Mujeres: derechos que necesitan ser cuidados y ejercidos

Hoy les propongo detenernos en algo que forma parte de nuestra vida cotidiana y que muchas veces damos por sentado: los derechos que ejercemos y el largo camino que fue necesario recorrer para conquistarlos.
Actualidad 20 de agosto de 2026

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Por: Patricia Pérez (*)

 

Estudiar, administrar nuestros recursos, trabajar, emprender un proyecto, participar en política, ocupar espacios de liderazgo o decidir sobre nuestro futuro, hoy son acciones naturales. Hace apenas unas décadas, estas posibilidades estaban fuera del alcance de millones de mujeres en occidente y siguen lejanas aún en infinidad de geografías de oriente.

Los derechos que hoy ejercemos no aparecieron de un día para otro. Son el resultado del esfuerzo de muchas mujeres que se animaron a cuestionar las desigualdades, levantar la voz y abrir caminos para que otras pudiéramos recorrerlos. También fueron posibles gracias al compromiso de los Estados, las organizaciones sociales y la comunidad internacional.

La aprobación de la CEDAW (Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer) en Naciones Unidas, en 1979, marcó un antes y un después al establecer que la igualdad entre mujeres y hombres debía traducirse en medidas concretas. En 1995, la Plataforma de Acción de Beijing impulsó una agenda mundial para ampliar la participación de las mujeres en la educación, la salud, la economía, la política y los espacios de decisión. Para nuestra región de América latina y Caribe, la Convención de Belém do Pará, adoptada en 1994, reconoció el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia y estableció obligaciones para prevenirla, sancionarla y erradicarla.

Argentina asumió estos compromisos y fue incorporándolos a su legislación y a sus políticas públicas. Ese recorrido permitió que más mujeres pudieran estudiar, investigar, emprender, dirigir empresas y organizaciones, ocupar cargos públicos y participar activamente en la vida de sus comunidades.

Pero los derechos no son trofeos que se guardan en una vitrina después de haberlos conquistado. Necesitan estar presentes en la vida cotidiana.

Como señaló Eleanor Roosevelt, una de las grandes impulsoras de la Declaración Universal de Derechos Humanos: “¿Dónde empiezan los derechos humanos universales? En pequeños lugares, cerca de casa”.

Comienzan en la escuela, cuando una adolescente puede estudiar y elegir su futuro. En el trabajo, cuando una mujer recibe un trato digno y tiene posibilidades de crecer. En el hogar, cuando puede tomar decisiones sin miedo. En la comunidad, cuando su voz es escuchada. Y en la política, cuando puede participar y ocupar espacios de poder.

A lo largo de mi recorrido como una mujer líder y como directora de una organización dedicada a promover la cultura de paz, aprendí algo fundamental: un derecho que no se conoce difícilmente puede ejercerse, y un derecho que no se ejerce corre el riesgo de debilitarse.

Por eso, el desafío de nuestro tiempo no consiste solamente en conquistar nuevos derechos. También debemos conocer, ejercer y cuidar los que ya alcanzamos.

Conocerlos es saber que existen y comprender cómo pueden protegernos. Ejercerlos es animarnos a estudiar, trabajar, emprender, participar, expresar nuestras ideas y ocupar lugares de decisión. Cuidarlos es entender que ninguna conquista democrática está garantizada para siempre.

Cada derecho es una herramienta. Cuantas más herramientas conocemos, mayor es nuestra capacidad para tomar decisiones, defendernos frente a una injusticia y construir una vida con libertad, autonomía y oportunidades.

Esta tarea debe comenzar desde la adolescencia. Una joven que conoce sus derechos puede reconocer más rápidamente una situación de violencia, pedir ayuda, tomar decisiones con mayor seguridad y comprender que su voz  tiene valor. Saber no elimina todos los obstáculos, pero permite enfrentarlos con más recursos.

Cuidar los derechos no significa vivir a la defensiva. Significa mantenerlos vivos: ejercerlos con responsabilidad, transmitirlos a las nuevas generaciones y acompañar a quienes todavía encuentran barreras para acceder a ellos.

También implica construir una sociedad donde las oportunidades no dependan del lugar en el que nacimos, de nuestra situación económica o de nuestro género. Una sociedad que valore el talento, el esfuerzo y la participación de todas las personas.

Estoy convencida de que cuando una mujer avanza, no avanza sola. Con ella crecen su familia, su comunidad y quienes vienen detrás. Cada mujer que estudia, emprende, lidera o ayuda a otra, deja una puerta abierta para que alguien más pueda pasar.

Los derechos conquistados son caminos que muchas mujeres comenzaron a abrir antes que nosotras. Hoy tenemos el desafío de transitarlos, ensancharlos y evitar que vuelvan a cerrarse. En esa tarea, las mujeres somos protagonistas, pero no es tarea solo de nosotras: necesitamos el compromiso de los hombres, de las juventudes, de las familias, de las instituciones y de toda la comunidad.

Enseñemos a niñas, niños y adolescentes que la igualdad, el respeto y la dignidad se construyen todos los días, y que cada persona puede contribuir a defenderlos.

Porque los derechos no son solamente una herencia recibida: son una responsabilidad compartida y una construcción colectiva. Mantenerlos vivos es nuestra forma de honrar a las mujeres que abrieron el camino y de asegurar que las próximas generaciones puedan avanzar todavía más lejos. Porque como dijo  Julieta Lanteri, médica y pionera sufragista “Los derechos no se mendigan, se conquistan” , así lo hicieron inmensas mujeres como Marie Curie, Juana de Arco, Virginia Woolf, Malala Yousafzai o Cecilia Grierson, entre tantas pioneras.

 

(*) Directora de ILAPYC

ilapyc.org

 Organizaciones donde consultar

 

https://www.mujeres2000.org.ar/

 

https://www.lacasadelencuentro.org/

 

https://ela.org.ar/

 

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