
De “Islas del Abandono” a los clubes barriales
Por: Lic. Sandra Campos (*), especial para Capital 24
El libro muestra que allí donde la civilización se retira, no siempre queda muerte: a veces aparece una nueva forma de vida, una regeneración inesperada.
Por esos vericuetos de la mente me asaltó cierta similitud con los clubes barriales que bien podrían pensarse, salvando las diferencias, como esas otras “islas del abandono” dentro de la ciudad: espacios que muchas veces el Estado, el mercado y las nuevas costumbres urbanas dejaron en segundo plano, pero donde todavía late una potencia comunitaria enorme.
El paralelo central
Así como en los paisajes abandonados la naturaleza recupera terreno, en los clubes de barrio puede recuperarse algo igual de vital: la vida comunitaria.
Donde hubo deterioro edilicio, falta de recursos, cuotas difíciles de sostener, generaciones que se alejaron o instituciones envejecidas, todavía puede brotar una nueva trama social: chicos, adolescentes, adultos mayores, familias, oficios, cultura, deporte, prevención, cuidado y pertenencia.
La diferencia es clave: en el libro, muchas zonas se regeneran cuando el ser humano se retira. En los clubes barriales ocurre exactamente al revés, la regeneración ocurre cuando la comunidad vuelve. Un club no se regenera solo. No alcanza con esperar que el tiempo haga su trabajo. Necesita vecinos, dirigentes, jóvenes, adultos mayores, familias, instituciones, Estado, empresas locales, universidades, escuelas y organizaciones que vuelvan a mirarlo como un actor estratégico, no como un problema ni como una carga o como un recuerdo emotivo, sino como una plataforma territorial para reconstruir comunidad.
Los clubes barriales, como las islas de Cal Flyn, nos recuerdan que la regeneración no siempre empieza en los grandes centros de poder. A veces empieza en un salón humilde, una cancha gastada, una mesa de comisión directiva, una abuela enseñando, un chico entrenando, una vecina organizando una merienda.
Allí donde parecía haber abandono, puede haber futuro.
Clubes como ecosistemas sociales
Un club no es solamente una cancha, un salón o una Comisión Directiva. Es un ecosistema. Tiene memoria, vínculos, símbolos, reglas, afectos, conflictos, generaciones. Como un ecosistema natural, puede degradarse si se lo abandona; pero también puede volver a florecer si se lo cuida.
La Ley argentina 27.098 reconoce a los clubes de barrio y de pueblo como asociaciones civiles sin fines de lucro dedicadas al deporte no profesional, la educación no formal, la cultura, la comunidad y la sustentabilidad. Es decir, no son simples espacios recreativos, son infraestructura social. Según mi punto de vista, los clubes barriales no son ruinas del pasado: son reservas vivas del futuro comunitario.
La Cena del Dirigente, realizada este último viernes, volvió a poner sobre la mesa algo que en La Plata se sabe, pero a veces no se dice con suficiente fuerza: detrás de cada club, centro de fomento, sociedad barrial o institución cultural hay una forma silenciosa de sostener ciudad. No se trata solo de deporte, de recreación o de actividad social. Se trata de pertenencia, identidad, contención, memoria y futuro.
La Federación de Instituciones Culturales y Deportivas de La Plata nació el 27 de marzo de 1939 y declara hoy 87 años de trayectoria, nucleando a más de 600 instituciones de La Plata, Berisso y Ensenada entre clubes, centros culturales, asociaciones barriales, sociedades de fomento, organizaciones sociales y entidades profesionales. Su propia misión habla de integración, formación, participación ciudadana y acceso a actividades recreativas, educativas y de capacitación para niños, jóvenes y adultos mayores.
Mas de 600 asistentes, en un año nada fácil y con un clima hostil, logró juntar la Federación liderada por Alberto Alba en la Presidencia, Silvia Rodenak en la vicepresidencia y un maravilloso equipo humano y profesional que conforma la Comisión Directiva. Pero esta cena no debería leerse solo como un encuentro social y protocolar sino como una escena de épica contemporánea: dirigentes reunidos para reconocerse, pero también para preguntarse qué lugar ocuparán los clubes en una sociedad profundamente distinta a aquella que los vio nacer. Porque el barrio cambió. Las familias cambiaron. Los consumos culturales cambiaron. La relación con el tiempo libre cambió. La tecnología cambió. La infancia cambió. La vejez cambió. La expectativa de vida se extendió. La soledad se volvió una epidemia silenciosa. Muchos adolescentes viven hiperconectados, pero con menos pertenencia real. Muchos adultos mayores viven más años, pero no siempre con más participación, más derechos o más reconocimiento.
