
El lenguaje edadista

Por: Lic. Sandra Campos (*), especial para Capital 24
Decir “los viejitos”, “los abuelos”, “ya está grande”, “a esta edad qué querés”, “son como chicos”, “ya no entienden”, “no les da para la tecnología”, “nuestros adultos mayores”, puede parecer menor frente a problemas más urgentes, sin embargo, el lenguaje no está separado de todo eso. El lenguaje prepara el terreno. Antes de excluir a una persona mayor de una decisión, muchas veces se la excluyó de la palabra. Antes de tratarla como incapaz, se la nombró como incapaz. Antes de negarle autonomía, se le habló como si ya no la tuviera. ¡Esto es violencia silenciosa!
La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como la forma en que pensamos, sentimos y actuamos hacia otras personas o hacia nosotros mismos en función de la edad. Puede afectar a personas jóvenes, pero en nuestras sociedades golpea especialmente a las personas mayores. Lo grave es que muchas veces no se reconoce como discriminación.
En una sociedad que envejece, seguir hablando de la vejez como sinónimo de deterioro, inutilidad o carga social no es inocencia, es construir una mirada colectiva que reduce a millones de personas a una sola condición: la edad. Como si cumplir años borrara la historia, la inteligencia, el deseo, la capacidad productiva, la opinión, la sexualidad, la creatividad, la ciudadanía y el derecho a decidir.
No se trata de prohibir palabras ni de instalar una “policía del lenguaje”. Se trata de comprender que las palabras tienen consecuencias. Nombrar mal también es tratar mal. Cuando a todas las personas mayores se las llama “abuelos”, por ejemplo, se comete un doble error. Primero, porque no todas son abuelas o abuelos. Segundo, porque aún quienes sí lo son no agotan su identidad en ese rol familiar. Una mujer de 75 años puede ser abuela, pero también puede ser médica, comerciante, artista, militante, docente, deportista, dirigente barrial, empresaria, vecina, amante, estudiante, amiga, lectora, viajera, voluntaria o trabajadora. Llamarla únicamente “abuela” en espacios públicos, institucionales o mediáticos es reduccionista, reemplazar su ciudadanía por un rol de parentesco.
Y algo parecido ocurre con los diminutivos. A veces se dicen con afecto. Pero el afecto no siempre alcanza para justificar una palabra. También hay formas cariñosas que infantilizan y la infantilización es una de las caras más frecuentes del edadismo.
El lenguaje edadista no solo lastima desde afuera. Lo que llamamos autoedadismo, es incorporado por las propias personas mayores cuando una sociedad repite durante décadas que envejecer es perder valor y así muchas personas terminan creyéndolo. La discriminación externa se transforma en autolimitación. Y pocas cosas son más crueles que convencer a alguien de que su vida vale menos porque sumó años.
Los medios de comunicación y las instituciones
No es lo mismo informar sobre vejez que reforzar prejuicios sobre la vejez. No es lo mismo hablar de derechos que hablar de “los abuelos” como un bloque frágil, pasivo y dependiente. No es lo mismo mostrar personas mayores como sujetos sociales que utilizarlas únicamente como imagen de tristeza, enfermedad o pobreza.
Necesitamos otro lenguaje, que no niegue las dificultades, pero que tampoco reduzca la vida mayor al deterioro.
También las instituciones deben revisar su modo de nombrar. Clubes, centros de jubilados, organismos públicos, áreas de salud, programas sociales, universidades, empresas, comercios, bancos, obras sociales. Muchas veces se habla de inclusión mientras se sostiene un lenguaje que excluye
La palabra revela la mirada
Si una institución llama a las personas mayores solamente para bailar, jugar al bingo o escuchar una charla sobre cuidados, tal vez deba preguntarse si no está repitiendo un modelo limitado de vejez. Las personas mayores también pueden enseñar oficios, coordinar proyectos, integrar mesas de decisión, emprender, mentorear jóvenes, participar en políticas urbanas, producir conocimiento, fiscalizar servicios, liderar causas comunitarias y construir futuro. En una sociedad longeva, una persona de 60, 70 u 80 años puede tener por delante años o décadas de vida activa. ¿Con qué derecho cultural le decimos que ya no pertenece al futuro?
