
La hoguera de las vanidades de un metro por un metro
Por: Marcela De Francesco, especial para Capital 24
El probador es ese santuario donde una entra siendo una mujer civilizada y sale, treinta segundos después, convertida en un contorsionista del Cirque du Soleil con un ataque de pánico.
La luz cenital es el primer enemigo: una dicroica implacable que no ilumina, sino que denuncia, revelando pozos, sombras y relieves que en el living de casa no existían y que te hacen preguntar si en lugar de un jean no deberías estar comprando un turno con el dermatólogo.
Una intenta la maniobra de despojo bajo un calor subsahariano mientras el bolso cuelga de un ganchito flojo que amenaza con claudicar y arrojar todas tus pertenencias al suelo polvoriento, donde siempre hay un alfiler acechando. Entonces llega el momento del jean "rígido", esa pieza de ingeniería textil diseñada por alguien que claramente odia la anatomía humana.
El pie se traba, el equilibrio se pierde, el codo golpea contra el espejo con un sonido seco y una se queda ahí, en una pierna, preguntándose en qué momento la moda se volvió un deporte de riesgo. Es en ese preciso instante de vulnerabilidad absoluta, con la remera por la mitad de la cabeza y el pelo estallado por la fricción, cuando se escucha la voz.
Es ella.
La vendedora.
Un ser que habita el afuera, donde el aire circula y la autoestima permanece intacta. "¿Cómo vamos ahí, reina? ¿Te ayudo?", pregunta con una falsa candidez que esconde la voracidad de un tiburón blanco. Una balbucea que está bien, que no necesita nada, mientras intenta subir un cierre que parece haber sido soldado por la NASA.
"Salí que te quiero ver, dale, no seas tímida", insiste la voz, y una sale al pasillo común, ese patíbulo alfombrado donde otras tres mujeres te miran con una mezcla de piedad y alivio porque no son ellas las que llevan puesto ese pantalón que te hace el efecto de un matambre mal atado.
"Te queda pintado, cede un montón, es el corte", sentencia la vendedora con una convicción que envidiaría un líder de culto, ignorando que no podés ni parpadear sin que salte un botón. Una se mira en el espejo grande, el de afuera, ese que tiene el ángulo tramposo para que parezcas más alta, y por un segundo duda de su propia cordura, hasta que vuelve al cubículo, recupera su ropa vieja y protectora, y sale a la calle con la convicción de que la verdadera libertad no es el libre albedrío, sino comprarse todo por internet para llorar en la privacidad de la propia casa.


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