El día en que la policía llevó presos a una veintena de chicos que jugaban a la pelota en 13 y 60

La Plaza Máximo Paz, de 13 y 60, todavía no fue remozada. Ojalá quede así. Es que fue en ese estado, sobrio y profuso en arboledas de altos pinos, cuando ese espacio recogió sus mejores historias, esas memorias que todavía se cuentan y que, este año, volverán a aparecer como un viejo recuerdo de infancia.
Región06 de marzo de 2026

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Por R. Claudio Gómez, especial para Capital 24

 

Ese espacio público funcionó (acaso a su pesar) como un mínimo y verde universo de una camada de pibes, que ya son hombres, pero que alguna vez vivieron allí, de manera ingenua, las experiencias que les deparó una época convulsa. Allá lejos, entre mediados de las décadas del ‘60 y el ‘70 del siglo pasado, cuando los Sacachispas estaban de moda.

Por la Avenida 13, enclavada a seis rigurosas cuadras, entre la Plaza Moreno -custodia de la piedra fundacional, sombreada a los lados por el Palacio Municipal y la magnífica Catedral- y un renovado Parque Saavedra, la Plaza Máximo Paz guarda curiosas nostalgias.

Todavía perduran, por sus alrededores, testigos de una época marcada por una infantil rebeldía resuelta en diferentes y originales manifestaciones.

En aquellos años ‘60, llegaban al barrio nuevas generaciones de comerciantes, en su mayoría inmigrantes o herederos de inmigrantes, que se instalaban en la calle 12 para abrir su pequeño comercio. Algunos de ellos crecieron y todavía perduran sus vidrieras; a otros, se los llevó el tiempo y el vaivén de una economía argentina que, cada tanto, suelta los anhelos de progreso y los desacopla las expectativas de la realidad; así como los briosos caballos, en un inesperado brinco, escapan del carro del que tiran.

Lo cierto es que aquellas fueron familias jóvenes, de hijos chicos y revoltosos que no aguantaban la indiferencia que sus padres ocupados les prodigaban mientras atendían a la clientela. “En el negocio los chicos se aburrían”, cuentan los ahora abuelos comerciantes y agregan que “después de la escuela, había que sacarlos a jugar, a que gastaran energía”.

En general, las nenas -en un escenario en las que se resguardaban las formas y las tradiciones- se juntaban a jugar a la rayuela o el elástico, pegaban figuritas de brillos e imitaban un té de amigas. Pero los muchachitos no se conformaban con fingir que bebían en una taza de plástico.

Fue entonces que muchos de aquellos padres encontraron un lugar cercano y seguro para entretener a sus críos: la plaza, ubicada a apenas unas cuadras del local. De esa forma, los hijos de los comerciantes crecieron juntos y en ella, jugaron a la bolita, las figuritas, las escondidas. Sin embargo, no iban a ser esos los divertimentos preferidos de los infantes. Mediante una pelota de cuero, de trapo o de goma, los chicos fueron organizando partidos de fútbol sobre las superficies verdes.  Primero fueron pocos, apenas alcanzaban el número para unas “bases”, un juego de pelota que solo requiere de dos o cuatro participantes. Luego, el metegol-va-al-arco, ya con más contendientes, en una porfía más comprometida y rigurosa.

A ese primer pelotón, sumaron sus almas los pibes del barrio, de las cuadras adyacentes. Más ricos, más pobres, hijos de profesionales, de comerciantes, de obreros, de docentes. Todos cabían en la amarronada grama con tránsito de anhelos y fantasías.

¿Cuándo empezó el ritual? Es difícil saber fechas. Más o menos el mismo espectáculo, es cierto, repetía similares condiciones en otros paseos públicos. Pero en la plaza en cuyo centro emerge la lustrosa figura de “El tambor de Tacuarí”, las cosas tenían su singularidad. Frente a ella, las puertas metálicas de la Escuela N° 4, Alejandro Carbó, al final de cada jornada, abrían de par en par para dejar salir a los estudiantes de la primaria, que también colaban sus habilidades en la canchita improvisada.

De pronto, los pibes eran un montón. Todos allí, reunidos para jugar al fulbito. Y, como dice la estadística, cuantos más hay, más salen.

Talentos como “El futbolista”, merecido apodo de Guillermo C. detenía los autos que circulaban alrededor del paseo público, con el fin de observar a quienes presagiaban a los cracks. Antecesores de Maradona, capaces de hacer “jueguitos” con una naranja (y después comerla) los pibes de la “Tacuarí” iniciaron la competencia con otros barrios. “No éramos buenos, éramos muchos”, supo decir Memo, testigo y protagonista de aquellos momentos. Una horda de botines y zapatillas caminaba hasta los campitos cercanos en búsqueda de rivales, a los que habitualmente vencían sin demasiado esfuerzo.

Una tarde de marzo de 1976, días antes de que comenzaran las clases, por el predio apareció un placero. Un hombre encargado de cuidar los canteros y, en esa misión, de desalojar a los pibes que arruinaban el césped. Entonces, la batalla inició.

Como un reguero corrió la versión de que las plazas de todo el país debían exhibir limpieza y orden. Ante la inminencia del Mundial 78, Argentina debía lucir bella para el orbe. Otro rumor adjudicó el celo por el resguardo a la intención de evitar el encuentro masivo de personas. Los pibes hicieron caso omiso a los trascendidos; no estaban preparados para razones institucionales. Los mayores apenas superaban los 12 años.

Las estrategias tomaron forma. Los pibes, con tiempo de sobra, aguardaban la partida del placero para esconder sus herramientas entre las ramas de los árboles, en rincones que nadie conocía mejor que ellos. El placero sospechó.

En jornadas aciagas para la democracia, cuando los pibes retaban a gritos y corridas la voluntad del placero, a la plaza llegó la policía. Dos colectivos de la Línea 307 pararon en los bordes de la plaza. De ellos descendieron dos decenas de uniformados. Los rodearon y los intimaron a subir al micro. El viaje fue corto y silencioso. Los bajaron en la sede de la Unidad Regional, sobre calle 12 entre 60 y 61. Habían infligido reglas estrictas, habían desafiado al poder recién llegado.

Fueron los padres a rescatarlos sin demasiado ruido en el reclamo y -cuentan- actuó de oficio un abogado de los derechos civiles. Recuerdan que era joven y de cabello rubio, pero nunca supieron el nombre del hombre que los salvó de pasar una noche en la comisaría.

Hay cientos de anécdotas en esa plaza. Esa es una de ellas: una escena de rebeldía infantil. Nada más sabemos. Los canteros guardan la memoria como un secreto. Por eso, es mejor que quede así, sin retoques, para que el pasado perdure junto a las viejas farolas que todavía alumbran a las nuevas generaciones y a las que vendrán.

No sé si será verdad. Me lo contó un amigo.

 

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