El viejo Lobo y el silencio de la tribuna

La muerte de un padre siempre deja un hueco, un silencio denso que se instala en el alma y, para mí, se hizo eco en el lugar más sagrado y ruidoso de su vida: el Bosque de Gimnasia y Esgrima La Plata. Mi papá, tripero hasta la médula, nos había enseñado que la vida se medía en campeonatos, ascensos, tristezas y la eterna fe del Basurero.

Región14 de enero de 2026
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Escribe: Marcela De Francesco, especial para Capital 24

 

El partido final

 

El diagnóstico fue un fuera de juego inesperado, de esos que duelen. Él luchó, con la misma garra que le exigía a los muchachos en cada clásico, pero el partido, ese

último y crucial, terminó antes de que yo pudiera gritarle un “¡Dale, papá, un esfuerzo más!”. Se fue en un martes de calor, lejos del estruendo de la tribuna, y la primera sensación no fue solo dolor, sino un desconcierto profundo: ¿Cómo iba a ser la cancha sin él?

 

El Silencio del Bosque

 

El ritual de los domingos era sagrado. Desde que tengo memoria, caminábamos

juntos por la Avenida 60, el olor a choripán flotando en el aire, y el murmullo de la

multitud creciendo hasta convertirse en el rugido ensordecedor de “Dale Lobo, Dale”.

Después de su partida, el primer partido al que fui sola fue una tortura. Su lugar a mi lado estaba vacío. No había nadie con quien discutir el último pase errado o celebrar el amague de un delantero. Los cánticos sonaban huecos, como si mi audición se hubiera centrado solo en la ausencia de su voz grave y ronca. En lugar de mirar el césped, mis ojos se iban a ese tablón, esperando verlo llegar, fumando y puteando.

La tristeza se transformó en una melancolía dulce. Entendí que la cancha no estaba vacía; su presencia estaba dispersa en cada rincón.

 

El Legado del Lobo

 

La superación de la muerte de un padre no es una línea de llegada; es un campo de juego que uno aprende a transitar. Para mí, el camino lo marcó el legado de ese sentimiento incondicional.

Un día, en el clásico, un niño a mi lado, que no levantaba más de un metro del suelo, comenzó a cantar con una pasión desmedida. Cerré los ojos y escuché la misma voz, el mismo fervor, que había conocido toda mi vida. Mi papá no se había ido; se había multiplicado. Estaba en el aliento de ese niño, en la bandera que se agitaba, y en mi propio corazón, que latía con el ritmo del bombo de la 22.

Comencé a llevar su camiseta a los partidos. Dejé de mirar el asiento vacío para mirar el campo, tal como él me había enseñado. Descubrí que el duelo era “transformar el amor que ya no se puede dar en el afecto que uno puede honrar. Ahora, cuando grito un gol, no lo grito sola; lo grito por los dos. Y cuando Gimnasia empata un partido que parecía perdido, sé que él está allá arriba, en la platea más alta del cielo, silbando con su bronca cariñosa de siempre.

La muerte nos quitó su físico, pero la pasión por el Club de mis Amores nos devolvió su espíritu. Y mientras haya un trapo azul y blanco, y un grito en el Bosque, mi viejo y yo seguiremos yendo a la cancha, juntos.

El Bosque no es solo un recuerdo, es su morada final.

 

La Semilla y el Césped Eterno

 

El camino de la superación encontró su punto de anclaje, su césped firme, el día que supe dónde descansarían. No en un frío nicho de mármol, sino en la tierra viva, bajo la atmósfera hirviente de pasión de Gimnasia y Esgrima La Plata.

Sus cenizas no se esparcieron, sino que se integraron al Bosque.

El dolor que sentí al ver el asiento vacío en la tribuna se transformó en una paz inmensa al entender que mi viejo no estaba en la butaca 24 de la Platea H, sino en el mismísimo campo de juego, en el aire, en el polvo que se levanta con cada pique. Su corazón de Lobo, ese que latió con el ritmo del bombo y sufrió con cada descenso, ahora es parte de la biología del club.

“¿Sabés dónde está el mejor lugar del mundo? Donde la gente de Gimnasia te recuerda gritando”.

Ahora, cada vez que camino por la Avenida 60 y el hormigón da paso a la tierra batida del predio, no voy a un partido: voy a visitarlo. Pisar el perímetro del estadio es como rozar su tumba, una tumba que ruge con 30.000 voces.

Cuando el equipo sale a la cancha y la multitud estalla, el grito ya no es solo por los once que visten la camiseta; es un saludo a la memoria que duerme bajo el césped.

Mi papá logró lo que todo hincha anhela: asistir al partido final, y quedarse en él para siempre.

El aroma a pasto cortado es su perfume.

El trueno de la lluvia sobre la chapa es su voz.

La fe irracional en un gol de último minuto es su espíritu eterno.

Gracias a este acto de amor y de fe tripera, ya no busco consuelo en los recuerdos; solo tengo que mirar hacia la cancha. Él no se fue. Es la raíz, la semilla que germina bajo el escudo, y mientras Gimnasia exista, y un hincha levante la voz en El Bosque, mi papá y yo estaremos allí, juntos, para toda la eternidad.

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