
En La Plata, los santos obran siempre de manera clandestina
Por R. Claudio Gómez, especial para Capital 24
En el cajón reposaba alguien que ya no era, que había sido, sí, pero ya no era. Un insistente silencio inundaba ese universo que parecía irreal. El tránsito de un vehículo o una voz perdida en la noche, cada tanto, llegaba desde la calle. Recién a eso de las seis o las siete llegarían los deudos: una tía, un puñado de amigos, y las compañeras y compañeros de trabajo, menos por afecto que por respeto a las formas. A los muertos, se los despide.
Hacía ya unos cuantos días que a Juan se lo veía desmejorado. La cara hinchada y pálida; el andar más lento que de costumbre. Cumplía sus tareas un poco a regañadientes, pero eso no había llamado la atención de nadie. Él era nadie. Solo servía con dedicación a los directores nuevos, a los jefes recién llegados. Al resto lo conocía desde hacía tiempo y el tiempo descontrola la confianza, la desmerece. Él se sabía menos: Juan conocía bien su lugar de muchacho de los mandados, el sitial que ocupaba, inmóvil, desde hacía unos 40 años. Era el pibe grande -lento de músculo cerebral- al que las personas solo acudían con pedidos y exigencias. No iba a progresar, así que solo contaba para su defensa con una hostil rebeldía. En el espíritu, sus congéneres no resultaban mejores que él; tal vez más rápidos de entendederas, pero no mejores en el alma. Todos, pecadores. Todos ascendían, menos él.
Una tarde de 1996 (quizás 1997), Juan dormitaba en la silla de la oficina igual que lo hacía en las infinitas tardes de otoño. Terminaba de almorzar a las 17, cuando la labor cedía y cerraba los ojos para ingresar a su mundo de provisoria paz. Esa tarde, los cerró para siempre.
Su tía -con quien vivía desde siempre y lo había acogido después de la partida de su madre- contó al llegar al lugar del velorio los detalles de su fallecimiento. Era una viejita conmovida que ahora continuaría su vida sin Juan, lo que en algún sentido la aliviaba. No sabía qué iba a ser de él cuando ella no estuviera en la vieja casa grande donde se alojaban. Por supuesto que su muerte no acarrearía problemas económicos, no. Ella casi no tenía gastos y Juan no dejaba plata en la casa, “casi todo se lo daba a los pibes de Estudiantes”, el club de su pasión. Un ratito después, la anciana se fue a descansar (volvería con el alba). Los pocos demás la siguieron. Solo quedó allí el espectador. Ese tiempo vacío le permitió recomponer lo que había dicho la tía, la forma de la muerte de Juan. Él solo había escuchado el griterío que venía de la oficina de al lado, la conmoción de los compañeros que corrían de un lado a otro. Cuando se asomó a ver lo que sucedía, el cuerpo ya estaba en el suelo y boca arriba. Del labio inferior, el cadáver desprendía una espesa baba blanca. Los ojos abiertos de Juan miraban hacia otra dimensión.
La tía había dicho que Juan estaba más gordo, que comía mal y que seguro algo se atoró en su garganta, porque “no comía, deglutía”. Lo cierto es que Juan sentado, semidormido, comenzó a lanzar arcadas sordas y secas, se tomó el pecho y cayó al piso. Apenas se retorció. “Juan, Juan”, se escuchaba. Juan no respondió. La muerte cae mal donde no pasa nada y en aquella oficina pasaba siempre muy poco. La gente de allí obraba como si estuvieran viendo el renacer de Frankenstein. Al borde de un ataque de nervios. Todo muy exagerado. Llamaron a la guardia, que se demoró un rato. Al llegar, el médico anunció que Juan había muerto y recomendó esperar a la policía, porque cuando alguien muere en una oficina pública, hay que hacer “el peritaje”. Allí yació el cuerpo de Juan, tapado con una manta, durante unas dos horas indiferentes. Después llegó el perito y luego el servicio fúnebre…
El espectador jugaba ahora con su reloj, girándolo en su muñeca como si quisiera desprenderse de una esposa de hierro. Miró apenas las manijas del cajón y su voluntad no le permitió más. No estaba tan sensible esa madrugada como para ensayar un llanto o una oración por ese hombre que, como para los otros, era casi un desconocido. Solo su condición de superior en la oficina responsabilizaba su única presencia allí.
De pronto, escuchó unos pasos solitarios, una figura grande se detuvo ante la puerta del salón y lo saludó con solemnidad. En principio esa imagen le resultó conocida y luego comprobó que sí, que le era conocida. Se trataba del profesor Daniel Córdoba, director técnico y figura relevante de Estudiantes de La Plata. El espectador no ocultó su sorpresa. Le preguntó por su presencia allí, no había conexiones evidentes entre el muerto y “el profe”.
Córdoba había llegado invisible, con el solo y respetuoso gesto de agradecerle a Juan su aporte a las inferiores del Pincha. Nadie lo vio entrar y nadie lo vio salir. No saludó a los cortesanos ni firmó autógrafos. Solo el espectador fue testigo. Las buenas personas -pensó- obran como santos clandestinos, como ángeles secretos. Juan obtuvo así su merecido reconocimiento, un honesto adiós.
No sé si será verdad, me lo contó un amigo.


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