En ese escenario, estos nodos barriales tienen una oportunidad histórica: ser territorios donde la intergeneracionalidad no es una palabra amable para los discursos sino una necesidad social.
Ese dato no es menor: en tiempos de fragmentación social, los clubes siguen siendo una de las pocas infraestructuras comunitarias distribuidas territorialmente. Están en los barrios, no en el discurso. Están cerca de la gente, no solo en los planes. Allí donde muchas políticas llegan tarde, el club suele estar antes: con una llave, una silla, una merienda, una práctica deportiva, un festival, una reunión, una campaña solidaria o una escucha.
El club puede ser el punto de encuentro entre estas dos urgencias: la de quienes necesitan seguir siendo parte y la de quienes necesitan pertenecer a algo más real que una pantalla.
Allí aparece la enorme potencia del dirigente barrial. Ese dirigente que no cobra, no descansa, no tiene prensa, no tiene estructura técnica y sin embargo sostiene lo que otros no ven. El dirigente que abre el club, consigue una donación, hace de plomero, organiza una actividad, contiene un conflicto, presenta un papel, gestiona un subsidio, escucha a una madre, acompaña a un abuelo, recibe a un chico,y mucho más.
En la región esto tiene una profundidad especial. La ciudad no se explica solamente por su trazado, sus diagonales, sus edificios públicos o sus universidades, también se explica por sus espacios sociales y comunitarios. Por esas instituciones donde generaciones enteras aprendieron a jugar, a organizarse, a perder, a ganar, a compartir, a bailar, a militar una causa barrial, a cocinar para otros, a pintar una pared, a preparar una rifa, a armar una comparsa, a sostener una biblioteca, a cuidar a los chicos y a acompañar a los mayores. La ciudad necesita cuidar de estos ámbitos donde las familias vuelvan a compartir un lugar común.
Reconocer no alcanza
Hay lugares que parecen haber quedado atrás. Espacios que alguna vez fueron centro de la vida común y que, con el paso del tiempo, empiezan a mostrar señales de cansancio: paredes descascaradas, techos que necesitan reparación, salones que ya no se llenan como antes, comisiones directivas que trabajan a pulmón, dirigentes que envejecen sosteniendo llaves, papeles, recuerdos y deudas.
Sin embargo, no todo lugar herido está muerto. El libro Flyn propone una mirada tan incómoda como esperanzadora: allí donde la humanidad se retiró, donde hubo deterioro, contaminación, guerra, decadencia económica o abandono, la vida encontró formas inesperadas de volver. No siempre vuelve igual. No siempre repara lo anterior. Pero brota. Insiste. Reorganiza el paisaje. Contra todo pronóstico, algo sigue vivo.
Esa imagen puede ayudarnos a pensar a muchos clubes barriales de La Plata. No porque sean ruinas, sino porque muchas veces fueron tratados como si pertenecieran al pasado. Como si fueran restos sentimentales de otra Argentina. Como si su valor pudiera medirse solamente por la cantidad de socios, el estado de una cancha o el dinero disponible en una cuenta bancaria.
La Cena del Dirigente es, entonces, mucho más que un homenaje: es una plataforma que pone en valor a una tarea que sostiene al tejido social.
Los clubes necesitan políticas públicas estables, capacitación dirigencial, alivio administrativo, programas de infraestructura, conectividad, seguridad, accesibilidad, herramientas de gestión, formación en prevención de riesgos, propuestas culturales, deportivas, ambientales y de salud. También necesitan una mirada nueva: no solo asistencia para sobrevivir, sino inversión social para multiplicar su impacto.
Ojalá este fuera un nuevo punto de partida para asumir el valioso capital multidimensional que poseen estos espacios. También desearía que fuera punto de partida para atender sus necesidades, que tampoco requieren inversiones faraónicas como otras obras y que, en rigor a la verdad, son más necesarias que mucho del cemento vertido en nuestra región.
En una ciudad que discute seguridad, salud mental, niñez, envejecimiento, pobreza, soledad, educación, violencia y fragmentación, los clubes y centros barriales no pueden quedar al margen, ellos son parte de la respuesta para una sociedad más sana.
(*) Directora de Masa Madre Consultora.
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.


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