Un abogado presenta su libro basado en emociones: “30 años después… Mi primer caso, Eliana”

Agustín Zaninovich estudió Derecho en la UBA. Es abogado, docente, Magister y escritor. “Con el tiempo entendí que la abogacía no es solo normas, códigos y expedientes, sino, sobre todo, humanidad”, le cuenta en exclusiva a Capital 24. Lanzó la segunda edición de su libro y dialogó a fondo con este medio sobre ese caso, sobre la profesión y sobre la paternidad.
Región06 de febrero de 2026
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Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24 

 

Agustín Zaninovich estudió Derecho en la Universidad de Buenos Aires. “Soy abogado, pero antes que eso me defino como alguien profundamente interesado en las personas y en sus historias”, comenta en una entrevista con Capital 24. 

Asegura que “con los años, mi recorrido se fue ampliando hacia la docencia, la filosofía y la escritura, porque sentí que el derecho solo no alcanzaba para decir todo lo que veía en los Tribunales. Necesité otras palabras, otros lenguajes, para poder nombrar el dolor, la injusticia, la resiliencia y la dignidad. Por eso también escribo: porque hay historias que no entran en un expediente, pero sí merecen ser contadas”. 

 

Contame sobre vos: ¿Cómo te definís? 

 

“Me defino como un abogado que cree en la responsabilidad emocional de la profesión, en la empatía como herramienta de trabajo y en la ética como columna vertebral de cualquier ejercicio profesional. Creo en una abogacía que no se limite a ganar causas, sino que entienda que cada caso es una vida en pausa, una persona buscando orientación, y que nuestro rol es acompañar con honestidad, sensibilidad y compromiso. Mi verdadera vocación la siento en la docencia y, ahora, en escribir”. 

 

¿Cuándo y cómo fue el día en el que dijiste "tengo que escribir un libro"? 

 

“Ni bien pasó. Al conocer en detalle la historia y llegar a su resolución, les pregunté si me permitían escribir esta historia de forma novelada. Me dijeron que sí y no les cobré los honorarios a Eliana (quien asumía los costos)”.

 

Tu libro habla de "una herida que no se cierra en Tribunales". ¿Querés adelantarnos un poco sobre eso? 

 

“Cuando hablo de eso me refiero a que la justicia puede resolver un conflicto jurídico, pero no siempre puede reparar el daño emocional, simbólico o existencial que hay detrás de una historia. Una sentencia pone un punto procesal, pero no necesariamente pone un punto final en la vida de las personas. Muchas veces lo que hace es abrir otra etapa: la de aprender a convivir con lo que pasó, con lo que se perdió, con lo que no pudo ser reparado del todo.

Hay casos que no se agotan en el expediente. Son historias que conmueven, que atraviesan, que dejan marcas. Aunque exista una resolución favorable, el dolor, la sensación de injusticia, la fragilidad emocional o el quiebre de un proyecto de vida no se acomodan automáticamente porque un juez lo haya dicho. La justicia ordena, encuadra, reconoce derechos, pero no siempre sana”. 

 

¿Cómo viviste tu primera experiencia como abogado, con semejante causa al hombro en la que una mujer desaparece un día después de su casamiento y 30 años después aparece ante vos, pidiendo el divorcio? 

 

“Fue un desafío grande. Porque lo que parecía que iba a ser un trámite simple se terminó convirtiendo en charlas de terapia con los clientes, momentos de detective para averiguar direcciones, momentos, detalles”. 

 

¿Esta es la historia que más te tocó el alma dentro de tu carrera como abogado? 

 

“Sin dudas. Mi perfil es de abogado laboral, pero al comenzar agarrábamos los casos que llegaban.  Luego empecé a elegir casos, para no volver tan desarmado a casa. Cuando se conocen historias así resulta imposible que dejarlas en el umbral del hogar”.    

 

Hablás de un libro en donde aparecen conceptos como miedo, resiliencia, supervivencia y un secreto. ¿Fue apasionante investigar sobre esos aspectos? 