El lenguaje edadista también se cuela en la tecnología. Claro que hay brechas digitales pero no son biológicas, son educativas, económicas, culturales y de diseño.
Lo mismo sucede en la salud. Hay síntomas que se minimizan con una frase brutal: “Es la edad”. Dolor, tristeza, cansancio, pérdida de memoria, dificultades para moverse, angustia, aislamiento. Todo puede quedar enterrado bajo esa explicación cómoda. Pero decir “es la edad” muchas veces impide diagnosticar, prevenir, acompañar o tratar. Envejecer no debería ser una condena a que todo se naturalice.
La política tampoco está libre de este problema ya que habla de las personas mayores en campaña, se las visita, se las fotografía, se las invoca como símbolo de esfuerzo, pero después se las nombra como gasto, carga previsional o sector pasivo. Esa expresión, “sector pasivo”, merece una revisión urgente.
La batalla contra el lenguaje edadista no es estética. Es ética. Es política. Es cultural. Es una batalla por el modo en que una sociedad decide mirar su propio envejecimiento. Cada palabra que usamos contra las personas mayores también construye el mundo en el que vamos a envejecer y habitar.
Necesitamos, sobre todo, escuchar. Porque muchas veces hablamos sobre las personas mayores sin hablar con ellas. Las convertimos en tema, en estadística, en foto, en destinatarias, pero no en voz. Una sociedad verdaderamente longeva no será aquella que solamente viva más años, sino aquella que aprenda a conversar mejor entre generaciones. Porque cuando una persona mayor es nombrada como alguien de menor valor, después resulta más fácil pagarle mal, atenderla mal, escucharla poco, decidir por ella o dejarla esperando.
Importa cómo hablamos
Importa porque las palabras abren o cierran puertas. Pueden reconocer o borrar. Pueden dignificar o disminuir. Pueden habilitar derechos o naturalizar abusos.
Envejecer es continuar viviendo con historia acumulada y una sociedad inteligente debería valorar esa acumulación como capital humano, cultural, afectivo y comunitario. El lenguaje edadista hace daño porque empieza reduciendo a las personas en las palabras y termina reduciéndolas en la vida real. Por eso urge corregirlo. No por moda. No por corrección política. No por delicadeza superficial. Sino porque nadie debería tener que defender su dignidad por haber cumplido años.
En tiempos de longevidad, hablar bien de la vejez es mucho más que elegir palabras amables. Es reconocer ciudadanía. Es reparar miradas. Es anticipar el país que seremos. Y es, también, una forma de justicia.
Una sociedad que se percibe moderna, inclusiva y respetuosa de los derechos humanos entra en contradicción cuando, al mismo tiempo, llama “viejitos”, “abuelitos” o “clase pasiva” a las personas mayores. Esa contradicción produce incomodidad. Pero en lugar de modificar la conducta, muchas veces se modifica la percepción: se justifica la frase diciendo “lo digo con cariño”, “es una forma de hablar”, “no es para tanto” o “siempre se dijo así”.
La sociedad reduce la disonancia no cambiando el prejuicio, sino maquillándolo de ternura, acomodando la percepción. No cambia necesariamente el trato hacia las personas mayores; cambia la explicación que da sobre ese trato. Lo que es infantilización pasa a llamarse ternura. Lo que es exclusión pasa a llamarse cuidado. Lo que es desvalorización pasa a presentarse como sentido común.
Por eso el lenguaje edadista es tan dañino. No solo nombra mal: enseña a mirar mal. La palabra repetida organiza la percepción. Si una persona mayor es nombrada una y otra vez como “pasiva”, “pobrecita”, “dependiente” o “fuera de época”, la sociedad empieza a verla desde ese molde. Y, con el tiempo, la propia persona puede interiorizar esa mirada y limitarse a sí misma.
(*) Directora de Masa Madre Consultora.
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.


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