Periodismo: pulsión de vida

Como cada lunes, en Capital 24, desde hace menos de un mes, desmembramos una palabra, un concepto hasta desarmarlo, hasta llegar a su núcleo. Y hoy no es la excepción: este domingo se celebró el Día del Periodista y hoy tengo tanto, tanto para decir… 
Región08 de junio de 2026

14Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24

 

Hace unos días fui una de las expositoras en el primer Ciclo de Formación en Comunicación de la Universidad Nacional Madres de Plaza de Mayo (la Universidad de los Derechos Humanos), en donde soy docente de varias materias. Me tocó exponer acerca de la radio con un grande de la especialidad como Quique Pesoa y desde ese día –literalmente hablando- siento mi pulsión de vida intacta, a flor de piel. 

Si nos remontamos al origen del término, la “pulsión de vida” es fundamental en el psicoanálisis de Sigmund Freud. Y tiene que ver con esos impulsos y esas energías inconscientes que nos motivan a sobrevivir, a reproducirnos, a buscar el placer y a crear vínculos. Vitalidad, dinamismo, pasión… todo eso en un mismo concepto.

Me atrevería a decir que el periodismo es eso: algo que se siente o no se siente; algo que está o no está; algo que vibra o no vibra adentro nuestro. Pienso que hay misiones que tienen las almas en esta vida, que poco tienen que ver con un proyecto material: hacer periodismo es convivir a diario a sabiendas de que la objetividad no existe (y de ahí, todo lo demás).

Cito, primero, a Tomás Eloy Marínez porque su “Decálogo del periodista” me hace pensar –y sentir- que hay algo que todos los que ejercemos el periodismo llevamos dentro y que hace única a nuestra profesión: la ética, la responsabilidad, el saber que lo que decimos cuenta y lo que no decimos también. El periodismo no es una camisa que se lleva puesta de 8 a 18 y que cuando termina el día podemos dejarla a un lado. Es un estilo de vida, una manera de pensar y actuar, una forma de movernos ante un mundo que no para.

En tiempos donde parecieran tener que existir verdades absolutas, la subjetividad de cada uno de lo que lo ejercemos viene a romper los moldes de cualquier certeza porque detrás de cada voz y de cada palabra, hay una persona de carne y hueso que carga con una historia detrás y con una mirada propia que nos hace absolutamente únicos e irrepetibles.

En tiempos en donde la IA pareciera querer dominarlo todo, me animo a decir que a nosotros jamás nos va a poder reemplazar. Decía el polaco Ryszard Kapuscinski (conocido como el “periodista de guerra”) en su libro “Encuentro con el otro” que hay una especie de mística que sucede antes, durante y después de una entrevista; que hay un contacto imposible de describir con palabras que se da entre esas dos personas que se encuentran –el entrevistador y el entrevistado-; que se ven la cara, que se miran a los ojos, que se escuchan la voz y hay algo así como una relación asimétrica en ese tiempo y en ese espacio que nos hace ser testigos, primero, y protagonistas después: hay una gran responsabilidad en lo que se elige contar: eso es la ética periodística que ojalá nunca la perdamos.

Decía también este sabio periodista polaco que hay cinco sentidos que forman parte de este oficio y que hacen, sin dudas, que nuestra labor no sea una simple transmisión de información, sino más bien, un acto de empatía. Ponernos en el lugar del otro, y como dice él, estar, ver, oír, compartir y pensar, integran una serie de mecanismos que nos definen y nos diferencian de la inteligencia artificial: los periodistas tenemos alma, tenemos piel, nos emocionamos, nos tiembla la voz y se nos hace un nudo en la garganta cuando escuchamos algún testimonio que nos toca alguna fibra íntima.

No solamente son cinco sentidos. Es una puesta en escena de un igual a igual entre un ser humano que tiene algo para decir y otro que tiene algo para escuchar; entre un hombre o una mujer que tiene una necesidad, y un periodista que es capaz de tejer un puente entre sus derechos y la información, entre la identidad y la valentía, entre las capitales y los lugares más remotos del mundo y así, acortar la distancia entre los que se sienten incluidos y los que creen no tener voz. Ahí está nuestra misión, esa “pulsión de vida” de la que hablaba Freud desde el psicoanálisis pero que pareciera poder atravesarlo todo.

Me nace decir que uno nace periodista, no se hace. Que la vocación nos marca el camino cuando nos animamos a tejer puentes entre quienes necesitan y quienes pueden dar; entre quienes sufren y entre quienes curan; entre quienes se callan por temor y quienes pueden alzar la voz. Y ahí estamos: en esta lucha constante, a veces dolorosa y peligrosa, que se disputa entre la mentira y la verdad.

Me saco el sombrero con los que dejaron la vida en batallas externas con la única misión de dar información certera, veraz y capaz de cambiar el mundo. Cierro esta nota recordando varias verdades de Tomás Eloy Martínez que -en tiempos como éstos- no viene mal tener en cuenta: “el único patrimonio del periodista es su buen nombre; no hay que escribir una sola palabra de la que no se esté seguro, ni dar una sola información de la que no se tenga plena certeza; hay que trabajar con los archivos siempre a mano, verificando cada dato y estableciendo con claridad el sentido de cada palabra que se escribe; y por último: recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. Es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, ser otro”.

 

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