
"Elegir" es un acto revolucionario (y es mucho más que una palabra)
Por: Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Cada tanto me pongo a pensar qué valor tienen las palabras. O mejor dicho, qué valor les damos. Hay una, que desde hace un tiempo, me viene dando vueltas a la cabeza y hoy la traigo conmigo porque se ve que la vengo cargando hace mucho: y todo lo que pesa, en algún momento se cae.
"Elegir". Una palabra que etimológicamente proviene del latín y que entre sus orígenes lleva significados tales como "recoger", "cosechar" o "seleccionar". Tomamos algo, pero resignamos un poco de ese todo. Optamos subjetiva e implícitamente por una parte de algo que existe y le terminamos otorgando un significado. Pero para elegir, hay que tomar postura, posicionarse, estar de un bando o del otro: simplemente resignar todo eso que no.
Elegimos, incluso, aunque no seamos conscientes: elegir no es solo adoptar una forma de pensar y no otra; de sentir, de saber, de movernos, de parar, de vestirnos, de decir, de callar o de vincularnos. Es también dar por sentado que lo que también nos define es aquello a lo que le decimos que no. Somos lo que elegimos y lo que resignamos, lo que "seleccionamos" entre todo lo que hay. Y vaya si no estamos tomando postura.
Entre lo que decimos, lo que pensamos y lo que callamos, no hay un abismo. Cuando le decimos que sí a algo, a alguien o a nada, también le estamos diciendo que no a la otra parte de ese todo.
Elegir es decidir -de forma consciente o inconsciente- desde qué lugar nos queremos parar o mirar la vida, sabiendo qué o a quién queremos tener en frente.
Elijo qué soy, qué quiero ser, qué evito y qué no permito. Elijo mis sí y mis no. Selecciono un tiempo y un lugar, y resigno todos los demás. ¿Puedo equivocarme? Por supuesto, pero con la certeza de que entre lo que había, fui prefiriendo un camino y no el otro, una manera de transitar la vida y no todas las demás maneras.
En tiempos de bots, likes, IA y seres "inhumanos" que están ahí supuestamente para alivianarnos la vida, elegir es un acto revolucionario: no quedarnos con los que la mayoría piensa y, simplemente, ponernos a pensar.
Somos lo que elegimos pero también lo que no. Somos lo que decimos y a la vez, lo que preferimos no decir.
Somos el espejo y el reflejo de nuestras palabras, porque ahí también hay significado. Optar por una palabra y resignificar a todas las otras, es una forma de posicionarnos frente a cualquier decisión: amorosa, política, familiar, económica, vincular, conductual, laboral o filosóficamente hablando.
Hace tiempo que le vengo dando vueltas en mi cabeza a un concepto al que le adjudicamos un enorme significado: elegir es ponernos ahí, al lado de lo que nos emociona y de lo que nos conmueve. Codearnos con la maravilla de lo decidido y hecho carne.
Elegir también es mirar de lejos -o de frente- a todo aquello con lo que no comulgamos y cuya omisión es trascendental: somos lo que sí y lo que no, algo así como el yin y el yang.


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