Los sabores de la memoria: el Desembarco Simbólico en Berisso y la obstinada costumbre de no olvidar a los abuelos

Hay un olor persistente en el aire de Berisso cuando arranca septiembre. No es un olor que se pueda explicar con facilidad a los ajenos: huele a grasa caliente, a humo limpio de leña seca, a repollo cocido y a la humedad insobornable del río que está ahí no más, al final de la Avenida Montevideo, vigilando como un animal viejo.
Región21 de septiembre de 2026

2Por: Marcela De Francesco (texto y fotos)

 

Berisso es una ciudad con el lomo curtido por el trabajo. Nació del saladero, creció con los frigoríficos Armour y Swift, y se alimentó de hombres y mujeres que bajaron de los barcos con una valija de cartón, un puñado de nostalgias y la certeza de que el hambre tenía la forma de una guerra que dejaban atrás.

Hombres y mujeres que, como escribió el poeta local con esa sencillez desgarradora, supieron transformar la arcilla de esta orilla en una patria:

 

Esta ciudad no nació de un capricho,

sino del sudor, del barro y de la huelga.

Tiene la forma exacta de un abrazo

donde la Patria, por fin, se volvió entera.

 

La Fiesta Provincial del Inmigrante no empieza con las luces de los escenarios ni con los trajes típicos que las pibas se pasan meses planchando. Empieza mucho antes, en las cocinas de las colectividades. Hay que verlas: ancianas de noventa años con las manos deformadas por el reuma manejando la masa con la precisión de un cirujano; mujeres de mediana edad mezclando con palas de madera guisos lituanos, strudels germánicos, empanadas árabes y varenikes ucranianos. No se trata de comer. Se trata de una obstinación: la negativa brutal, casi salvaje, a olvidar.

El momento crucial, el nudo en la garganta de esta ciudad, ocurre a la orilla del canal, en el Puerto La Plata. Es el Desembarco Simbólico. Un barco viejo se acerca despacio. Las hélices remueven el agua turbia del río. A bordo vienen los bisnietos vestidos como aquellos abuelos. Traen los trajes raídos, las pañoletas, los sombreros de paja. Hay un silencio espeso en la multitud que mira desde el espigón. Un silencio que no es de respeto, es de trance.

Cuando la planchada toca el suelo y los primeros actores bajan —un chico con un violín bajo el brazo, una chica abrazando una muñeca de trapo, un hombre viejo cargando un baúl de madera—, la gente en la orilla deja de ser público.

Las caras de los que miran se transforman. Un señor de setenta años, con campera de trabajo y las manos gruesas de agarrar la pala, se limpia una lágrima disimulada con el dorso de la mano. No está viendo una representación teatral.

Está viendo a su abuelo, a ese hombre que llegó en 1924 sin hablar una palabra de castellano y que se murió extrañando el olor a pino de las colinas de Calabria o las llanuras de Polonia.

—Acá nadie se olvida de nada —dice una mujer al lado mío, mientras ajusta el pañuelo rojo sobre las trenzas de su nieta—. A mi abuela le enseñaron a cocinar los kapustai sin anotar nada en un papel. Todo de memoria. Si dejamos de hacerlo, es como si los matáramos dos veces.

Eso es Berisso durante su fiesta: un ejercicio colectivo de resistencia contra el olvido. Las colectividades marchan por la calle Montevideo en una marea de colores, bailes, acordes de acordeón y gaitas que erizan la piel. Son los mismos apellidos que poblaron las listas de las grandes huelgas del 45, los mismos que dejaron los pulmones en el vapor de los frigoríficos, los mismos que plantaron vid en la Isla Paulino para hacer ese vino de la costa que raspa la garganta y despierta a los muertos.

Por la noche, bajo la carpa gigante, el vapor de los puestos de comida sube hasta el techo. Hay familias enteras sentadas en tablones de madera, compartiendo platos cuyos nombres apenas pueden pronunciar bien, pero cuyos sabores conocen de memoria porque están impresos en su código genético.

Los abuelos ya no están en los barcos. La mayoría descansa en el cementerio local, bajo tierra argentina, lejos de sus pueblos natales que tal vez ya ni existan como ellos los recordaban. Pero mientras haya una chica en Berisso que ajuste su pollera de encaje para bailar una polka o una tarantella, mientras el aire del canal siga oliendo a leña y repollo, y mientras alguien recuerde que esta ciudad se hizo a fuerza de brazos migrantes, nadie estará del todo muerto. La memoria acá no es un museo; es una costumbre que nos negamos, con la terquedad de los que no tienen nada que perder, a abandonar.

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