
“Parque Lezama”, la nueva apuesta argentina de Netflix
Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Una tarde cualquiera y una charla entre dos ancianos solitarios que se encuentran vaya uno a saber por qué, en uno de los parques más emblemáticos de la ciudad de Buenos Aires. Un encuentro que se transforma en la catarsis más maravillosa que he escuchado en mi vida, donde dos puntos de vista y décadas de historia llevadas a cuestas, son las protagonistas de una conversación entre dos hombres de 85 y 86 años que comparten la nostalgia intacta de una vida que les pesa, y que pareciera ser mejor estar acompañados.
Hasta que entre estos dos protagonistas se cuela un tercer personaje al que uno de ellos denomina “la llave de la felicidad”. Y de sus memorias afloran los recuerdos más vívidos que llevan dentro. El humo de ese cigarro despierta el delirio típico y los coloca frente a frente con sus pasados y esta vez, el alma cobra fuerza porque esa tarde cualquiera en Parque Lezama se transforma en un viaje interminable por recovecos y rincones, culpas y arrepentimientos vivientes que les sacuden un presente que los tiene replanteándose las decisiones más absurdas que han tomado hasta ahora y las palabras de las cuales todavía están arrepentidos.
El delirio aparece en forma de memoria que falla, de un cuerpo que ya no responde como a los 30, de la vergüenza que no huye del alma porque después de los 80, todo lo hecho, hecho está. Después del humo compartido y la filosofía que se apodera de esa tarde en la que dos ancianos le siguen dando batalla a la vida a pesar del paso del tiempo.
La nostalgia empieza a verse contaminada por la aparición de la tecnología, de las nuevas generaciones, y aparece como el primer enemigo de la memoria, como ese testigo infame entre la experiencia de los que ya lo han vivido todo y los que están transitando la vida de a poco, entre los que la pueden contar y los que aún están escribiendo la historia.
La vejez se entromete entre la trampa del presente y del pasado, entre un futuro al que nadie sabe cuánto tiempo le queda. A los 85, un encargado de edificios que además de cataratas en los ojos tiene algún que otro machaque de su década, está por ser desplazado de su puesto de trabajo porque el paso del tiempo siempre juega una mala pasada. Más de 50 años de servicio y la actualidad en un sótano, al lado de una caldera, se enfrentan a los avatares de las nuevas generaciones para las que todo y todos son reemplazables, y que luchan tácitamente contra la experiencia.
La película transcurre en el banco del Parque Lezama y al tiempo que atardece en una tarde de otoño, nos muestra la guerra entre la vejez y la juventud, entre la tecnología y la expertise que solo algunos tienen sobre la vida.
Hay palabras que durante toda esta historia nos van a tocar el alma: el tiempo, la nostalgia, la adultez, la inteligencia y los últimos años. En “Parque Lezama” aflora la lucha constante entre las generaciones, los valores, la experiencia y el miedo implícito a la muerte. ¿Hasta dónde es capaz de llegar la lucha entre la vida y las ganas de vivir, entre lo que tenemos y lo que teníamos, entre lo que existió antes y hoy ya se extraña?
Hay una frase que recuerdo siempre y que indudablemente me eriza la piel, pero que hoy con esta película cobra sentido: “Nunca serás tan joven como hoy”. Y claro que coincido. Pero hay algo que la experiencia no quita: el aprendizaje, los años de vida honrada y la historia, esa que tiene peso, tiempo y memoria.


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