 

“Nunca imaginé que ante tanto dolor se pueda seguir intentando, luchando para salir, para poder sanar y buscar un futuro mejor (ni siquiera un futuro feliz sino uno mejor). Ese concepto de resiliencia lo aprendí en este caso.  A su vez, aprender cómo se puede guardar tanto dolor detrás de una máscara, detrás de la cara de una señora que no daba ningún aspecto en su mirada de todo el sufrimiento que vivió”. 

 

¿Qué le dirías a un abogado/a recién recibido que pone un estudio y se encuentra con su primer caso sin saber para dónde arrancar? 

 

“Le diría que, antes que nada, entienda que no solo está recibiendo un “caso”, sino la historia de una persona que llega en un momento de profunda vulnerabilidad. Que alguien toque la puerta de su estudio implica casi siempre miedo, angustia, incertidumbre o sensación de injusticia. Y eso no se aprende en la facultad. La técnica jurídica es indispensable, pero no alcanza si no está acompañada por una ética del cuidado y de la escucha. El compromiso ético y profesional no empieza en el escrito judicial, empieza en la forma de mirar al otro. En cómo escucha sin apurar, en cómo explica sin humillar, en cómo no promete lo que no puede cumplir. Un abogado no está para vender certezas, está para acompañar procesos con honestidad intelectual y humana. Muchas veces el cliente no necesita solo una solución legal, sino alguien que ordene el caos que trae consigo”. 

 

¿Qué es lo más apasionante, para vos, de tu profesión? 

 

“No siento pasión por la profesión, me apasionan las historias que hay detrás. Pero por sobre todo, me apasiona la docencia universitaria. Poder formar abogados críticos, éticos y empáticos con la sociedad en la que vivimos”. 

 

El libro está basado en una historia real. ¿Llegó a manos de Eliana? ¿Cómo lo recibió? 

 

“Eliana me dio su permiso, ni bien terminamos de resolver su divorcio. A cambio de eso, no le cobré honorarios.  Nos dejamos de ver, solo me quedó un contacto por Mail, le hice llegar la historia y se conmovió mucho. No entendía cómo podía recordar tantas cosas después de tanto tiempo que pasó. En Tito, no tuve más contacto. Si en algún momento puedo hacérselo llegar me daría mucha felicidad”. 

 

También en tus redes sociales tenés mucho vínculo con tus seguidores y mostrás una parte más íntima de vos. Por ejemplo, la resiliencia, el aprendizaje, la fortaleza. ¿Sentís que el libro tiene un poco de vos? 

 

“Si. Mi forma de escribir implica sentir lo que expreso, ser partícipe del relato. Dejarme llevar por lo que siento. Una parte mía queda en esa historia. Cómo también en los videos últimos de mis redes donde hablo de una responsabilidad en el ejercicio de la paternidad estando separado”. 

 

¿La paternidad cambió tu forma de ver el mundo? ¿Por qué? 

 

“Potenció que mis deseos y mis gustos pasen a un segundo plano. Tener una hija a cargo implica que las prioridades se modifican.  Ser ejemplo en todo sentido, lleva esfuerzo y dedicación. Somos lo que nuestros padres hicieron con nosotros, y nuestros hijos podrán ser lo que nosotros vayamos armando en su legado. La paternidad me enseñó que el tiempo ya no es solo cronológico, es afectivo. Cada momento compartido tiene un peso que antes no tenía. Entendés que no todo es urgente, pero que casi todo es importante cuando se trata de construir un vínculo. También me volvió más sensible a las injusticias, a la desigualdad, a las violencias silenciosas, porque ya no las pienso en abstracto: las pienso en el mundo en el que va a crecer mi hija. Creo que mi hija fue el motor para lanzarme a la escritura”. 

 

Hablás en redes también de vínculos, de cómo vincularse siendo padre separado. ¿Decís que se viene un segundo libro sobre ese tema?

 

“Creo que puede ayudar a muchas personas que se encuentran transitando por situaciones similares a la mía. Sentirse parte de una red donde se toquen temas que nos involucran, dolores que nos atraviesan, nos permite sentirnos parte, escuchados, darle lugar a nuestras inseguridades, nuestros miedos y también las alegrías. Estoy armando un libro sobre esa temática”. 

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