
Adultos mayores y adicciones

Lic. Sandra Campos (*)
La nueva longevidad nos obliga a mirar temas que antes se ocultaban. Vivir más años no alcanza si esos años se viven en soledad, sedación, dependencia o vergüenza porque detrás de cada consumo problemático hay una historia: dolor, duelo, miedo, silencio. Prevenir, detectar o acompañar es decirle a esa persona: tu vida sigue importando. No estás fuera de tiempo. Todavía hay cuidado posible. Todavía hay futuro posible.
Los consumos problemáticos en personas mayores no siempre aparecen como una escena escandalosa. A veces están en esa copa diaria que dejó de ser placer para volverse necesidad, en una pastilla para dormir que se fue aumentando sin control, en el ansiolítico “prestado” por una vecina, en el cigarrillo que acompaña la soledad o en el juego que empezó como entretenimiento y terminó en deudas.
Hablar de adultos mayores y adicciones exige una mirada delicada y no se trata de juzgar sino de reconocer que la vejez no inmuniza frente al sufrimiento, la dependencia o la búsqueda desesperada de alivio. La jubilación, la viudez, las enfermedades crónicas, el dolor físico, la pérdida de vínculos, la reducción de ingresos, el reloj que se percibe en cuenta regresiva, el aislamiento, la sensación de ya no ser necesario, entre otras, pueden crear un terreno fértil para adicciones que al principio parecen refugios y luego se convierten en jaulas.
No todo consumo es una adicción. La alarma aparece cuando ese consumo deja de ser libre, ocupa un lugar central, provoca daño físico, emocional, económico o vincular, y aun así la persona no puede detenerlo. En los mayores, muchas veces, esa alarma se confunde con “cosas de la edad”: caídas, olvidos, irritabilidad, somnolencia, depresión, descuido personal o pérdida de interés.
Señales
Las señales que deberían mirar las familias, los médicos, los clubes, los centros de jubilados y los propios pares son: cambios bruscos de ánimo. aislamiento repentino, sueño excesivo o insomnio persistente, confusión o pérdidas de memoria junto con alcohol o medicación, caídas frecuentes, mal manejo del dinero, botellas escondidas, pastilleros desordenados, recetas duplicadas, compra compulsiva de medicamentos, abandono de controles médicos, negación irritada cuando alguien pregunta, frases como “es lo único que me calma”, “sin esto no duermo” o “a mi edad ya qué importa”.
Causas
Las causas son múltiples, nombraré algunas.
Hay causas biológicas: con los años cambia la forma en que el cuerpo procesa el alcohol y los medicamentos, lo que antes “no hacía nada”, después de los 60, 70 u 80 puede generar más sueño, mareos, confusión, interacciones peligrosas y caídas.
Hay causas médicas: dolor crónico, insomnio, ansiedad, depresión o enfermedades que limitan la vida cotidiana.
Hay causas sociales: soledad, empobrecimiento, pérdida de roles, duelos no elaborados, falta de red, abandono familiar o institucional.
Y hay causas culturales: la vergüenza de pedir ayuda, el mandato de “aguantar”, la automedicación aceptada y la idea cruel de que después de cierta edad ya no vale la pena invertir en tratamientos.
El problema se agrava porque muchos adultos mayores toman varios medicamentos al mismo tiempo. La combinación de alcohol con ansiolíticos, analgésicos, antidepresivos, medicamentos para dormir, antihipertensivos u otros tratamientos puede ser riesgosa. También ocurre que una medicación indicada correctamente para un momento puntual se vuelve una muleta permanente. Allí puede haber falta de seguimiento, automedicación o un sistema de salud que responde rápido con recetas pero no siempre con escucha ¿te suena?
Consecuencias
Las consecuencias pueden ser severas.
A nivel físico: aumentan los riesgos de caídas, fracturas, accidentes domésticos, desnutrición, alteraciones hepáticas, problemas cardiovasculares y empeoramiento de enfermedades previas.
A nivel cognitivo: mayor confusión, olvidos y cuadros que se parecen a una demencia pero tienen otra causa o se agravan por la adicción.
A nivel emocional:la adicción profundiza la depresión, la ansiedad, la culpa y la vergüenza.
A nivel familiar: genera conflictos, ocultamientos, sobrecarga del cuidador, discusiones por dinero y un círculo de reproches que empeora el aislamiento.
También hay consecuencias sociales: dejar de participar en el club, en la parroquia, en el centro de jubilados, en la mesa familiar o en las actividades barriales. Se va corriendo del mundo, y cuando una persona mayor se corre del mundo el mundo también pierde memoria, experiencia, talento, afecto, historia viva.
Prevención
La prevención empieza mucho antes del tratamiento. Empieza con preguntas simples en la consulta médica: “¿Toma alcohol?”, “¿cuántas veces por semana?”, “¿qué medicamentos usa?”, “¿quién controla las dosis?”, “¿está durmiendo bien?”, “¿se siente solo?”; empieza en la farmacia cuando alguien compra reiteradamente productos para dormir; en los clubes cuando una persona deja de asistir; en la familia cuando se reemplaza el reto por una conversación; en los medios cuando dejamos de hablar de adicciones como policiales y empezamos a hablarlas como salud, cuidado y comunidad.
Prevenir también implica construir rutina y sentido. Muchas personas mayores necesitan sentirse parte, útiles, miradas, convocadas. Talleres, mentorías, voluntariados, actividad física adaptada, espacios intergeneracionales, controles de salud mental, grupos de duelo, alfabetización digital, actividades culturales y redes barriales pueden ser tan preventivos o más que una campaña. La pertenencia protege. La conversación protege. Tener a alguien que pregunte “¿cómo estás de verdad?” protege.
Frente a una sospecha, la recomendación no es acusar. Es acercarse. No decir “sos un adicto”, sino “me preocupa verte así”. No ridiculizar ni exponer, no amenazar con internaciones sino ofrecer acompañamiento profesional. La vergüenza es uno de los muros más grandes para pedir ayuda y en las personas mayores ese muro suele ser más alto porque pesa la historia, el orgullo, el mandato de no molestar y el miedo a perder independencia.
Hay adultos mayores que pueden y deben recibir tratamiento. Hay recuperación posible. Hay reducción de daños posible. Hay mejoras posibles aunque el proceso sea lento. Ninguna persona es “demasiado vieja” para dejar de ser cuidada. La edad no cancela el derecho a la salud, a la escucha ni a una segunda oportunidad.
Argentina cuenta con dispositivos públicos de orientación pero además de los teléfonos, necesitamos una red cercana: médicos de cabecera atentos, farmacias responsables, familias informadas, clubes capacitados, centros de jubilados activos, municipios presentes y medios comprometidos como este. La detección no puede depender solamente de una crisis, hay que llegar antes de la caída, antes de la fractura, antes del endeudamiento, antes del aislamiento extremo, antes de que la frase “dejalo, ya está grande” se convierta en abandono, hay que comprometerse en la PREVENCIÓN, LA DETECCIÓN Y LA ASISTENCIA.
Desde la Federación de Instituciones Culturales y Deportivas de la Plata, se está trabajando en la conformación de una red de instituciones, clubes, centros y espacios diversos porque la prevención no es sólo tarea de especialistas, es una responsabilidad compartida. La prevención se construye entre todos y todos los días. ¡Sumate!
Dónde pedir ayuda en La Plata
AGENCIA MUNICIPAL DE PREVENCIÓN Y ASISTENCIA DE LAS ADICCIONES 0800-666-0101, las 24 hs. 365 días al año.
(*) Directora de Masa Madre Consultora.
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.


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