
“Amor propio”: ¡Cómo nos cuesta amarnos en tiempos en donde casi todo es “para el afuera”!
Por: Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Hace muchos años –muchos- alguien que yo sé que no me quería para nada me regaló un papel con algo escrito que recuerdo haber leído pero -en ese momento, a mis 23- yo no tenía ni la menor idea de lo que significaba.
Hoy, casi 13 años después, y con la certeza de que si lo vuelvo a leer, voy a comprender de qué se trata, eso mismo hice: lo busqué, lo releí, y se los comparto. El poema le pertenece a la escritora norteamericana Kim MicKillen, es uno de los poemas atribuidos a Charles Chaplin, y dice así:
"Cuando me amé de verdad comprendí que en cualquier circunstancia,
yo estaba en el lugar correcto,
en la hora correcta,
y en el momento exacto,
y entonces, pude relajarme.
Hoy sé que eso tiene un nombre… Autoestima.
Cuando me amé de verdad,
pude percibir que mi angustia,
y mi sufrimiento emocional, no es sino una señal
de que voy contra mis propias verdades.
Hoy sé que eso es… Autenticidad.
Cuando me amé de verdad,
dejé de desear que mi vida fuera diferente,
y comencé a aceptar todo lo que acontece,
y que contribuye a mi crecimiento.
Hoy eso se llama… Madurez.
Cuando me amé de verdad,
comencé a percibir que es ofensivo tratar de forzar alguna situación,
o persona,
sólo para realizar aquello que deseo,
aún sabiendo que no es el momento,
o la persona no está preparada,
inclusive yo mismo.
Hoy sé que el nombre de eso es… Respeto.
Cuando me amé de verdad,
comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas, situaciones y cualquier cosa que me empujara hacia abajo.
De inicio mi razón llamó a esa actitud egoísmo.
Hoy se llama… Amor Propio.
Cuando me amé de verdad,
dejé de temer al tiempo libre
y desistí de hacer grandes planes,
abandoné los mega-proyectos de futuro.
Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta,
cuando quiero, y a mi propio ritmo.
Hoy sé que eso es… Simplicidad y Sencillez.
Cuando me amé de verdad,
desistí de querer tener siempre la razón,
y así erré menos veces.
Hoy descubrí que eso es… Humildad.
Cuando me amé de verdad,
desistí de quedarme reviviendo el pasado,
y preocupándome por el futuro.
Ahora, me mantengo en el presente,
que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez.
Y eso se llama…Plenitud.
Cuando me amé de verdad,
percibí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme.
Pero cuando la coloco al servicio de mi corazón,
ella tiene una gran y valioso aliado.
Todo eso es… Saber Vivir.
No debemos tener miedo de cuestionarnos,
de hecho hasta los planetas chocan,
y del caos suelen nacer la mayoría de las estrellas".
Para agregar tengo mucho, pero creo que está casi todo dicho. El amor propio, ese al que tanto cuestionan, no es egoísmo, es reconocer que de nuestra manera de cuidarnos a nosotros mismos nacerá la forma en la que podremos cuidar a los demás.
Una comida sana, una caricia sana, una canción… y eso a lo que a veces llamamos “darnos un gusto” no es más –ni menos- que la excusa perfecta para darnos el amor que casi siempre intentamos darle primero a los demás.
Hay una frase que se conoce de la mitología griega y se le atribuye a Platón: “Conócete a ti mismo”. Y que incluso es uno de los pilares de la filosofía sino también de la psicología. Yo, que hago terapia desde hace 14 años, sé más que nunca que la única manera de aprender a cuidarnos es empezar por conocernos, por saber qué nos gusta y qué no; por entender dónde duele nos duele para acariciarnos más ahí; para poner los límites que hagan falta, a los otros o simplemente a nosotros mismos.
El amor propio es indispensable para andar circulando por la vida... Porque desafíos hay muchos, tentaciones también y desvíos, ni les cuento. Amarse a uno mismo debe ser el acto de valentía más grande que existe porque implica –y necesita- que aprendamos a saber cuándo decir que sí y cuando tener que decir que no: aunque al otro le moleste, le duela, le incomode.
Vivimos en una era en la que pareciera que vivimos detrás de una ventana, intentando gustar a esos que no están adentro nuestro, y que complacer el deseo ajeno es la única forma de ser aceptados. Pero, ¿cuánta verdad hay detrás de eso? Si lo único que nos hace feliz es lo que nos llena el alma, lo que nos hace sentir mariposas en la panza y lo que nos hace temblar la voz cuando sobran las palabras. Esta era digital, que nos exige casi a diario tener que mostrarnos “bien”, productivos, felices y contentos, no hace más que dañar la esencia de lo que llevamos dentro: la sabiduría y la coherencia entre lo que amamos y lo que hacemos; entre lo que nos gusta y lo que nos duele: a lo que tenemos que decirle que no.
Hace poco una persona a la que admiro me abrió los Registros Akáshicos –ya elegiré este tema para otra de mis columnas de los lunes en Capital 24- y ¿sabén qué aprendí?... Que “una comida sana, una caricia, una canción”. Vayan por ahí. Cuando no sepan cómo empezar a amarse, consiéntanse así: es un camino de ida.


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