
El extraño caso platense del inesperado piloto y la princesa relegada
Por: R. Claudio Gómez, especial para Capital 24
Máxime, cuando en el entorno inmediato, día a día, decenas de personas deambulan por las mesas de los bares en busca de cualquier auxilio: vender medias, conseguir una dádiva o devorar el corrosco de la pizza que los parroquianos abandonaron.
Así que pasadas las dos horas de cortados y varios ceniceros (como dice el poeta), los rumores locales empiezan a ganar terreno. Funcionan a modo de bálsamo. Las voces susurrantes cuentan chismes con la misma devoción con la que se relata una confidencia marital o un secreto familiar. Se trata de historias que tienen como protagonistas a viejas y viejos conocidos, quizás de la secundaria o del club. La Plata es un pueblo, agrega alguien.
En este caso, vamos a preservar las identidades, pero de ninguna manera resignaremos ni un mínimo detalle de la singular anécdota. Y, tal vez, en esos ápices, el lector encuentre a los responsables del asunto, posiblemente con la misma sorpresa con que los perdidos navegantes encuentran un tesoro en una isla desconocida. Por cortesía, apelaremos a los seudónimos de César y de Laura.
Hay un mundo subterráneo en la cotidianeidad; subterráneo, aunque no clandestino. Un mundo de relaciones mediado por las aplicaciones en el que abundan hombres y mujeres en plan de diversas búsquedas. Ingresan, inspeccionan, aceptan y logran lo que se dice un match: la aprobación a ambas partes para conocerse. No funciona de manera tan sencilla. Es ensayo y error, como en la vida, pero son pocas y pocos quienes abandonan la exploración del preciado encuentro.
De esta forma, conocieron sus cualidades y pretensiones César y Laura. César es abogado, pero dedica sus horas laborales a la atención de una agencia de viajes y transporte. Por cierto, César tiene un particular encanto a la hora de comercializar su producto y cuenta con una prolífica flota de clientes. Su situación económica es buena; sus ingresos incrementaron con el turismo hacia Brasil. Al bajar la persiana del local, al cortar con la última llamada, César está solo. La misma soledad es dueña de Laura. Ella es jefa de administración de una agencia recaudadora de impuestos, trabaja siete horas diarias y tiene dos hijos. Ya mayores, sus chicos abandonaron el hogar, igual que el padre de ellos, quien partió con una mocosa hace ya largos 10 años.
Apenas unas 12, 13 cuadras separaban sus destinos. Desde siempre, tan lejos y tan cerca. Una mañana de febrero, César digitó la cuenta de Laura, casi como al pasar, con algo de resignación; a las dos horas, Laura había “matcheado” con él. Singularmente pronto, César le pasó el número de su celular a Laura y ella hizo lo propio. Esa misma noche, estaban conversando.
Tal vez porque conoce las lides de las ventas o acaso porque naturalmente le salió así, César le prometió a Laura “una noche de princesa”. Quería mostrarle algo que la iba a “sorprender”, algo que ocupaba un lugar muy importante en su vida y que muy pocas personas conocían.
El sábado 28 cenaron en un ostentoso restaurante frente a Plaza Paso. Él la pasó a buscar con un Peugeot 207 descapotable que no se fabrica en Argentina. César le sinceró que era piloto de autos a escala.
Le abrió la puerta y dejó que ella eligiera la música del Spotify. Laura no pudo evitar sonrojar sus mejillas, cuando César, después de un espumante, la invitó a su casa: -No quiero apresurarme, pero hay algo que quiero que conozcas cuanto antes, quiero que te sientas una princesa, le dijo.
Laura aceptó.
El viaje fue silencioso; apenas audible la dulce voz de Karen Carpenter serpenteaba en el apretado ambiente del coche.
Llegaron al departamento de César, 7mo “B”, por ascensor. Un íntimo respeto evitó el beso preliminar y Laura quitó la vista de los ojos de César y miró el mudo y formal espejo.
Después de la cortés invitación de César, Laura acomodó su anatomía en un mullido sillón estilo Chesterfield. “Esperame un segundo acá”, musitó César y partió hacia ¿la habitación? Laura pensó que si él traía más espumante, ella lo rechazaría, ya había bebido bastante. Acicaló un poco su rostro y su vestuario, como para dejar ver su fecundo atractivo de tersa piel bajo la única luz blanca encendida en el espacio.
De pronto, empezaron los ruidos. Extraños sonidos. ¿Una licuadora? No, imposible. ¿Una faja reductora? ¿Para qué? ¿Un vibrador? Laura imaginó lo peor, la asustó el peligro de una desmesurada perversión secreta. Pero nadie nunca termina de imaginar lo peor…
Golpeó la puerta inevitable desde donde provenía el ronroneo ruidoso. César le flanqueó el paso sin quitarse el casco. La miró y miró la mesa sin soltar el pulsador. Sonrió detrás de la mirilla opaca de la visera de policarbonato, extendió los brazos, abrió la mesa y exhibió su secreto: allí, la pista de Scalextric, su pasión de autitos circulando sobre rieles.
Le cedió el otro control a Laura. “Quiero que juegues y te sientas como la princesa de Mónaco”, le soltó.
Ella, lacónica, dijo: “Voy a pedir un Didi”.
No sé si será verdad, me lo contó un amigo.



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