Valeria Alcain: “Un hombre violento no puede ser un buen padre”

En una entrevista en exclusiva con Capital 24, la letrada del Fuero de Familia y del Fuero Penal, egresada de la UNLP y reconocida por sus logros y fallos novedosos en la Justicia, dialogó sobre un tema lamentablemente actual: “Mientras se siga exigiendo a las madres que negocien la crianza con quien las ha violentado, la Justicia seguirá llegando tarde para quienes más necesitan protección”, destaca.

Región08 de enero de 2026
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Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24 

 

“Durante años se ha sostenido una afirmación tan extendida como peligrosa: que un hombre puede ser violento con la madre de sus hijos y, aun así, ser un “buen padre”. Esta idea no solo carece de sustento jurídico y científico, sino que además invisibiliza el daño profundo que la violencia produce en niños, niñas y adolescentes. Revisar esta premisa es urgente si realmente queremos proteger a las infancias”, comienza diciendo Valeria Alcain, en diálogo exclusivo con Capital 24.

Y es sabido que la violencia de género tiene un correlato en la vida diaria y también en la vía judicial: lo que se conoce como “violencia vicaria” no es más ni menos que violencia de género de hacia una madre pero en este caso, utilizando a los hijos para llevarla a cabo. En palabras de la letrada, “la violencia vicaria es una de las formas más crueles de violencia de género: el agresor utiliza a los hijos como instrumento para dañar a la madre. Desde una mirada vincular, coloca al niño en un conflicto de lealtades imposible de tramitar, afectando gravemente sus apegos. Se manifiesta a través de judicialización abusiva, manipulación emocional, incumplimientos alimentarios deliberados, exigencias de coparentalidad forzada o pedidos de contacto sin responsabilidad parental real. La judicialización y la utilización de sesgos patriarcales dentro del sistema, coayuda a este progenitor para utilizar el sistema judicial como mecanismo de coerción”.

A su vez, la letrada destaca de qué manera las mujeres podemos identificar a un hombre violento durante la relación o tras la separación: “Es clave observar conductas persistentes de control, descalificación, falta de empatía, incumplimiento de acuerdos, subestimación,  uso de los hijos como instrumentos de presión y resistencia a toda forma de coparentalidad respetuosa. Tras la separación, la violencia suele mutar: se judicializa, se racionaliza y se ejerce a través de los niños. Cuando un hombre no acepta límites ni reconoce al otro como par, no hay coparentalidad posible”. 

 

Violencia Vicaria

 

“La paternidad no se reduce a un vínculo biológico ni a momentos aislados de contacto, sino que implica un ejercicio continuo de cuidado, responsabilidad emocional y respeto por los otros integrantes del sistema familiar. Un hombre que ejerce violencia demuestra incapacidad para regular sus impulsos, desconocimiento de los límites y una lógica de dominación incompatible con cualquier función parental sana”, resalta la abogada. Y agrega: “La violencia torna imposible la coparentalidad en condiciones de igualdad. Coparentar supone diálogo, cooperación, respeto mutuo y reconocimiento del otro como sujeto válido en la crianza. La violencia rompe esa base: instala miedo, asimetría de poder y control. No puede existir coparentalidad real cuando una de las partes somete o daña a la otra. Pretenderlo no solo es irreal, sino riesgoso para los niños”, destaca Valeria Alcain en diálogo con este diario.

La abogada es especialista y amante de abordar el Derecho con perspectiva de género y derechos humanos y es egresada de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata. Ha sido noticia en medios nacionales -más de una vez- por ejercer la profesión desde el lugar más humanamente posible, contemplando que detrás de las causas, los expedientes y las audiencias, hay personas, hay víctimas mujeres y con ellas, infancias. “La violencia no se “apaga” en presencia de los hijos. Se reproduce en el ejercicio de la paternidad y se transmite por modelado. Un hombre violento no puede ser un buen padre ni un coparente legítimo mientras no haya cesado la violencia y existan garantías reales de no repetición”, resalta en diálogo con este medio.

