
¡Bienvenidos a La Plata, estudiantes del interior! (Yo también estuve ahí, hace casi 20 años)
Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Me acuerdo como si fuera hoy el día en el que vine por primera vez a La Plata: habrá sido octubre del 2006, cuando con mis viejos viajamos toda la noche en un micro de larga distancia desde mi ciudad natal, Tres Arroyos, durante más de seis horas porque estábamos a 500 kilómetros de acá. Llegamos, desayunamos en una confitería que estaba enfrente de la terminal de ómnibus y evitando las diagonales -porque ninguno de los tres conocíamos la inmensidad de La Plata- llegamos a Plaza Italia y de ahí, la odisea de cruzar la calle hasta llegar a la sede de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la UNLP que en ese entonces quedaba sobre la Avenida 44, entre 8 y 9, ahí nomás del centro.
Entramos, me maravillé y llené todas las planillas que me pidieron, casi como si supiera que una firma y un papel iban a ser el primer eslabón de un camino personal y profesional que me llevaría directo a mis sueños, vivir de lo que amo: escribir. Ese viaje y ese primer contacto con la ciudad de La Plata fue efímero, inspirador y un bastante agotador porque como el colectivo había llegado a las siete de la mañana, paseamos muchísimo y tuvimos que hacer tiempo hasta las diez de la noche, la hora de regreso hacia Tres Arroyos.
Volvimos a La Plata de nuevo en febrero, también en un viaje fugaz, pero ahora con otro objetivo: encontrar una pensión para mí, ese lugar que solo conocemos los estudiantes del interior y que en gran parte nos define los primeros pasos de esta maravillosa experiencia que es “irte a estudiar” a otra ciudad. No recuerdo la cantidad de horas que caminamos, con una listita en mano que yo ya venía preparando con tiempo: direcciones de pensiones, teléfonos, búsquedas en diarios y en los clasificados con los que se contaba en ese momento: poco y nada de redes sociales; todo a prueba y error.
Caminamos barrios que me quedarían cerca de la Facultad –porque la idea era manejarme a pie o en colectivo- y la incertidumbre que nos generaba tocar timbre en cada pensión, tirarnos a la pileta sin haber tenido contacto previo y preguntar si quedaba algún lugar libre para mí, era inmensa. A eso, sumarle ingresar a cada pensión en la que quizás podría pasar al menos el primer año de la carrera lejos de mi familia, sin conocer a quienes convivirían conmigo. Hasta que… recuerdo haber llegado ahí: avenida 38 número 446 entre 3 y 4, la pensión de Alejandro: tres pisos, mixta, chicas y chicos, todos del interior, un patio en común, más de 20 habitaciones, salas de estudio para compartir y por cada piso, una cocina en común: para todos, la misma heladera.
A mis 18 sabía cocinar poco y nada, esa es la pura verdad. Pero hay un secretito que todos los estudiantes del interior guardamos y que cada vez que aparece nos emociona y nos trae recuerdos de aquellos tiempos: las famosas “encomiendas”, esas cajas inmensas que nos llevan los comisionistas, en las que cabía la ilusión de la comida casera de mamá en una caja, alguna que otra sorpresita, siempre cartas y cartelitos que me alegraban mis tardes y noches de estudio y con todo eso, la melancolía: estar a 500 kilómetros de mi familia pesaba un poco.
Pero en la pensión uno aprende a compartir no solo un baño o una cocina, un horno o una heladera: también se comparte la tristeza de los domingos, el frío de los inviernos y las ganas de aventurarse en la adultez mientras uno lucha contra sus miedos y se va conociendo a la vez: mudarme a una ciudad de la cual solo conocía el camino desde la pensión hasta la Facultad fue un desafío hermoso; con el tiempo fui aprendiendo a tomar diagonales, a cruzar las calles en zona de plazas, a entender los recorridos y los horarios de los colectivos, a administrar la plata que me daban mis viejos por semana y a entender el sacrificio que hacen nuestros padres para que podamos seguir estudiando en otra ciudad, lejos de casa, con el privilegio de que mi única obligación era estudiar: ellos costearían mis gastos, pero sabiendo que mi compromiso con su esfuerzo siempre lo he manejado con honestidad: no recuerdo haber desaprobado ningún parcial en toda la carrera, no conozco lo que es rendir un final y eso en parte se lo debo a mi disciplina, a mi autoexigencia y a mi esfuerzo, pero también eso es gracias a ellos, que confiaron en mí desde el primer día y a que muchas veces dejaron de darse gustos y quizás han pasado necesidades para darme a mí, la hija mayor, la posibilidad de un futuro digno gracias al estudio. Todavía tengo la convicción de que cuando se tiene una pasión tan grande y una familia que apoya, sostiene y contiene, el desafío se vuelve mucho menos difícil.
