
Ni una menos: ¿Pero cuántas más?
Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Hoy, 3 de junio, este día, esta fecha, no me es indiferente. Se cumplen 11 años del primer Ni una menos y 4 años desde que denuncié violencia de género. Hay una batalla intransferible que nace después de hacer una denuncia y que solo las que lo atravesamos y nos animamos a cruzar la línea entre lo que se espera de nosotras y lo que -gracias a la terapia y a los profesionales de la salud mental- somos capaces de hacer, incluso en modo supervivencia para poder salir adelante. No digo “ir hacia atrás” porque una vez que la violencia de género nos atraviesa no volvemos a ser las mismas: hay un camino que ya venimos trayendo a cuestas (que solo las que lo transitamos sabemos cuánto duele) y hay otros caminos más que aunque no estemos listas para atravesarlos, son parte de este maldito proceso.
Lo que ya atravesamos no quedó atrás. Después de animarnos a denunciar –en mi caso, después de 9 años de terapia psicológica y 3 de terapia psiquiátrica encima- la vida ya deja de ser vida para transformarse en un vaivén de obstáculos que sí o sí hay que aprender a sortear: ver a un abogado por primera vez, sentir que ponés tu vida y la de tus hijos en sus manos y encima, esperar que la Justicia te crea (y después vienen a hablar de las “denuncias falsas”). Si supieran la valentía que necesitamos las mujeres en nuestro estado más vulnerable para animarnos a cruzar la puerta de una Comisaría sin saber absolutamente nada de lo que se va a venir después. No es un trámite, no es una “firmita” y listo, cosa resuelta. Es abrir las heridas frente a desconocidos y ante un sistema que no siempre está preparado: que colapsa, que rebalsa de dolores imposibles de sostener judicial y estatalmente. Porque somos muchas y parece que la cosa no alcanza.
La primera vez que tuve el coraje de contactar una abogada, allá por 2018, me vio en un estado absolutamente frágil, inmanejable, sosteniendo a mi beba en brazos y esperando que lo que yo creía que se llamaba Justicia me diera por primera vez la mano. Mi vulnerabilidad era tal, mi fragilidad era tan corrompible que la primera letrada que tuve me aconsejó pedir, primero, un turno con una psiquiatra. Fuimos a la Comisaría pero nos tenían 6 horas de espera: imposible, con una beba en brazos, sumergirme en ese infierno. Y con la terapia psiquiátrica se sigue: hay un cóctel de medicación al que todavía no le pude cerrar la puerta en la cara porque lo necesito para seguir viviendo. No se trata de un antibiótico que cumple un lapso y ya cura el virus: es mucho más que eso. La salud mental nos queda absolutamente dañada por la violencia de género y me atrevería a decir que no sé si tiene cura.
Hace poco más de un mes retomé terapia. Por esas cosas de la vida, como por lo difícil que es acceder en estos tiempos de forma particular a un profesional con quien uno pueda sostener económicamente el proceso terapéutico, que además de costoso es dolorosísimo; o por la violencia económica que los agresores siguen ejerciendo hacia las mujeres a través de los hijos en común (lo que se conoce como “violencia vicaria”); por la dificultad que atravesamos cuando nuestra psiquis ya está dañada. Cada tanto veo por ahí, en redes, la imagen de un cerebro “sano” y de otro, pero atravesado por este flagelo. Y me pregunto cómo estará el mío, mi cabeza, la que controla absolutamente al resto del cuerpo.
Si nos ponemos a investigar, existen numerosos estudios con técnicas de neuroimagen que han logrado demostrar que la violencia daña una de las estructuras más relevantes en la conectividad cerebral: la materia blanca, que es ni más ni menos la que contiene los axones o fibras nerviosas responsables de la transmisión de información entre neuronas. Menos neuronas: eso nos provoca el daño causado por la violencia de género. Imagínense esto sumado y multiplicado en el tiempo.
Y esto que cuento, hace dos o tres meses no lo sabía: en las mujeres que sufren violencia de género también se producen daños cerebrales relacionados con el “cerebro social”: se ven afectadas las regiones que nos permiten manejar las interpretaciones que hacemos sobre las conductas e intenciones propias o ajenas. Como si eso fuera poco, las víctimas de violencia sufren lesiones que afectan al comportamiento y la toma de decisiones como la amígdala, la corteza prefrontal, el hipotálamo y el hipocampo. Y eso puede mermar su capacidad de planificar, organizar, resolver problemas, tomar decisiones, mantener la atención y adaptarse al entorno. Esto lo aprendí en terapia, este año, y ahora comprendo por qué yo, que era tan organizada y responsable, hace un tiempo tiré la toalla: no era falta de voluntad; era un daño que ya está hecho, que ya está causado y que habrá que ver si tiene cura. Ni hablemos del estrés que genera sufrir violencia de forma sistemática, crónica, sostenida en el tiempo: todo eso afecta a los niveles de sustancias claves para la regulación del estado de ánimo y las emociones como la serotonina, el cortisol o la dopamina: y de ahí, sin escalas a los trastornos depresivos, de ansiedad y otros problemas emocionales.
