
La tecnología, ¿se adaptará a una sociedad que no entregará su libertad?
Por: Lic. Sandra Campos (*)
La Organización Mundial de la Salud advirtió que la IA aplicada a la salud puede mejorar el bienestar de las personas mayores, pero también introducir nuevas formas de edadismo si ellas no están representadas en los datos, las pruebas y el diseño. La discriminación tecnológica puede esconderse detrás de una recomendación automática o de una decisión que nadie sabe explicar.
Actualmente y en muchos casos, el vínculo entre envejecimiento y tecnología es narrado desde la carencia. Esa mirada persiste, pero envejece más rápido que sus protagonistas ya que la generación que hoy tiene entre 50 y 70 años trabajó con computadoras, incorporó el correo electrónico, compra por internet, usa redes sociales, opera con bancos y sostiene buena parte de sus vínculos mediante el teléfono.
Se abre una etapa distinta
La inteligencia artificial no es solamente otra aplicación. Es una capa invisible que recomienda contenidos, ordena búsquedas, responde consultas, traduce textos, redacta mensajes y administra recordatorios. Esta será la primera generación que no solo utilizará tecnología durante su vejez, sino que probablemente envejecerá en diálogo cotidiano con ella.
Una encuesta global difundida por EY.com en 2026, realizada a 2.515 personas de entre 60 y 85 años de 16 países, muestra una realidad más compleja que el estereotipo. Solo el 24% dijo sentirse bastante o muy familiarizado con la IA, pero apenas el 15% expresó no tener interés en seguir relacionándose con ella. Cerca del 60% manifestó una percepción positiva sobre su posible impacto. No hay rechazo masivo: hay curiosidad y una demanda de acompañamiento todavía insuficiente. El estudio también detectó una brecha de género: el 31% de las mujeres nunca había usado IA, frente al 20% de los varones.
La IA como herramienta de autonomía
Puede explicar cómo realizar un trámite, adaptar un texto, traducir una conversación, organizar gastos, recordar turnos o ayudar a redactar un reclamo. En salud, estas tecnologías ya se estudian para monitoreo, detección de caídas, adherencia a tratamientos y asistencia cognitiva. Su valor no reside en reemplazar médicos, cuidadores o familiares, sino en ampliar la capacidad de una persona para comprender y decidir sobre su propia vida.
Pero la promesa contiene riesgos. Una tecnología que recuerda la medicación también puede registrar hábitos íntimos. Un asistente financiero puede conocer ingresos, deudas y consumos. Un sistema que detecta movimientos inusuales puede proteger ante una caída, pero también transformar el cuidado en vigilancia. La pregunta ética no es solamente qué puede hacer la IA, sino quién controla los datos y quién conserva la última palabra.
También aparecen fraudes más sofisticados. La clonación de voces permite simular el llamado desesperado de un hijo o un nieto; las imágenes falsas pueden dar credibilidad a una emergencia inventada. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comercio informó que las pérdidas declaradas por fraudes alcanzaron alrededor de 16.000 millones de dólares durante 2025 y que 3.500 millones correspondieron a estafas de suplantación. La tecnología no creó la manipulación emocional, pero multiplicó su realismo y su escala.
La IA responde con seguridad
Existe, además, una cuestión menos visible: la delegación de criterio. Cuando una persona consulta, recuerda y decide todo mediante un asistente, puede ganar comodidad y perder entrenamiento para la duda. La IA responde con seguridad incluso cuando se equivoca.
En el estudio de EY.com, el 80% sabía que los contenidos generados no siempre habían sido verificados, pero solo el 28% reconocía que estos sistemas pueden inventar hechos y apenas el 41% identificaba que pueden reproducir sesgos sociales. La alfabetización del futuro deberá enseñar no solo a preguntar, sino también a contrastar, verificar y decidir cuándo no obedecer una respuesta automática.
La compañía artificial abre debate
Un asistente conversacional puede aliviar momentos de aislamiento, estimular recuerdos o facilitar una llamada con la familia. Puede preguntar cómo se siente una persona, proponerle un ejercicio, recordarle una actividad o mantener una conversación cuando no hay nadie más en la casa.
Sin embargo, una máquina disponible las veinticuatro horas no debe convertirse en la excusa para retirar presencia humana, servicios públicos o redes comunitarias. El problema de la soledad no se resuelve simulando afecto, sino fortaleciendo vínculos. La inteligencia artificial puede acompañar, pero no debe ser utilizada para abaratar el abandono.
También habrá que impedir que el argumento del cuidado justifique el control permanente. Instalar sensores, cámaras o dispositivos de seguimiento puede ser útil en determinadas circunstancias, pero cuidar a una persona no significa quitarle privacidad ni decidir por ella. La seguridad no puede convertirse en una autorización automática para vigilar cada movimiento, conversación o elección.
Soberanía tecnológica silver
No alcanza con enseñar dónde tocar la pantalla. Hay que enseñar qué datos se entregan, cómo verificar una respuesta, cómo reconocer una voz clonada, cómo proteger una contraseña, cómo exigir una alternativa presencial y cómo conservar el derecho a decir que no.
Soberanía tecnológica significa poder utilizar la inteligencia artificial sin quedar subordinado a ella. Significa comprender que sus respuestas son probabilísticas, que puede cometer errores, que no reemplaza una consulta profesional y que detrás de cada herramienta existen empresas, intereses económicos y sistemas de recolección de información.
Las personas mayores deben participar en el diseño, la evaluación y la regulación de las tecnologías destinadas a ellas. No como destinatarias pasivas, pacientes de prueba o consumidores cautivos, sino como ciudadanas con experiencia, criterio y derechos. Diseñar para los silver sin escuchar a los silver sería reproducir, mediante algoritmos, el mismo edadismo que se pretende superar.
Empresas, gobiernos, universidades y organizaciones de la sociedad civil tienen una responsabilidad decisiva. Deben crear formación práctica e intergeneracional, interfaces legibles, canales humanos de asistencia, protocolos contra fraudes y mecanismos para corregir decisiones algorítmicas. También deberán garantizar que ninguna persona pierda acceso a un banco, un servicio de salud, una prestación o un trámite público por no poder relacionarse con una máquina.
Conclusión
La innovación no puede medirse únicamente por la velocidad de una respuesta, la cantidad de datos procesados o el ahorro económico que genera. También debe medirse por la autonomía que conserva quien la recibe porque una tecnología verdaderamente innovadora no es aquella que hace todo por una persona, sino la que le permite hacer más por sí misma.
Durante años nos preguntamos si las personas mayores serían capaces de adaptarse a la tecnología, pero tal vez formulamos mal el problema. La pregunta contemporánea es “si la tecnología será capaz de adaptarse a una sociedad que vive más y no está dispuesta a entregar su libertad a cambio de comodidad”.
La primera generación que envejecerá con inteligencia artificial ya está entre nosotros. Necesita herramientas que amplíen su vida sin reducir su humanidad porque una IA puede recordar una fecha, detectar una caída o redactar una carta pero el sentido de esa fecha, el miedo de esa caída y la emoción de esa carta seguirán perteneciendo, irremplazablemente, a una persona.
(*) Directora de Masa Madre Consultora
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva


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