
¿Solo las personas portan zapatos o el tiempo también los usa?
Por R. Claudio Gómez, especial para Capital 24
Todavía falta un día para que se cumplan los 50 años y, sin embargo, el recuerdo de aquella jornada, más fresca, penumbrosa y también otoñal está grabada en mi memoria. Entonces, apenas supe qué pasaba, no pregunté demasiado. El silencio del 24 de marzo de 1976, cuando tenía 11 años, regresa como una tiniebla gruesa, espesa, bien reconocible.
Soy hijo de la Educación apretada de aquellos tiempos que se iniciaron allí y cuyas costas todavía pagamos. Soy una sombra de la condición humana, un espectro testigo, un hombre grande que le faltó a la Democracia. Soy una parte de la generación idiota. No me consuela saber que no soy el único ni el más responsable. Debí haber hecho más…
Este no es el país que soñé para mí y menos para mis hijos. Tanta bravata, tanta insolencia, tanta indignidad parece no merecer este encuentro.
En un rato, por aquí estarán mis hijos, ya mujer y ya hombre, felices en convicciones que abandonaron hace rato mi espíritu. Fumo el último pucho de la esquina y salgo a caminar. Me vuelvo. Debería quedarme, pero me vuelvo. Las banderas ondean consignas repetidas. No supimos qué hacer con ellas. Demasiados errores, demasiados. El presente es tan inaudito como inesperado.
Contemplo el cuadro que se arma despacio, ahora, desde unos 20 metros. La gente deposita zapatos y zapatillas en el plano centro de la remozada Plaza San Martín y coloca su alma a un costado. La simetría del original homenaje empieza a amenazar mis certezas.
Pienso en todo lo que escribí, en todo lo que dije, en todo lo escupido hacia arriba y supongo que merezco un poco de esta íntima forma de desazón. Los zapatos alineados; un par por baldosa. Tan confuso es mi dilema personal que la imagen me recuerda una triste nota. Todo es bien diferente, pero, los zapatos…
Luego de la masacre de Tlatelolco (México,1968), el fotógrafo Jesús Fonseca recuerda la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas.
Jesús no puede contar más, la garganta se le ha cerrado, sólo alcanza a balbucear que, después del 2 de octubre, investigó por qué la gente pierde sus zapatos cuando corre. “Es por el miedo; me explicaron que los dedos de los pies se encogen entre dos y tres centímetros y al correr los zapatos se zafan, lo mismo ocurre con el excremento y la orina, con el miedo se relajan los esfínteres, es una reacción animal, no es que uno lo haga”, rememoraba el reportero en aquel escrito.
¿Tendrán memoria los viejos como yo de aquella tragedia? ¿Hay alguna relación entre estas escenas que sellaron una época? ¿Caminan los zapatos como instrumentos simbólicos de la historia cuyo final es una trama todavía incierta? ¿Solo las personas portan zapatos o el tiempo también los usa? Quiero irme y no puedo.
De pronto, llegan columnas de simpatizantes e hinchas de Gimnasia y de Estudiantes. Caminan juntos. “Los tablones nunca los olvidarán”, reza el pabellón de los mutuos rivales. Hay razones que los unen. Una sonrisa me gana la cara. Quiero perder, pero estoy ganando. Aún contra mi voluntad pesimista. En una hora, el lugar está lleno. Es heterogéneo el espacio, heterodoxo el universo y la esperanza, única. Hay tantas y tantos jóvenes… El noble sonido de una flauta traversa suena de fondo y confunde la suave música con cantos y murmullos. La humanidad regresa.
Sepan las nuevas generaciones preguntar hasta el hartazgo qué pasó hace 50 años. Qué sucedió antes y después. Escucharán respuestas de todos los colores. Habrá culpables e inocentes; causas y consecuencias; habrá maldad y tonos tan oscuros que les parecerán atroces e imposibles. Habrá historias de héroes y de traidores. Les dirán que las cosas no fueron como se cuentan o que fueron peores. Aprovechen, todavía hay testigos vivos de aquellos años. Podrán darles infinitos argumentos, a favor y en contra con vaya a saberse qué propósito. Lo que nadie podrá decirles es que aquella fatalidad no ocurrió. El Terrorismo de Estado asoló el país.
Y esa respuesta resulta un buen comienzo, un motivador inicio para estimular ese audaz hábito juvenil que no se pierde, esa manía de las y de los jóvenes por construir un indispensable mundo mejor, pletórico de humanidad.
(No estoy de acuerdo con lo que dices, pero voy a defender con mi vida tu derecho a decirlo. Voltaire).
No sé si será verdad. Me lo contó un amigo.


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