
Correr hacia ninguna esquina: el barrio y los recuerdos
Por: Marcela De Francesco (texto y fotos), especial para Capital 24
La calle no era un tránsito, era un destino. Un rectángulo de baldosa calcárea donde el tiempo se quedaba a vivir, suspendido entre el olor a tilo y el ruido de las persianas metálicas que bajaban, rítmicas, a la hora de la siesta.
En ese entonces, el barrio se medía en rituales mínimos. Había un mapa invisible trazado por el saludo. La gente sacaba las sillas de paja a la vereda, no por falta de espacio adentro, sino por una necesidad de vigilancia mansa. Se sentaban a ver pasar la nada, con el termo bajo el brazo y el mate circulando como un salvoconducto. En esa geografía de proximidad, el anonimato era un concepto inexistente, una falta de respeto. Cruzar la calle implicaba una coreografía de asentimientos: el kiosquero, el vecino del 412, la mujer que baldeaba la entrada con una precisión quirúrgica.
Los almacenes eran templos del detalle. El aire olía a una mezcla inconfundible de queso de máquina, aserrín y el perfume dulzón de los caramelos sueltos en frascos de vidrio. No se iba a comprar; se iba a dar fe de vida. El almacenero conocía la genealogía de cada cliente, sabía quién prefería el pan flauta bien cocido y quién llevaba la cuenta en la libreta, ese documento sagrado de confianza mutua donde la deuda era un vínculo y no una mancha.
La panadería era el pulso de la mañana. El calor que emanaba de las bolsas de papel madera, el crujido de la costra caliente, ese aroma que se pegaba a la ropa y que era, en definitiva, el olor de la seguridad.
Y nosotros, los chicos, éramos los dueños de la intemperie. Jugábamos en las veredas con una ferocidad que hoy parece épica. Las rodillas siempre estaban en carne viva, decoradas con costras que eran medallas de batallas contra el cemento. No había horarios, solo el límite biológico del hambre o el grito materno que cruzaba la cuadra cuando el sol empezaba a ceder. Sabíamos quién vivía en cada casa por el sonido de las llaves o por el modelo del auto estacionado.
Era una vida de puertas sin llave. Una arquitectura de la confianza donde el mundo terminaba en la esquina y, sin embargo, nos parecía infinito. No era nostalgia lo que sentíamos; era la certeza de pertenecer a algo sólido, un tejido que se sostenía simplemente porque todos nos estábamos mirando. El barrio no era un lugar. Era un idioma que hoy, de a poco, nos estamos olvidando de hablar.
Ahora, ese mapa de proximidad se ha vuelto una cuadrícula de urgencias.
Caminamos con la mirada clavada en una pantalla de vidrio, como si el mundo estuviera ocurriendo siempre en otra parte, en un lugar más brillante y lejano que la vereda que pisamos. Ya no hay sillas en la calle; hay cámaras de seguridad que devuelven una imagen granulada y fría de nuestra propia desconfianza. El silencio del barrio ya no es el de la siesta, sino el de la indiferencia.
Antes, el almacenero no era “el comercio de cercanía”, era Don Tito, o el Gallego, un hombre que sabía exactamente cuánto fiarte y que te entregaba los bizcochos de grasa en una bolsa de papel que terminaba traslúcida por el calor y la manteca. Esos bizcochos eran el combustible de la tarde, el acompañamiento obligado de un mate que no se tomaba en soledad frente a un monitor, sino en una ronda que se armaba por el solo hecho de coincidir en el espacio físico.
El carnicero conocía el corte exacto para el estofado de los domingos. Ese domingo que tenía un ritmo propio, marcado por la procesión hacia la fábrica de pastas. Ir a buscar los ravioles o los tallarines era un acto litúrgico: la caja de cartón blanco, atada con el hilo choricero que se te marcaba en el dedo, el aroma a harina fresca y el intercambio de novedades sobre quién se había casado, quién se había ido o quién estaba enfermo. No necesitábamos notificaciones en el celular; la información circulaba de boca en boca, con la precisión de un cable de noticias vecinal.
Hoy, el nombre del que vive al lado es un misterio que no nos interesa resolver.
Pedimos la comida por una aplicación y el encuentro se reduce a una mano anónima que entrega un paquete a través de una reja. Vivimos apurados, como si estuviéramos llegando tarde a un sitio que no existe, mientras los viejos almacenes se convierten en depósitos o en locales de estética mínima y desalmada.
Nos queda la memoria de ese sabor: el de la pasta casera, el del bizcocho compartido y el de saber que, si nos pasaba algo, había una cuadra entera de gente que sabía exactamente quiénes éramos. Hemos ganado velocidad, pero en el camino perdimos el rastro de nuestra propia historia.


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