¡Feliz día locutores y locutoras! Que lo humano no pase de moda…

En esta era en la que abunda –y aturde- la inteligencia artificial, hay algo que no puede ni podrá ser nunca reemplazado: eso que nos define, nos caracteriza, nos identifica y nos distingue. Algo que sale del alma y que si lo usamos con responsabilidad y ética, con vocación y respeto, es capaz de cambiar vidas. 
Región03 de julio de 2026

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Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24

 

Me recibí de Locutora Nacional en el 2016, hace diez años atrás, y me acuerdo la matrícula de mi carnet de memoria. Pero sé que hay voces que no necesitan de un número para poder ponerle piel a las palabras, y todos ellos también merecen celebrar hoy.

Esta fecha se eligió allá por 1943, un 3 de julio, para conmemorar la fundación de la Sociedad Argentina de Locutores (SAL) por un grupo de 21 pioneros radiales.

El oficio de un locutor es algo más que un trabajo diario: no alcanza con ponerle nombre a una profesión que se siente bien adentro, que representa lo que llevamos en el alma, en la mente y en el corazón. Y hoy se celebra este día tan especial para los que ejercemos este arte, como muchos suelen llamar hoy, de ponerle voz a las cosas, a las situaciones, a las personas, a los hechos, a las marcas, a las campañas, a las sensaciones, a las emociones y a todo eso que nos hace humanos.

En tiempos donde la IA parece estar inundándolo todo, me pregunto si –aunque sé que puede crear voces de forma artificial, por supuesto- será capaz de reemplazar el rol que ocupamos los locutores en la vida de las personas. Y ya tengo la respuesta: un rotundo no. Porque se puede reemplazar todo: una canción, un sonido, una voz, un espacio, un diseño… pero hay algo que llevamos bien adentro y que nos hace humanos, únicos e irrepetibles: la voz, ese sonido del alma, eso que nuestro cuerpo nos permite sacar hacia afuera pero que forma parte de lo más interno de nosotros.

Si me pongo a pensar como profesora de oratoria, podría decir que la voz tiene cualidades que la hacen diferenciarse de otras voces: el timbre, la altura, lo grave o agudo de nuestro tono, incluso la fuerza con la que decimos cada palabra. Podría decir también que cuando usamos la voz, también es necesario que existan pausas, silencios, ratitos donde podamos dejar al otro con ganas de más, incluso cuando no sepa ni qué es lo que va a escuchar.

Pero si me posiciono en esta nota como locutora, me atrevería a decir que somos más que una característica humana. Somos un puente entre los que nos escuchan y lo que tenemos para decir; entre lo que decimos y lo que otros necesitan escuchar; entre sus necesidades y nuestras posibilidades.

Recuerdo como si fuera hoy, allá por 2012, cuando arranqué haciendo radio en La Plata y cuando todavía funcionaban los teléfonos fijos, a una oyente que me llamaba casi todos los días para participar de un sorteo que yo hacía al aire en mi programa y me contaba de su vida, de lo que estaba haciendo y que me estaba escuchando a mí. Y quizá no fui tan consciente de lo que implica encontrar a alguien que esté del otro lado, acompañando, estando presente, a través de una frase, de una canción, de una risa o de un saludo.

Me acuerdo también de un gran oyente, Carlos, de Berisso, que durante años me acompañó mientras estuve al aire en una radio de La Plata y cuando me recibí de Licenciada en Comunicación Social me llevó de regalo un libro que aún conservo: “Te felicito, lo lograste”, se llama: pienso en eso y se me eriza la piel.

No somos solamente profesionales autorizados a estar detrás de un micrófono. Los locutores somos puentes entre la soledad y la compañía, entre la vida diaria y su ritmo, entre la necesidad de saber que alguien estará ahí, del otro lado, para escucharnos si necesitamos hablar. Los locutores tenemos una hermosa responsabilidad en nuestras manos que es transmitir la palabra con respeto, con orgullo, con consciencia y sensibilidad, sabiendo que del otro lado hay personas, hay familias, hay hogares, hay problemas, hay dolores, hay alegrías y quién sabe qué otra cosa más.

Estar al frente de un micrófono o de una cámara en tiempos como estos, donde todo parece querer estar más robotizado, automatizado o deshumanizado, es un enorme y hermoso desafío: que lo humano no pase de moda. Que una voz artificial no quiera ni pueda reemplazar el alma que transmite nuestro nombre, porque quizás sin conocernos la cara, hay muchas otras almas que nos necesitan para su día a día, y el peso que tiene nuestra voz, nuestra palabra, nuestra sonrisa y nuestra compañía, no es solamente determinante: es simplemente necesario comprender que acompañamos a otras personas; que detrás de ese micrófono o esa pantalla hay dolores que no se explican, hay ausencias que se sienten, hay realidades que a veces pesan. Y lo que digamos o lo que callemos, lo que expresemos o lo que no, puede transformar realidades sin siquiera tener que decir nada.

Usemos la voz como ese puente entre los unos y los otros, entre lo que pareciera querer quedar obsoleto y lo que resurge, entre las viejas y las nuevas generaciones, entre la música y los artistas que ya no están y los que emergen, entre la compañía durante el día en el trajín de la vida diaria y la soledad de las noches en las que somos los aliados de los que trasnochan o a los que les toca trasnochar. Porque si a la voz le ponemos el alma, estoy absolutamente segura de que podemos acompañar procesos, tiempos, duelos y todo eso que quizás, ni sepamos que existe. ¡Qué maravilloso desafío!

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