Asimismo remarca que un hombre que daña a la madre de sus hijos no puede ser un buen padre: “Desde la psicología del desarrollo y la neurología infantil sabemos que los niños necesitan entornos previsibles, seguros y emocionalmente estables para construir apegos seguros. La violencia hacia la madre afecta directamente esa base de seguridad. No existe una “burbuja” emocional que proteja al niño del daño ejercido contra su figura de referencia. Dañar a la madre es dañar el sistema de apego del niño y alterar su desarrollo emocional y neurobiológico”, le comenta a Capital 24 y expresa que “la ley es clara: ningún régimen de comunicación puede sostenerse si pone en riesgo la integridad psicofísica y emocional del niño. La coparentalidad no es un fin en sí mismo, sino una herramienta posible solo cuando existen condiciones de seguridad que garantizan un equilibrio. El ordenamiento jurídico protege el derecho del niño a desarrollarse en entornos libres de violencia, aun cuando ello implique limitar o suspender contactos. No hay derechos absolutos”. 

 

La violencia vicaria y la justicia

 

“La violencia vicaria se acredita a través de patrones de conducta, antecedentes de violencia, pericias interdisciplinarias, incumplimientos reiterados y el impacto emocional en los niños. La Justicia debe incorporar activamente saberes de la psicología infantil y la neurociencia, escuchar a las infancias y actuar de forma preventiva. Proteger no es romper vínculos: es evitar daños irreversibles en el desarrollo emocional. Pero lo que fundamentalmente debe hacer es eliminar los sesgos de “mamá obstruye”, salirse de ese “facilismo”, e indagar en el “no” construido de ese niño/a, que siempre tiene respuestas para poder trabajar. Incluso, si en el peor de los casos el progenitor conviviente es “obstructor”, el trabajo es con el niño/a, sin sancionar, sin obligar, dejando que salga su voz, su deseo y que el mismo sea tenido en cuenta en función de su edad y grado de madurez (art. 26 CCCN)”, destaca la letrada en diálogo con este medio. Y agrega que actualmente “persisten estereotipos que desconfían de la palabra materna y minimizan el rol protector. Cuando una madre pone límites para resguardar a sus hijos, se la acusa de obstructora. Esta mirada no es neutral: es violencia institucional que revictimiza y expone a los niños a situaciones que afectan su desarrollo emocional y neurológico a largo plazo”.

Aunque la situación sea indignante, la letrada explica que “se obliga a las madres a “coparentar” con quien las violenta, desconociendo que la coparentalidad requiere simetría, respeto y cooperación. Desde la neurociencia, forzar vínculos en contextos violentos genera estrés tóxico, con impacto directo en el desarrollo cognitivo, emocional y conductual de los niños, por ende, su efecto es traumático. Esto se omite. Los Juzgados de Familia actuales construyen un ideal de coparentalidad sobre bases inexistentes cuando hay violencias, y ello conlleva a procesos revictimizantes, dolorosos, donde generalmente quienes terminan perjudicadas son las niñeces”.

Y remarca que “el derecho del niño no es “ver a ambos progenitores, y/o tener contacto con ellos” a cualquier costo, sino crecer en un entorno libre de violencia. Cuando se prioriza el derecho/deber/deseo del adulto a ejercer su rol y/o a ocupar un lugar sin evaluar su capacidad real para hacerlo sin dañar, se vulnera el interés superior del niño y se desconoce el impacto que la violencia tiene sobre su desarrollo integral. Sin embargo cuando ese adulto es “abandónico” o desaparece no existen, en nuestra práctica tribunalicia, fallos que obliguen a paternar. Si númerosos fallos que obligan a “vincular” incluso mediante sanciones. Esto claramente habla del adultocentrismo, y de que el foco sigue siendo el deseo adulto, y no el deseo del niño”. 

Por último y a modo de reflexión final, en diálogo con Capital 24, Valeria Alcain sostiene que “No hay coparentalidad posible donde hay miedo. No hay apego seguro donde hay amenaza.
No hay paternidad legítima sin responsabilidad afectiva. Proteger a las infancias no es ideológico ni opinable: es una obligación legal, ética y humana. Mientras se siga exigiendo a las madres que negocien la crianza con quien las ha violentado, la Justicia seguirá llegando tarde para quienes más necesitan protección”. 

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