
Especulaciones tras la muerte de un artista

Por: R. Claudio Gómez, especial para Capital 24
Los pocos kilómetros que separan a La Plata de la Gran Capital es menos una distancia geográfica que cultural. Todavía no logramos despojarnos de ese dejo de sombra que tiñe las noches de tilos cuando las luces vienen desde el trono territorial en el que, dicen, atiende Dios.
La muerte de Brandoni les permitió a los periodistas locales aguzar su sentido de originalidad y brindar, con calidad, una biografía local del actor a secas y del actor político, durante sus prolíficas estadas por estos lares. Menciones a películas que lo ubicaron por aquí, a presentaciones en teatros conocidos por los paseantes y a encuentros políticos en los que acompañó, por ejemplo, al expresidente Raúl Alfonsín, en 2010, en el marco de las elecciones internas de la UCR, fueron recordadas con precisión.
Hasta aquí nada extraordinario. Acaso lo que ocurre con obituario excepcional para un artista excepcional. En ese plano, el periodismo cumplió su tarea. Pero, las redes…
La opinión desafía a la verdad y esa es la verdad: la suma de opiniones retando a lo tangible, lo evidente, lo material, resulta el abstracto de lo más cercano a la idea de verdad a la que los hombres pueden aspirar.
Son las formas de la opinión las que resbalan hacia la intolerancia. Una sustancia despectiva que sale de los labios rápidos y que, claro, el propio Brandoni también supo usar. Y, cada vez con mayor liviandad, usamos un poco todos. La descalificación en el desacuerdo es la norma y no la excepción. Brandoni la utilizó -no sin honestidad-y, en vida y muerte, asimismo, la padeció.
Por eso, acaso sea preciso arrimarnos a su figura menos por lo que dijo que por lo que hizo. Esa tarea podía darnos un talle más exacto de su persona social.
Tras la presentación del filme Argentina, 1985, Luis Brandoni había criticado duramente a su colega Ricardo Darín quien por su participación en la cinta, en la interpretación de Julio César Strassera, fiscal en el Juicio a las Juntas Militares.
"Un día le voy a decir '¿Cómo carajo hiciste, Ricardo (Darín), para hacer esa película, que es una canallada?'”, amenazó Brandoni. Luego se disculpó.
De lo que habla esta declaración es de su ideológica mirada de la película en cuestión, pero también de la importancia que Brandoni le otorgó a la relevancia que tiene la elección y de los papeles que un actor escoge interpretar.
Recordar a los artistas por sus expresiones públicas es una forma de cercenar su vida artística. En el escenario, el actor no es él, es otro. Sin embargo, considerar la elección de un rol, la dimensión de ese mensaje y su impacto en el público habla de un artista comprometido, de un artista que elige quién quiere ser ante la audiencia.
En ese sentido, una síntesis de la experiencia actoral de Brandoni lo ubicaría como un ejecutor de personajes que representan al Hombre-que-está-solo-y-espera. ¿No es ese el Sergio Bruni, de Tute Cabrero; el Antonio Soto, de La Patagonia Rebelde; el Esteban Santomé, de La Tregua; el médico Carlos Ventura, de Darse Cuenta; el Antonio Musicardi, de Esperando la Carroza; el Julio de Hay unos tipos abajo; el desesperado padre, Julio Siri, de Cien veces no debo; el Osvaldo, de Made in Argentina; el cura Francisco, de El hombre de tu vida; el Antonio Fontana, de la Odisea de los giles, o el León Schwartz, de Parque Lezama?
Esos personajes, y otros ejecutados por Brandoni, contienen la esencia del hombre de ciudad que reconocemos en la cotidianidad. No es un extraño a nuestra conciencia. Es un viejo conocido.
Tal vez sea un error juzgar a un artista por lo que dice su boca, sin escudriñar sus ojos. Hay mucho de popular en Brandoni; lo expresa a través de sus personajes: “En todo Nueva York, yo no puedo sentarme a tomar un café con nadie. Ese es el exilio”, relata, en una sencilla mesa de bar, ante un amigo, el entrañable Osvaldo. Tal vez esa sea la escena que mejor nos permita evocar a Luis Brandoni.
La militancia no lo sabe o pretende que no lo sabe, pero la aparición de artistas probados de valentía, que actuaron en circunstancias históricas angustiosas, resultan indispensables para la producción de argumentos precisos que, si no contradigan, equilibren la balanza de fundamentos en procura de una aproximación a la verdad ideológica.
“El arte es la posibilidad de sentirnos mejores personas, al menos por un rato”, supo decir Brandoni. Tal vez ese era su sueño y el motor de su trabajo.
Decidir por el cielo o el infierno son facultades que, por ahora, exceden la capacidad limitada de las redes sociales. No sé si será verdad, me lo contó un amigo.


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