¿Por qué básquet y no fútbol?

Crónica intima sobre la decisión de dejar el pasto de lado para documentar la física del deseo al ras del suelo.
 
Región30 de marzo de 2026

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Por: Marcela De Francesco, especial para Capital 24

 

La pregunta siempre me la hacen en las previas de los partidos, mientras preparo la cámara, mido la luz rebotando en el piso de parqué gastado. “¿Por qué estas acá y no en las canchas platenses cubriendo clásicos o en uno de los estadios grandes?”. La respuesta corta es que el fútbol me resulta monótono, incómodo, es el sueño de todos los reporteros gráficos menos el mío, pero no quiere decir que no vaya a cubrir. La respuesta larga tiene que ver con la distancia y con lo que uno decide mirar.

El fútbol se convirtió en un espectáculo, no somos uno o dos fotógrafos, sino una manada de teleobjetivos y monopies, todos para para captar la misma foto, vale recordar que para sacar una foto que valga la pena en una cancha de fútbol grande necesitás un teleobjetivo que cuesta lo que vale un auto usado y una acreditación que lamentablemente pocos logramos, y que te mantiene a 50 metros de la jugada. Estás lejos. Sos un operario más en una línea de montaje que produce imágenes repetidas de tipos que ganan, en un mes, lo que en el club donde empecé a especializarme que es básquet; recauda en diez años. El fútbol se volvió inaccesible, hermético y, sobre todo, lejano.

Cuando cubro un partido en Astillero, Gimnasia, Atenas, estoy sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared o los pies casi tocando la línea de fondo. No hay fosa, no hay alambrado, no hay policías con escudos. Si un base de un metro ochenta dobla la esquina a toda velocidad para romper la defensa, me pasa a centímetros. Siento el viento de su carrera. Escucho el crujido de la goma quemada contra la madera, los pulmones al límite y el insulto que le tira al árbitro entre dientes.

Esa es la diferencia real: el fútbol más que nada te propone una panorámica, el básquet te obliga al primer plano. 

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En una cancha de fútbol es muy difícil captar la tensión real del mano a mano porque todo pasa en un territorio inmenso. En el básquet, diez cuerpos enormes conviven en un rectángulo donde el espacio cotiza en bolsa. Cada segundo cuenta. El reloj de posesión baja y te va empujando hacia el drama. No podés especular. No podés tirar la pelota para atrás y hacer tiempo impunemente durante cinco minutos. Hay una urgencia física que el fútbol perdió hace rato.

Elijo básquet por sobre el fútbol porque me interesa lo que pasa cuando las luces son dudosas y el juego es honesto. No me interesan las hormigas corriendo a lo lejos; me interesa el sudor que cae del pívot antes de tirar el tiro libre definitivo, el técnico gritando hasta quedar afónico porque se está jugando el descenso ante la mirada de los vecinos que alientan.

Me quedo acá porque en estos clubes, donde el básquet crece cada día más, mi cámara no es un intruso. Es un testigo directo.

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