
Prince: el maestro musical que me enseñó sobre libertad y amor
Por Florencia Belén Mogno.
“I never meant to cause you any sorrow. I never meant to cause you any pain. I only wanted one time to see you laughing. I only wanted to see you laughing in the purple rain”. La primera vez que escuché esta frase, yo tendría unos 12 o 13 años. Recuerdo que era la madrugada de un sábado y mi mamá me había dejado ver televisión en su habitación. Mientras con el control remoto buscaba algo qué ver, apareció en el canal TCM un muchacho morocho, muy flaco, con un peinado de rulos y vestido completamente de púrpura. Me detuve al instante. Recuerdo que, en esa escena, el muchacho no hablaba. Estaba parado en un escenario ante un público que lo miraba con poco interés. De pronto, se escuchó un acorde de guitarra y el muchacho comenzó a cantar la frase con la que comencé este texto. Ese muchacho era Prince en una de las escenas de la película Purple Rain, y ese fue uno de los instantes que definió mi cultura musical para siempre.
Este 7 de junio, Prince cumpliría 68 años y, tal como lo hice en otras ocasiones con otros amores artísticos de mi vida, intento escribir algunas líneas que seguramente no estén a la altura de las circunstancias, pero son la forma que encuentro para rendirle homenaje. Prince llegó a mi vida cuando yo era una apenas adolescente. En ese primer encuentro que tuvimos cuando apareció en la pantalla de la televisión, yo no sabía quién era y, nuevamente, mi mamá vino a iluminarme con su saber. Ella me lo presentó. No había un nombre mejor para él: Prince, un muchacho elegante, perfectamente vestido y peinado, tocando la guitarra e inundando mis oídos con una voz poderosa y llena de matices. Me cautivó. Creo que en ese momento no tenía las palabras ni la capacidad de entender lo que me sucedía, pero no podía dejar de mirarlo. De hecho, desde ese entonces nunca pude, ni quise, dejar de mirarlo.
Varios años después, en mi casa todavía no había computadora, entonces tuve que acercarme a Prince desde métodos más tradicionales. Recuerdo que en una enciclopedia que había en mi biblioteca pude conocer parte de su historia. Luego, mi exploración continuó con CDs. A través de unos compilados me acerqué a When Doves Cry, Cream, Kiss, I Wanna Be Your Lover, entre otros hits. Con todas estas canciones, tal como me había sucedido con Purple Rain, me sucedía algo muy difícil de explicar. Para mí, escuchar a Prince fue vivir una alucinación mágica, y más todavía en esos años de adolescencia en donde uno empieza a dejar atrás los juguetes para reemplazarlos por los discos. Yo escuchaba a Prince y era como si mi cuerpo pudiera ser conductor de la electricidad que eran sus canciones. Era dejar que su voz me envolviera y me llevara a las profundidades de su mundo.
Sin embargo, lo que todavía no sabía con certeza en ese momento era que Prince pasaría a ser parte de mi vida en muchos sentidos. Con el paso de los años, mi adultez y las bondades de Internet hicieron que mi curiosidad y mi fascinación por él crecieran casi sin control. Aquí aparecieron canciones como Noon Rendezvous, Darling Nikki, Strange Relationship y Little Red Corvette, a las cuales elijo porque ocupan un lugar especial en mi corazón. De la misma forma en que yo me había transformado de una niña a una mujer, mi admiración por Prince también había mutado.
En este tiempo llegó a mis oídos la discografía completa de Prince: lo conocido, los lados B, canciones inéditas. Sin embargo, como todo me parecía poco, Prince se hizo estampa en mis remeras. Algunos de mis recuerdos más felices son las noches caminando entre los pasillos de la universidad, luciendo encantada mis remeras con Prince desnudo en la portada de su disco “Lovesexy” (uno de mis favoritos), o también su imagen apenas vestido que se encuentra en otro de mis discos preferidos: “1999”. Para mí, sumergirme en el universo de Prince significó ahondar en la poesía, en el detalle estético, en el disfrute de la música que nace desde las entrañas y, principalmente, en la libertad. Pero especialmente, Prince me conectó con el amor y es el puente que me une con una presencia en mi vida que, sin saberlo, está ahí y me salvó y me cambió para siempre.
Hoy, en el día de su cumpleaños y muchos años después de esa madrugada en que lo vi por primera vez, estoy profundamente agradecida con ese muchacho morocho, muy flaco, con una voz poderosa e impecablemente vestido que continúa despertando en mí sensaciones que no puedo terminar de explicar. Sin embargo, sí tengo una certeza que aflora en mí mientras escribo estas líneas y Prince invade mis auriculares y me canta al oído Purple Rain: y es que a mí, Prince me cambió la vida. Me enseñó poesía, me enseñó arte, me enseñó música y, especialmente, amor.
Fuente fotografías: redes sociales.



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