La guerra en Medio Oriente amenaza con reavivar la inflación en Argentina

La CEPAL advirtió que la suba internacional del petróleo podría sumar hasta 2,5 puntos porcentuales a la inflación argentina durante 2026. El impacto dependerá del traslado a los combustibles, los costos logísticos y la estrategia económica del Gobierno para contener un shock externo que pone a prueba la desinflación.
Actualidad 13 de julio de 2026

NOTA SURTIDOR

La batalla contra la inflación que Javier Milei convirtió en la principal bandera de su gobierno enfrenta un enemigo que no depende ni del Banco Central ni del Ministerio de Economía. Esta vez, la amenaza llega desde miles de kilómetros de distancia. La escalada del conflicto en Medio Oriente volvió a tensionar los mercados energéticos internacionales y organismos especializados ya comenzaron a medir cuánto podría costarle ese sacudón a la economía argentina.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) elaboró un escenario que pone números a ese riesgo. Si el petróleo continúa encareciéndose como consecuencia de la inestabilidad geopolítica, la inflación argentina podría incorporar entre 0,9 y 2,5 puntos porcentuales adicionales durante este año, dependiendo de la magnitud que alcance el aumento internacional del crudo.

El dato merece atención porque llega en un momento particularmente sensible para la administración libertaria. El Gobierno logró desacelerar el ritmo inflacionario apoyándose en un fuerte ajuste fiscal, disciplina monetaria y una política cambiaria cuidadosamente administrada. Sin embargo, los precios internacionales de la energía representan uno de los pocos factores que escapan completamente al control de la Casa Rosada.

 

Un shock externo que pone a prueba el plan económico

La CEPAL trabajó sobre tres escenarios posibles utilizando una metodología desarrollada por Goldman Sachs. El primero supone un incremento interanual del 25% en los precios internacionales de la energía. Bajo esa hipótesis, la inflación argentina sumaría aproximadamente 0,9 puntos porcentuales.

Si el petróleo avanzara un 38%, el impacto ascendería a 1,4 puntos. En cambio, un escenario más extremo, con una escalada cercana al 67% en el valor del barril, elevaría la presión inflacionaria hasta 2,5 puntos porcentuales.

La estimación parte de un supuesto relevante: que alrededor del 60% del aumento internacional termina trasladándose al consumidor local mediante combustibles, transporte y otros costos asociados. Pero el verdadero problema no termina en la estación de servicio.

La energía funciona como un insumo transversal de toda la economía. Si aumentan el gasoil y las naftas, también se encarecen el transporte de mercaderías, la logística, la producción industrial y los alimentos que recorren cientos de kilómetros antes de llegar a las góndolas. Es el clásico efecto de segunda ronda que suele multiplicar el impacto inicial de un shock petrolero.

A eso se suma otro componente menos visible pero igualmente importante: el comercio exterior. Un petróleo más caro incrementa los costos de los fletes marítimos y terrestres, encarece insumos importados y termina trasladando presión sobre numerosos bienes que forman parte de la estructura productiva argentina.

El organismo internacional aclara que el resultado final dependerá de varios factores. Entre ellos, la evolución efectiva del conflicto, el comportamiento del mercado energético mundial y, sobre todo, la decisión del Gobierno respecto del grado de traslado de esos aumentos a los precios internos. Países que opten por mecanismos fiscales de amortiguación podrían reducir parte del impacto, aunque eso supone resignar recursos públicos.

Ahí aparece uno de los principales dilemas de la administración Milei. Su programa económico se apoya precisamente en evitar subsidios generalizados y sostener el equilibrio fiscal como principal ancla de confianza. Absorber parte del aumento internacional implicaría tensionar esa estrategia. Trasladarlo plenamente a tarifas y combustibles podría acelerar nuevamente la inflación cuando el Gobierno intenta consolidar el proceso de desinflación.

La economía argentina ya demostró en numerosas ocasiones que no vive aislada del resto del mundo. Hoy el riesgo no proviene del déficit fiscal ni de la emisión monetaria, sino de un tablero geopolítico donde una guerra puede terminar modificando el precio del combustible que carga un transportista en Rosario o el costo del pan que compra una familia en el conurbano. Porque cuando el petróleo entra en escena, la inflación deja de hablar solamente español y empieza a expresarse también en el idioma de la geopolítica.

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