Que me vengan a decir que hay un “alto” porcentaje de denuncias falsas. Si tuvieran la lucidez para comprender que el trasfondo en el que se sumerge una mujer que decide –porque la mayoría no llega viva a ese proceso- salir a pedir ayuda. Si tuvieran la capacidad de darse cuenta de lo que nos provoca tener que entrar una y mil veces a una comisaría en la que el ambiente no es el mismo que el de una oficina: en el que te preguntan más de una vez lo que ya no tenés más ganas de contar. Y después, los juzgados, las fiscalías, todos esos funcionarios a un sistema que literalmente nos trata como el número de un expediente –si es que no tienen el tupé de cajonearlo porque es más fácil eso que ponerse a investigar -. ¿Y detrás de eso qué? Una mujer que camina rota: y lo digo con conocimiento de causa. Pero rota aunque pasen los años. En mi caso, 4 desde que hice la denuncia y ahora, recién ahora, parece que están empezando a hacer las cosas bien: porque… pareciera que no funcionan ni las perimetrales, ni los botones antipánico, ni los rondines policiales, ni las pericias, ni la custodia, ni las tan temidas “desobedencias”. Les importa un carajo. Al tipo violento le importa un carajo. Lo que sea que se haya propuesto, lo va a conseguir. Porque hay todo un sistema detrás suyo que se lo permite. ¡Si ahora la mirada está puesta en nosotras y no en los agresores! ¡Si ahora los proyectos legislativos parecen querer callarnos más de lo que teníamos que estar porque la realidad les incomoda! Pero –y acá no sé qué palabra usar- injustamente los hechos hablan por sí solos. Desde Pablo Lautra hasta acá vienen sucediendo hechos con puntos en común; el asesino de Agostina había estado detenido por violencia en 2025, fue liberado y ahora cometió el acto más cruel: un femicidio. Y me refiero a esa complicidad impoluta entre un sistema político que calla, que tapa, que hace que protege, pero que quienes atravesamos los pasillos fríos, hostiles y dolorosos de los juzgados y las fiscalías, sabemos que muchas veces pesa más un apellido que un número de expediente. Y así sucede lo que sucede: hoy Argentina tiene desde junio del año pasado hasta hoy, más de 3.200 de mujeres muertas a manos de los violentos.
¿Y piensan quedarse de brazos cruzados? Lo que está fallando acá es el sistema, el protocolo. Y la RAE establece que un protocolo es una “secuencia detallada de un proceso de actuación científica, técnica, médica, etcétera”.
¿Me explican? ¿Alguien puede explicar cuáles serían los pasos, entonces, que las mujeres violentadas deberíamos seguir para salir vivas de todo esto? Porque intentar separarnos no alcanza. Hacerlo, tampoco, porque muchas veces, la violencia se pone peor. Denunciar no alcanza. Judicializar la vida, no alcanza. Pedir ayuda no alcanza. Confiar no alcanza. Y esperar tampoco. Porque los tiempos de la justicia son los únicos que pueden empezar a salvar a todas las que hoy están en peligro. Activen un protocolo más eficiente, más rápido, más urgente. Inviertan los recursos necesarios –humanos, económicos y hasta de salud mental- que se necesitan para atravesar estos infiernos.
Lo digo absolutamente todo con conocimiento de causa. Y escribo esto porque tuve varios abogados. Y hoy, quien me defiende a capa y espada, quien me acompaña desde el día uno y quien jamás dudó de mí, es quien me ayudó a salir viva de todo esto para que hoy, yo pueda estar acá escribiendo.
Activen, che. Apuren. Capaciten gente. Exploten las calles de policías para cuidar a las que están adentro de sus casas y tienen el valor de llamar por teléfono para pedir ayuda y aún así, a las dos horas aparecen asesinadas. Hagan un registro de antecedentes de los violentos y condicionenles la vida, ¿no se dan cuenta que, al igual que los violadores, también reinciden? Los derechos de esos hombres terminan cuando empiezan los nuestros, los de las mujeres. Y no nos enfrento de bando, al contrario: a vos, que tenés un amigo que sabés que maltrata a su mujer; a vos, que conocés a un compañero de trabajo que acosa a una menor de edad; a vos que sos madre de un tipo que sabés que no está haciendo las cosas bien… involúcrense, métanse bien adentro, de forma anónima o dando la cara. Yo sé que esa no es la solución pero mientras más tardan los de arriba, nos están matando más mujeres. Y de todo se sale, de todo se vuelve, menos del eslabón más alto de la violencia de género; de esa palabra que todos conocemos y que nos duele tanto: el femicidio.


Tragedia en Ruta 2: murió una nena de 10 años tras un violento choque en El Peligro
Región17 de julio de 2026
Se cumple un año del incendio del depósito de Aloise: la causa ya fue elevada a juicio
Región17 de julio de 2026
Mala praxis en La Plata: absolvieron al obstetra Fernando Daverio y condenaron a la partera
Región17 de julio de 2026
La Tercera [R]: una muestra que recorre diez años de memoria, vínculos y acción
Región17 de julio de 2026


Fin de semana: energía adecuada para procesar todo lo movilizado en estos días
Actualidad 17 de julio de 2026
Mala praxis en La Plata: absolvieron al obstetra Fernando Daverio y condenaron a la partera
Región17 de julio de 2026
Tragedia en Ruta 2: murió una nena de 10 años tras un violento choque en El Peligro
Región17 de julio de 2026



