El pasado nunca cambia… ¡Hasta que cambia!

En una sociedad que celebra la longevidad, cada vez más personas mayores siguen trabajando. Pero hay una pregunta ética urgente: ¿Lo hacen por deseo, por proyecto vital o porque el ingreso previsional no alcanza para vivir con dignidad?
 
Región30 de junio de 2026

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Por: Lic Sandra Campos (*)

 

La vejez trabajadora nos obliga a revisar una promesa social que creíamos estable.

Durante años nos contaron que la vida tenía un orden: estudiar, trabajar, jubilarse y descansar. Ese era el pacto, esa era la promesa. El pasado parecía fijo: quien había trabajado toda su vida llegaba a la vejez con derecho al descanso. Pero ese pasado empieza a cambiar cuando la jubilación ya no alcanza, cuando los mayores vuelven al mercado laboral por necesidad, cuando la experiencia deja de ser memoria y se transforma otra vez en herramienta de supervivencia.

Hoy, para muchos mayores, ese descanso se posterga o desaparece. Hay una imagen que se repite cada vez con más frecuencia en nuestras ciudades: personas mayores atendiendo pequeños comercios, cuidando niños, haciendo mandados para terceros, vendiendo productos, dando clases particulares, manejando autos, acompañando enfermos, trabajando algunas horas en instituciones, haciendo changas o sosteniendo emprendimientos mínimos para completar el mes.

Por mucho tiempo, esa imagen fue leída desde una mirada optimista: “Los mayores están activos”, “quieren seguir produciendo”, “tienen experiencia”, “no se resignan a quedarse quietos”. Y todo eso puede ser cierto. Pero hay una pregunta que como sociedad no podemos esquivar: ¿Siguen trabajando porque quieren o porque no pueden dejar de hacerlo?

La diferencia no es menor. Una cosa es elegir seguir vinculado al mundo del trabajo por deseo, vocación, propósito o pertenencia. Otra muy distinta es verse obligado a trabajar después de toda una vida de aportes porque la jubilación no alcanza para cubrir comida, medicamentos, servicios, alquiler, transporte, vestimenta, acompañamiento y cuidados.

 

¿Qué significa una “vejez trabajadora”?

 

Hablar de vejez trabajadora exige una enorme responsabilidad. No podemos romantizar la necesidad. No podemos llamar “emprendimiento senior” a lo que muchas veces es supervivencia. No podemos celebrar que una persona de 70 o 75 años siga trabajando sin preguntarnos en qué condiciones lo hace, cuánto cobra, si tiene protección, si descansa, si puede enfermarse, si trabaja por gusto o porque no tiene otra salida.

El trabajo en la vejez puede ser una herramienta maravillosa cuando nace de la libertad. Puede dar identidad, rutina, reconocimiento, autoestima y sentido. Muchas personas mayores no quieren retirarse del todo porque sienten que todavía tienen mucho para aportar. Y tienen razón ya que la experiencia acumulada es un capital social inmenso. Pero para que eso sea una oportunidad y no una condena, debe existir una condición previa: la libertad de elegir.

El punto es otro: ¿Estamos construyendo un modelo donde trabajar después de jubilarse sea una opción digna o estamos empujando a miles de personas mayores a seguir trabajando porque el sistema no les garantiza una vida suficiente?

 

Tensión de época

 

Por un lado, celebramos la longevidad. Decimos que vivimos más años, que la expectativa de vida crece, que las personas mayores son más activas, que tienen proyectos, deseos, saberes y capacidad de consumo. Hablamos de economía plateada, de nuevos mercados, de ciudades amigables, de envejecimiento saludable y de intergeneracionalidad pero, por otro lado, muchas personas mayores viven con ingresos que no les permiten decidir y sin decisión no hay libertad, hay obligación.

La vejez trabajadora también muestra desigualdades. No es lo mismo un profesional jubilado que sigue asesorando desde su casa que una mujer mayor que debe limpiar, cocinar o cuidar a otros para completar sus ingresos. No es lo mismo un comerciante que mantiene abierto su negocio por vocación que un jubilado que vende objetos usados para comprar medicamentos. No es lo mismo continuar trabajando con derechos que hacerlo en la informalidad, sin cobertura, sin descanso y sin posibilidad de reclamar.

 

¿Y las mujeres?

 

Como mujer que soy, permítame estimado lector, agregar algo que tiene que ver con el género, ya que  las mujeres mayores merecen una mención especial. Muchas llegan a la vejez con trayectorias laborales fragmentadas, años de trabajo doméstico no remunerado, tareas de cuidado invisibilizadas y menores ingresos previsionales. A menudo son ellas quienes siguen sosteniendo familias, cuidando nietos, acompañando enfermos y, además, generando algún ingreso complementario. La vejez femenina trabajadora carga con una doble injusticia: la económica y la histórica.

Frente a este escenario, las instituciones de la comunidad tienen un rol enorme. Los clubes, centros de jubilados, universidades, municipios, fundaciones, federaciones e iglesias pueden ayudar a transformar la vejez trabajadora en una experiencia de dignidad y no de abandono. ¿Cómo? Generando programas de mentoría senior, bancos de oficios, redes de cuidado, capacitación digital, espacios de empleo flexible, voluntariado intergeneracional, cooperativas de servicios, bolsas de trabajo protegidas y proyectos donde la experiencia mayor no sea usada como mano de obra barata, sino reconocida como capital humano.

 

¿Qué pasa con las empresas?

 

Las empresas deben mirar este fenómeno con mayor inteligencia. En un país que envejece, despreciar el talento senior es un error económico y cultural. Hay personas mayores que pueden capacitar equipos, ordenar procesos, acompañar clientes, formar vendedores, transmitir oficio, mejorar la atención y aportar criterio en momentos de crisis. La pregunta no es si los mayores “todavía sirven”, esa pregunta es profundamente edadista; la verdadera pregunta es qué tipo de organizaciones somos capaces de construir para integrar todas las edades.

La economía plateada no puede reducirse a vender productos para mayores. Debe ser también una nueva forma de organizar el trabajo, el consumo, el cuidado y la participación. Una sociedad longeva necesita repensar sus horarios, sus ritmos, sus oportunidades y sus instituciones.

 

¿Por dónde debe pasar el debate?

 

El debate no debería ser si las personas mayores deben o no trabajar. El debate verdadero es bajo qué condiciones, con qué derechos, con qué ingresos, con qué reconocimiento y desde qué libertad. Porque cuando una persona mayor trabaja por deseo, la comunidad se enriquece. Pero cuando trabaja por hambre, por miedo o por falta de alternativas, la comunidad fracasa.

Tal vez haya que animarse a decirlo con claridad: una vejez activa no puede ser el nombre elegante de una vejez empobrecida. La actividad debe ser posibilidad, no mandato. El trabajo debe ser elección, no castigo. La experiencia debe ser valorada, no explotada. Y la jubilación debe volver a significar algo más que un ingreso insuficiente: debe representar el derecho a descansar, decidir y vivir con dignidad.

La verdadera revolución de la longevidad no será solamente vivir más años. Será lograr que esos años no estén marcados por la economía, la soledad o la obligación de seguir produciendo para sobrevivir. Será construir una sociedad donde una persona mayor pueda trabajar si quiere, emprender si lo desea, enseñar si le nace, descansar si lo necesita y participar siempre.

Porque el problema no es que los mayores trabajen, el problema es que muchos ya no pueden elegir no hacerlo, y cuando una sociedad le quita a sus mayores la posibilidad de elegir, no sólo empobrece su vejez: también empobrece su propia humanidad.

 

(*) Directora de  Masa Madre Consultora.

Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.

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