
¡Adiós, “vacaciones” de invierno! Pero… ¿de dónde nace esta bendita palabra?
Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Vivimos en una era cuyo ritmo nos pasa por encima: y creo que sobre esto no tengo mucho más para explicar. La “trampa de la productividad”, como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han, nos exige que en la sociedad actual, al tiempo que tenemos para descansar lo deberíamos llenar de actividades turísticas en vez de permitirnos el verdadero “vacío”.
Ya sé que suena rara esta palabra. Hoy estamos tan llenos de vida y de responsabilidades y de cargas, que pensar en hacer una pausa parecería imposible. Pero si vamos para atrás en el tiempo, el “ocio” y el “descanso” tienen un origen religioso, bíblico, que vale la pena compartir antes de hablar de lo que nos sucede hoy. El registro de lo que conocemos como “descanso” surge del libro de Génesis, cuando se hizo referencia a que Dios “reposó” de la obra de la creación en el séptimo día: nadie puede con todo.
La palabra “vacaciones” proviene del latín vacatio que significa “exención o libertad de una obligación”; y deriva del verbo vacare, que significa estar vacío, libre o desocupado. El término fue evolucionando del latín al español y procede del verbo vacatio que indicaba el tiempo en el que un cargo u ocupación quedaba libre o sin actividad. En la Antigua Roma se utilizaba para denominar a los períodos sin actividad judicial o política, o a cuando las personas se liberaban temporalmente de trabajo habituales.
Liberarse: todo lo contrario a la esclavitud. El descanso es, sin dudas, el emblema de la dignidad que no posee un esclavo y perpetúa el valor de la libertad. Filosóficamente, las “vacaciones” o esta liberación que representan, se asocian a un “vaciamiento de las obligaciones” que nos permite algo así como retornar al ser, más allá de la utilidad productivo. ¿Existimos porque hacemos o existimos porque somos? Al quitarle el peso a la rutina estamos recuperando el tiempo propio: ese que no necesita de horarios, de funciones, de tareas pendientes y requeridas, y sin dudas todo eso contribuye a que nos permitamos hacer un descanso esencial para el pensamiento.
El filósofo Descartes destacaba la importancia de la “pausa” para pensar: la mente necesita desconectar del pragmatismo diario para “existir con libertad”. Qué paradoja: solemos sentirnos más útiles cuando esa libertad la tenemos de a ratitos, con el tiempo que nos sobra, en vez de ser conscientes de que la belleza del vacío es la que nos permite la evolución.
Aristóteles, por su parte, decía que el tiempo libre no debía ser tomado para huir del trabajo, sino, como el espacio supremo para el cultivo del alma, el arte y la filosofía. ¿Cómo vamos a crear algo nuevo si vivimos atado a un ritmo que ya conocemos y del que nos cuesta bajarnos? Algo así como un carrusel que nos mantiene girando siempre sobre el mismo sitio, que nos hace sentir activos mientras recorremos una y otra vez los mismos escenarios, pero del que solo podemos bajarnos cuando se termina la vuelta. Y ahí bajamos: un poco confundidos, un poco mareados, un poco sin saber qué hacer con tanta calma.
Si pensamos al término “vacaciones” etimológicamente, tenemos que referirnos también a su origen anglo-francés de la Inglaterra medieval, cuyo significado no era muy distinto a lo que venimos viendo: significaba “exención de servicio, respiro del trabajo”. Y claro: dejar de dar, hacer las pases con la ausencia de obligaciones que a todos nos cuesta. El verbo vacare significa nada más y nada menos que estar “vacíos”, sin ocupaciones o desocupados. Ahora bien, me pregunto si la única ocupación que deberíamos tener entonces es el trabajo. ¿Qué hay detrás, adelante, arriba y debajo de él? ¿Qué tenemos que dejar de atender cuando se nos invita a estar sin ocupaciones o más bien, desocupados? ¿Será que la era de la productividad infinita nos mantiene en un ritmo voraz que ni siquiera nos permite parar para ponernos a pensar?
¿Tan necesarias son las “vacaciones” y ese “vacío”, que al ritmo diario de la vorágine actual en la que estamos inmersos no podemos ponerle pausa para “vaciarnos” de tanto afuera y así poder conectar con nuestro “adentro”? ¿Será que la verdadera libertad implica darle la espalda a las exigencias ajenas y centrarnos en cultivar nuestro ser y el alma, quitándole el ruido a todo eso que nos viene dado desde afuera?
Todavía tengo más preguntas para hacerme: por qué las vacaciones se asocian tanto a sumergirnos en el “vacío” cuando en realidad sabemos muy bien de qué estamos hechos. Tal vez a este mundo tan ruidoso y cuyo ritmo ensordecedor nos aleja de lo que llevamos dentro, nos pida, cada tanto, desenchufar la máquina y darnos un descanso obligado. Porque como le decimos a nuestros hijos, es sano el aburrimiento ya que ahí surge eso que creo que estamos perdiendo los adultos: la imaginación.


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