
El problema nunca fue del celular
Por R. Claudio Gómez, especial para Capital 24
“Lo vamos a lamentar, porque nosotros somos los únicos culpables”. Dijo eso y alzó levemente la pera para señalar a un muchacho que cruzaba esa Avenida, absorto en su teléfono celular. No es el único. Basta retozar por la rambla de 72 (nosotros lo hacemos desde calle 7 a calle13) para comprobar que no solo los paseantes, sino también los ciclistas y hasta quienes manejan motos, cruzan la calle ensimismados en vaya a saberse qué cosa urgente que los hipnotiza. Y sí, algún día ocurrirá algo grave, pienso: un automóvil lanzará por el aire al descuidado y a su celular.
Los teléfonos celulares se han vuelto un problema social. Máxime, desde que estos aparatos reconvirtieron su utilidad básica, para pasar a ser un instrumento de entretenimiento y de distracción: tan pegadizo como una cumbia, con tantas funciones y alternativas como el reloj de un espía o una navaja Victorinox. Todo está allí, concentrado, enlatado, vivo y muerto; todo late, todo brilla, todo seduce, allí, en el portátil e inseparable objeto.
Un objeto del que la humanidad prescindió hasta hace solo unos años, ahora se vuelve indispensable, vital, inseparable.
El celular es un problema en las escuelas ¿Qué hacer con él? ¿Prohibirlo? ¿Usarlo cuando sea conveniente? ¿Y cuándo sería eso? Las autoridades educativas y los docentes enfrentan un desafío inesperado para la tradición y creciente en su utilización desmedida.
Sin embargo, el debate político parece centrado en otra cuestión: el uso de los celulares en las cárceles.
Ante el crecimiento de los actos delictivos que tienen como instrumental imprescindible el acceso al celular, buena parte de la clase política, ávida de trepar sobre la agenda mediática, plantean su clausura general, total, universal, tras los barrotes. Olvidan, claro, que el problema no es el objeto, sino el sujeto.
Una antigua pluma para escribir puede causar tantos estragos como un celular. Textos redactados desde el encierro marcan la historia de la Literatura: Cervantes, Gramsci, Oscar Wilde son arbitrarios y escasos, pero claros, ejemplos de que la comunicación, aún desde la prisión, siempre escandalizó a la sociedad.
¿Habríamos de privarnos, por caso, de ‘De profundis’ de Oscar Wilde, porque a sus guardias se les hubiera ocurrido quitarle el objeto con el que lo escribió? ¿Entonces, por qué suponer que los celulares en las cárceles solo tienen un uso pernicioso?
Por estos días, la senadora bonaerense del Frente Renovador, Malena Galmarini, presentó un proyecto para prohibir el uso de celulares en las unidades penitenciarias bonaerenses. No es la única que pretende actuar en ese sentido.
“El sistema penitenciario no puede seguir siendo una oficina desde donde se cometen delitos. Las cárceles no pueden funcionar como call centers del delito”, argumentó la legisladora tigrense. Y es cierto, pero relativamente. La verdad es que es paradójico que desde la cárcel salgan las voces -muchas veces victoriosas- de las estafas telefónicas.
No obstante, hay que decir que ese no es el único uso que las presas y los presos dan a los celulares. Más allá de la ¿discutible? posibilidad de que con el artefacto puedan sostener un contacto asiduo con sus familias, el teléfono les permite interactuar en talleres de capacitación educativa, vía zoom, de los que participan voluntariamente. Quien escribe estas líneas es testigo directo de esa experiencia. A través de la Capellanía del Servicio Penitenciario Bonaerense, junto con el área de Cultura del Ministerio de Justicia provincial y la filial La Plata de la Sociedad Argentina de Escritores, dicta cursos de lectura para 9.000 internas e internos de un total de 65 unidades penitenciarias.
El recurso del celular es -al menos por ahora- el único disponible para llevar adelante estos encuentros pedagógicos tan dispares en tiempos y en espacios. ¿Cancelamos todo al solo efecto de prohibir los celulares o buscamos alternativas para que los celulares se conviertan en instrumental de las prácticas de reinserción de mujeres y hombres que purgan condena?
Es una pregunta que queda flotando en el ambiente. Un ambiente viciado también por las estafas que se producen desde el poder político y que, muchas veces, se esconden también en los celulares, estos sí, de alta gama.
La papa no engorda, la que engorda es la persona. Me lo contó un amigo, no sé si será verdad.


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