
Yo, militante feminista: la arquitectura de lo invisible
Por: Marcela De Francesco, especial para Capital 24
A veces me preguntan cuándo empecé a ser feminista. Esperan una fecha, un hito, una gran explosión. Pero la militancia, para mí, no fue un rayo en un cielo despejado; fue más bien una humedad que empezó a filtrar por las paredes de mi casa hasta que no pude ignorar que la estructura entera estaba en riesgo.
La militancia feminista no ocurre solo en las avenidas anchas bajo el estruendo de los bombos, el flamear de las banderas o el agite de nuestros pañuelos verdes y violetas.
Lo más difícil sucede los domingos en la mesa familiar, o los lunes en el negocio. Ser militante feminista es, a menudo, convertirse en esa persona incómoda. Es el silencio que se produce cuando no me rio de un chiste machista, es la voz que ruge cuando reclamo que las tareas de cuidado no pueden recaer siempre en las mismas espaldas.
Esa es la parte que no sale en las fotos: el desgaste de ser el radar que detecta la injusticia en lo pequeño. Pero también es ahí donde ocurre la magia. Cuando una amiga, una prima me busca en un rincón para contarme algo que no se atreve a decir a nadie más, ahí entiendo que mi militancia ha construido un refugio.
La militancia feminista tiene una rutina particular, el despertador suena a las seis de la mañana, pero el activismo empezó mucho antes, en el grupo de Whatsapp que no descansó durante la madrugada. Ser militante feminista no es un cargo con horario de oficina; es una lente que te pones al despertar y que, una vez ajustada, ya no te permite ver el mundo de la misma manera.
La primera lectura del día no es el diario, sino las notificaciones. Un mensaje de una compañera, alerta sobre una piba que necesita asesoría legal urgente. Mientras calentás el agua para el mate, revisás contactos, reenviás mensajes y coordinás una red invisible de abogadas, psicólogas y voluntarias que operan por pura convicción. Ser militante feminista es entender que lo personal es político, incluso antes de haber desayunado.
Cuando hay asamblea en la plaza, el círculo de mujeres y disidencias es un refugio. No todo es teoría académica o consignas gritadas al viento. Es escuchar a mujeres que doblegaban mi edad y a pequeños retoños adolescentes interesadas en defender sus derechos. Ahí uno comprende que la militancia feminista no es un título académico; es un saber del cuerpo. Es entender que el dolor de una vecina es un eco de mi propio dolor.
El feminismo tiene un perfume particular, es una mezcla de tinta, sahumerios y pegamento de carteles. Es el roce de los hombros cuando nos sentamos en el piso a discutir cómo vamos a intervenir la ciudad el próximo 8M. Hay discusiones intensas, claro; el feminismo no es un bloque monolítico, es un organismo vivo que duele y crece al mismo tiempo.
Caminar por las calles siendo feminista es un ejercicio de hipervigilancia. Notás el comentario fuera de lugar en el bondi, el anuncio publicitario que nos objetiviza, la mirada condescendiente del colega que te dice feminazi entre risas.
A veces el cansancio pesa. Es la fatiga del activismo. Hay noches en donde ese cansancio pesa más que las convicciones, mirás las noticias y parece que el mundo retrocede dos pasos por cada uno que logramos avanzar. Te preguntás si realmente estamos cambiando algo.

Pero entonces aparece el hilo invisible violeta, un mensaje de una compañera preguntando si llegué bien, otro mensaje “gracias por acompañarme ayer, me sentí segura”, el pañuelo anudado en la mochila de una adolescente que me sonríe con complicidad.
Ese es el hilo que me sostiene. No soy una heroína por ser feminista, soy un eslabón. Y hay una paz inmensa en saber que, aunque yo me canse, mi compañera seguirá sosteniendo la bandera por mí, como yo lo haré por ella mañana.
Al final del día el “Yo, militante feminista”, no es una declaración de guerra ni de perfección. Es una confesión de búsqueda. Es aceptar que estoy llena de contradicciones, que sigo aprendiendo a desarmar mis propios prejuicios, y que mi mayor orgullo no es tener la razón, sino no haber bajado los brazos cuando lo más fácil era mirar para otro lado.


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