliga a mirar.

Y hay algo muy de época en eso.

Vivimos rodeados de algoritmos que intentan anticipar qué vamos a comprar, escuchar, mirar o desear. El tarot hace algo mucho menos eficiente y, quizás por eso, más atractivo: pone unas cartas sobre la mesa y deja que la interpretación siga siendo humana.

Tal vez ahí esté su verdadero regreso. No en prometer el futuro, sino en recordarnos que todavía necesitamos símbolos para entender el presente.

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