
Vivió en la calle, hoy vive de sus pinturas

Por: Gabriel Ríos Malan, especial para Capital 24
Durante buena parte de su infancia, Milagros Martínez no tuvo una casa a la que volver. Pasó noches en la Terminal de Ómnibus de La Plata, caminó la ciudad pidiendo monedas en los semáforos y aprendió desde muy chica que la comida, el abrigo y el descanso no eran derechos garantizados, sino objetivos diarios. Hoy vive del arte. No como metáfora ni como consuelo, sino como trabajo. Pinta, vende, enseña y sostiene su vida con eso. El recorrido entre un punto y otro no fue lineal, ni romántico, ni milagroso.
Milagros nació en La Plata y pasó sus primeros años entre la calle y distintos hogares de tránsito. Su familia estaba atravesada por la pobreza estructural y las adicciones. De su padre no tiene recuerdos ni referencias. Su madre, con problemas de consumo durante años, no pudo garantizar una crianza estable. Ella y sus hermanos alternaban períodos en instituciones con regresos forzados a la calle. “Íbamos y volvíamos todo el tiempo”, recuerda. “A veces estábamos en un hogar, después mi mamá nos sacaba, volvíamos a la calle, y al tiempo nos volvían a buscar”, sostiene.
La memoria de esos años aparece fragmentada, como escenas sueltas. Pedir en los semáforos del centro platense, dormir dentro de la terminal de micros, moverse en grupo para no perderse. No hay nostalgia en su relato, tampoco énfasis en el sufrimiento. Hay, más bien, una constatación seca de los hechos. “Éramos muy chicos. Algunas cosas las recuerdo, otras sé que pasaron porque me las contaron después”, afirma.
Gran parte de su infancia y el inicio de la adolescencia transcurrieron en distintos hogares. Allí fue donde empezó a dibujar con insistencia. No como proyecto ni vocación declarada, sino como una forma de ocupar el tiempo y mantenerse a salvo. “Siempre estaba dibujando. En cualquier lado. Era algo que me entretenía, que me ordenaba”, dice. También allí tuvo acceso a talleres y actividades artísticas que, sin proponérselo, terminaron siendo decisivas.
A los 12 años fue adoptada junto a algunos de sus hermanos por una pareja que ya colaboraba con uno de los hogares donde vivían. Se mudaron a Gonnet y empezó una vida distinta. “Ahí entré al secundario. Empecé otra etapa”, relata. No fue un corte limpio con el pasado, pero sí un cambio de escenario. Por primera vez, cierta estabilidad.
Durante la adolescencia empezó a trabajar. Primero ayudando en un restaurante familiar, más tarde en distintos empleos como limpieza de casas, cuidado de personas mayores, panadería, kiosco, heladería, cadenas de comida rápida, buffets. “Desde los 15 o 16 años siempre trabajé”, cuenta. A veces dos trabajos al mismo tiempo. La lógica era simple, sostenerse.
El arte nunca desapareció, pero tampoco ocupaba un lugar central. Pintaba, dibujaba, hacía murales en la escuela. No había una idea de futuro asociada a eso. “Nunca pensé que iba a vivir del arte. Nunca. No lo veía así”. La pintura no era un refugio espiritual ni una identidad en construcción. Era algo que estaba ahí, como una habilidad más.
La transición llegó después, de manera casi accidental. Empezó copiando una obra que le gustaba, de una pintora que había visto en internet. No salió igual. No podía salir igual. Esa diferencia, esa imperfección, empezó a repetirse. Vendió el primer cuadro. Después otro. Y otro. “Me los pedían a mí. No eran iguales, eran los míos”, explica. Así empezó a delinearse un estilo propio que va desde lo abstracto, cargado de texturas, con una paleta de tonos neutros atravesada por acentos metálicos.
Al principio vendía por internet, mientras seguía trabajando en comercios. En 2019 abrió una página en redes sociales que fue mutando desde maquillaje, objetos de decoración, piezas pequeñas. Los cuadros llegaron después y se consolidaron durante y después de la pandemia. Cuando perdió su trabajo en un buffet del hospital, el crecimiento de las ventas terminó de empujarla. “Me quedé sin empleo y la página empezó a crecer mucho. Vendí muchos cuadros. Y no tuve que salir a buscar otro trabajo”, dice.
Desde entonces, vive de su pintura. Vende obras a distintas provincias del país y también al exterior, principalmente a Uruguay. No lleva la cuenta exacta de cuántos cuadros hizo ni vendió. Tampoco idealiza el proceso. “Vivir del arte es difícil. Hay meses buenos y meses malos. El miedo está siempre”, admite. No es solo miedo económico, es el temor más profundo a perder lo construido y volver a un lugar conocido. “A veces me despierto con miedo de volver al hogar. Es algo que me pasa”, comenta.
Ese miedo convive con una disciplina férrea. Milagros habla del arte como negocio sin culpa ni romanticismo. “No tengo el cuentito de la inspiración. Yo empecé porque tenía que comer. Esa fue mi inspiración”, expone. Planifica, produce, vende, entrega. Piensa precios, mercados, alcance. Las redes sociales, dice, le dieron algo que nunca tuvo: un techo que no existe. “No sabés quién te puede descubrir mañana. Vendés a todos lados. No hay límite”, celebra.
Además de pintar, da clases. Enseñar es parte de su trabajo y de su identidad. No como extensión terapéutica, sino como oficio. Transmite técnica, método y experiencia. Haber vivido de su arte le da una autoridad práctica que no proviene de academias, sino de la supervivencia convertida en sistema.
Uno de los momentos que recuerda con más claridad como punto de quiebre no tiene que ver con una venta ni con un reconocimiento público. Fue el día que se mudó sola y, al despertarse, apoyó los pies descalzos sobre un piso de madera. “Sentí el piso, vi las paredes blancas, la casa linda. Para mí era una mansión”, afirma. La escena fue breve, pero contundente. También estuvo atravesada por el miedo, “sentía que todo podía desaparecer”.
Milagros no romantiza su pasado ni lo usa como bandera. Tampoco lo niega. Sabe que la diferencia entre ella y algunos de sus hermanos no está solo en las oportunidades, sino en las decisiones y en las personas de las que se rodeó. “Nadie te viene a salvar”, dice y afirma que “el pasado está, pero no te podés quedar ahí”.
Hoy, su obra no narra explícitamente su historia. No busca traducir el dolor en imágenes. Va por otro carril. “No necesito inspiración emocional. Necesito trabajar”, esa frase, que podría sonar dura, es en realidad la síntesis de un recorrido. Pintar no la salvó. Pintar fue, y sigue siendo, la forma que encontró para seguir adelante.


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