
El gran DT, y no de fútbol

Por: Marcela De Francesco (texto y fotos), especial para Capital 24
En el básquet argentino hay una criatura que envejece más rápido que el resto de la especie humana: el director técnico. No por genética, sino por oficio. Un entrenador de básquet arranca la pretemporada con cara de documento nuevo y la termina con la expresión de un taxista un viernes a las seis de la tarde en La Plata.
Lo vemos prolijo, con la pizarra bajo el brazo, la chomba del club bien planchada, el discurso moderado. Pero dura hasta el salto inicial. Después empieza la metamorfosis. El hombre –o la mujer– se convierten en una mezcla de ajedrecista, actor de teatro y santo en crisis.
Porque dirigir básquet tiene una crueldad que el fútbol desconoce: acá no hay tiempo para disimular, si algo sale mal, en veinticuatro segundos ya salió mal tres veces. El rival te metió un triple, perdiste una pelota, te cobraron falta técnica y encima el base pregunta la jugada mirándote como si vos hubieras escondido la llave del auto.
El técnico camina la línea lateral con una intensidad que haría pensar que mide el parqué para comprarlo. Grita nombres, números, conceptos abstractos: ¡rota, defensa, uno más, dale! Nadie sabe si lo escuchan. Pero él insiste con la fe del que llama al servicio técnico de internet.
Dentro de este mundo hay especies. Esta el técnico táctico, que dibuja en la pizarra sistemas tan complejos que parecen planos de una obra pública. Flechas, círculos, cortinas indirectas, puertas atrás. Los jugadores miran serios. Después vuelven a la cancha y hacen pick and roll, que es lo que entendieron.
También tenemos al técnico enfadado, que considera que todo error es una afrenta personal. Si el escolta erra un libre, cierra los ojos como quien recibió una noticia médica. El técnico moderno, que habla de spacing, pace, switch automático, ventajas tempranas. Después pierde con uno de la vieja escuela que resolvió todo diciendo: “Dénsela al grandote y corran”.
Y está el Técnico Argentino: protesta cada foul ajeno, relativiza cada foul propio y cree sinceramente que la mesa de control conspira contra él desde el año 2022. Los tiempos muertos son un género teatral aparte. El entrenador reúne a cinco personas transpiradas y les habla con urgencia mística. Señala la pizarra, golpea el fibrón, promete soluciones inmediatas. El asistente asiente con una seriedad litúrgica. Suena la chicharra. Los jugadores entran y hacen todo al revés.
Desde la tribuna, además, todos opinan, creen que saben más. El señor de la fila cuatro pide zona. El de atrás exige presión en toda la cancha. Una señora sentencia que falta actitud. Nadie entrenó un equipo jamás, pero todos están listos para asumir mañana.
Y, sin embargo, algo heroico persiste. Porque el técnico de básquet vuelve al día siguiente. Mira videos, corrige cierres defensivos, habla con el juvenil que está caído, busca una rotación nueva, inventa optimismo donde ayer había tristeza.
Tal vez por eso, cuando se gana no festeja tanto. Apenas acomoda la pizarra, toma agua y mira al vacío. Sabe la verdad esencial del oficio: en el básquet argentino lo primero es el bienestar de todos, el jugador como persona siempre.


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