Me acuerdo como si fuera hoy ese 6 de febrero de 2007: mi primer día del curso de ingreso. Habíamos llegado unos días antes a La Plata para equipar mi habitación individual que, en un primer momento, no tenía baño privado pero tampoco colchón, así que hubo que equipar mi habitación, al menos, con lo básico. Ni radio ni televisión: solo con lo que se podía. El cuadernillo de ingreso, comida, mi ropa, mis ilusiones y algunos utensilios de cocina. Mi familia se alojaba en la casa de una amiga de mi mamá, quisieron quedarse unos días para acompañar mi adaptación pero claro, ahora me tiembla el alma cuando recuerdo esa tarde en la que emprendieron el viaje de regreso a Tres Arroyos. Yo les había escrito una carta que aún conservan y les pedí que la fueran leyendo durante el viaje, y así supe que mi vida de estudiante estaba comenzando y que para poder dar un paso hacia adelante había que hacerse fuerte y dejar algunas cosas atrás: no para siempre, porque a las dos semanas ya los extrañaba muchísimo y pude viajar a Tres Arroyos el fin de semana con mi familia y volver con un poquito más de “fuerzas”. Y sí: la “extrañitis” también nos llega a todos.
Sé que esta historia, mi historia, es la de miles de estudiantes que ingresan a la Universidad este año por primera vez. Que vienen de lugares muy lejanos, que hay cientos o miles de kilómetros que los separan de sus familias y que cada tanto aparece un poquito de miedo. Pero les digo que eso es normal y que detrás del miedo hay experiencias maravillosas que los esperan: nuevos amigos, nuevas metas, desafíos personales que los van a hacer crecer de formas impensadas y tardes y noches de estudios que les juro que se hacen mucho más fáciles cuando se comparten. Júntense con compañeros de la Facu, anímense a compartir domingos en las plazas, en el bosque, en los ratitos libres entre materia y materia con mates y galletitas en el buffet.
Tal vez los miren raro cuando en el almacén pidan “masitas” porque acá les dicen “galletitas”, pero se las van a vender igual. Acá le llaman “pollajería” al lugar en el que venden pollos aunque sé que les parezca raro, pero en cada barrio va a estar escrito así (aunque para mí queda mejor “pollería”). Cuando vayan a tomar un colectivo para ir de un lugar a otro, sé que les va a quedar la costumbre de decir “micro”, porque ese es el que tomamos para volver a nuestra ciudad, pero acá creo que no nos entienden.
Acá también está lleno de bares, cervecerías, y es más que normal que en una misma noche puedas recorrer más de uno: es raro que en una misma noche se queden acá en un mismo lugar. La noche platense tiene ese no se qué… ¡cómo la extraño! Y cada 19 de noviembre, el aniversario de La Plata, no te imaginás la cantidad de bandas que vas a poder ver en vivo… ¡y gratis! Y como si fuera poco, casi todos los fines de semana hay un evento cultural distinto, en el barrio en el que vivas: colectividades, recitales, colectas, festivales… ¡nunca te aburrís!
Acá estoy, casi 20 años después, recordando mi valentía a pocos días de haber decidió dejar mi ciudad natal a poco de haber cumplido mis 18 años y con la convicción de que mudarme tan lejos de mi familia y a una ciudad de la cual no conocía absolutamente nada, sería el precio que tendría que pagar para poder estudiar lo que siempre había soñado.
Viví en La Plata desde el 2007 hasta el 2024, exactamente la mitad de mi vida. Llegué acá con 18 años y me fui con 36, una hija y valijas llenas de recuerdos, un título universitario, otro título terciario, años de experiencia laboral, muchísimos amigos y una lista interminable de vivencias y experiencias que me hicieron más fuerte y que me ayudaron a ser la mujer que soy hoy.
El consejo que tengo para decirles a ustedes, “estudiantes del interior” como nos dicen los platenses, es que se cuiden y que disfruten, que estudien, que se maravillen con el olor a tilo camino a la Facu y con las construcciones imponentes que tiene esta ciudad: la Catedral, los estadios de Fútbol, los Museos, los clubes, las plazas, los parques… De esta ciudad se van a llevar las experiencias más hermosas de la vida: una Carrera, amigos, amores, aprendizajes y un crecimiento que no todos tienen la oportunidad de transitar. Disfruten de esta ciudad que nos abre las puertas a nosotros, los que venimos desde lejos y a quienes nos reciben con los brazos abiertos en la Facu, en el Comedor Universitario, en las rondas de mates, en los colectivos y en las “previas” que se hacen a veces antes de ir “a bailar”. ¡Cómo extraño esos tiempos! La Plata es la capital de la provincia pero debería ser también “la cuna de los “estudiantes del interior” que eligen esta ciudad porque es simplemente maravillosa.


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