De fenómeno a límite: Milei vuelve a su 30% y el poder se resquebraja

 
Las encuestas ya no acompañan el relato oficial: apenas un 29% lo votaría para un nuevo mandato y más del 60% lo rechaza. La caída de imagen, la economía que no despega y los escándalos internos reconfiguran el mapa político.
 
Política 22 de abril de 2026

NOTA MILEIMilei cae en todos los relevamientos

 

Lo que hasta hace meses se narraba como una marcha triunfal hacia la reelección hoy se parece más a una travesía áspera, con el terreno cediendo bajo los pies. Javier Milei dejó de expandirse. Y en política, cuando un liderazgo deja de crecer, empieza a quedar expuesto. El último relevamiento nacional de la consultora Zuban Córdoba lo devuelve a su punto de origen: alrededor del 29% de intención de voto para un segundo mandato, con un rechazo que escala por encima del 60%. No es un dato técnico, es un dato político. Milei ya no está sumando. Está defendiendo lo propio.

Ese número tiene memoria. Remite a su performance en las PASO y en la primera vuelta de 2023. El núcleo duro, intacto. La épica del crecimiento, diluida. El Presidente conserva a los convencidos, pero pierde a los expectantes. Y esa diferencia es la que define elecciones en Argentina. Porque el poder no se sostiene solo con identidad, necesita también expectativa. Y ahí es donde el modelo empieza a mostrar fisuras.

Las razones del apoyo son casi doctrinarias. Quienes lo respaldan lo hacen porque creen en su liderazgo o porque siguen viendo en él un dique frente al regreso del peronismo. Hay fidelidad, pero también rechazo al otro. Del otro lado, en cambio, el cuestionamiento es más concreto. Casi la mitad de quienes no lo votarían señalan la gestión económica como principal motivo. Le siguen las promesas incumplidas y, en tercer lugar, los casos de corrupción. Es decir, el problema no es ideológico. Es material.

Y en ese punto aparece la segunda capa de desgaste. La imagen presidencial no solo cae, sino que lo hace con velocidad. Según otro estudio nacional reciente, Milei pasó de un 48% de imagen positiva a principios de año a un 35% en abril. Trece puntos menos en pocos meses. No es un ajuste fino, es un deterioro visible. Y lo más incómodo para la Casa Rosada es que ya no lidera el ranking. Axel Kicillof, Myriam Bregman y Cristina Kirchner lo superan en valoración positiva. Incluso figuras que no capitalizan centralidad política logran ubicarse por encima.

El dato no es solo simbólico. Es estructural. Porque rompe con una lógica que el oficialismo había logrado instalar: la idea de que Milei no tenía competencia real en términos de imagen. Hoy ese monopolio se quebró. Y cuando se rompe el monopolio de la percepción, empieza la discusión por el poder.

 

El desgaste ya no es silencioso

El desgaste político no siempre se ve en declaraciones altisonantes. A veces se filtra en decisiones, en silencios, en gestos mínimos. El Gobierno empieza a sentirlo en el Congreso, donde los apoyos automáticos se vuelven más selectivos. También en su propia narrativa, que ya no logra ordenar la conversación pública como antes. La agenda, que supo ser dominada con precisión quirúrgica, hoy se le escapa entre escándalos y tensiones internas.

El caso de Manuel Adorni es el punto más delicado. No por su volumen judicial, sino por su significado político. El funcionario investigado por presunto enriquecimiento ilícito perfora el discurso de “superioridad moral” que Milei había instalado como bandera. Y en política, cuando el relato se fisura, el impacto es doble: erosiona la credibilidad y habilita a los adversarios.

El oficialismo intenta cerrar filas. Fotos, recorridas, respaldo explícito. Pero el daño no se mide en gestos de lealtad, sino en percepción pública. Y ahí la caída es evidente. La imagen de Adorni se desplomó más de 15 puntos en pocas semanas, arrastrando consigo parte del capital simbólico del Gobierno.

Mientras tanto, la oposición, aún fragmentada, empieza a detectar el momento. Casi la mitad de los consultados vería con buenos ojos una alianza amplia para derrotar a Milei. Y más del 60% cree que el próximo liderazgo debería surgir por fuera de las estructuras tradicionales. Ese dato es quirúrgico: el Presidente ya no monopoliza el voto antisistema. El terreno que lo vio nacer vuelve a ser competitivo.

En paralelo, la intención de voto muestra un escenario que hasta hace poco parecía improbable. El oficialismo y el peronismo aparecen en un empate técnico, con leve ventaja para la oposición en algunos registros. Hace apenas meses, la diferencia era de hasta nueve puntos a favor de Milei. La curva es clara. No hay desplome, pero sí un retroceso sostenido.

El problema de fondo no es solo político. Es económico. El modelo empieza a mostrar una característica incómoda: genera expectativas en los mercados, pero no logra traducirlas en mejoras concretas para amplios sectores. Y cuando la economía no ordena, la política se vuelve más volátil.

Milei eligió gobernar sin matices. Es parte de su identidad. Pero ese mismo rasgo, que le permitió diferenciarse, hoy lo limita para corregir. En su lógica, ceder es perder. Y en política, a veces no ceder es quedar aislado.

El Presidente sigue teniendo un activo poderoso: su núcleo duro. Pero también enfrenta un límite cada vez más visible: su incapacidad de ampliar. Y en un sistema democrático, el poder no se mide solo por la intensidad del apoyo, sino por la capacidad de sumar.

La escena actual no es de colapso ni de estabilidad. Es más incómoda. Es la de un liderazgo que deja de ser excepcional y empieza a ser evaluado como cualquier otro. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser una irrupción y se convierte en una disputa. Una disputa donde el margen ya no lo define la épica, sino los resultados.

En ese terreno, Milei ya no juega solo. Y quizás ahí esté el dato más relevante de todos. Porque en Argentina, cuando el poder deja de ser indiscutido, el sistema empieza a moverse. Y cuando el sistema se mueve, ningún liderazgo queda intacto.

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