
Hoy es el Día del Amigo, eso que nos abraza el alma
Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Y como a mí me gusta saber (además del significado) de dónde provienen las palabras, qué orígenes tienen, que hay detrás de lo que ya conocemos, me puse a investigar un poco más: y lo que encontré fue y es maravilloso.
Para el diccionario de la RAE, la palabra “amigo” es un adjetivo y significa “que tiene relación de amistad”. Como sinónimos, cita a las palabras “compañero, camarada, colega, compinche, aliado, dúo”. Claro, ahí entiendo todo: es ese que está al lado, codo a codo, paso a paso, incluso en la distancia.
Ahora bien, si nos vamos para atrás en el tiempo, la palabra “amigo” proviene del latín “amicus” y del verbo “amare” (amar y amor), el que se vincula con una raíz indoeuropea “amma” (esa voz infantil para llamar a la madre) presente también en las palabras ama y amo. Y como si eso fuera poco, una etimología poética dice que viene del “animi” (alma) y “custos” (custodia), es decir, el “guarda-alma”. ¡Qué maravilloso!
Investigué un poco más y me encontré con que la palabra “amigo” proviene del griego “a” que significa “sin” (mi) y “ego” que significa “yo”. Es decir, podría entenderse que un amigo es el otro yo pero “sin mi yo” (sin mi ego). Yo lo llamaría… un alma gemela.
Pero… todos sabemos que no basta una sola palabra para definir el concepto de amigo, de la amistad, de esa relación indescriptible entre dos personas que se conocen, se eligen, se acompañan –aún en los desencuentros- y que forman parte de la vida, de la forma que sea. Etimológicamente es precioso comprender que un amigo es algo así como un “guarda-almas” y como otro “sin mi yo”, sin ese “ego” que muchas veces nos vuelve incomprensibles, pero que aún así, los amigos eligen seguir estando, bancando, acompañando, sosteniendo e incluso, ayudándonos a ser mejores personas.
Porque sin dudas, de eso se trata… de un vínculo al que a veces cuesta ponerle palabras o encontrarle explicación. Y si etimológicamente este concepto tiene relación con el amor y con el alma, estoy segura de que la amistad trasciende cualquier tipo de vínculo humano, que va más allá del espacio y del tiempo, que existe en este plano pero que seguramente tenga una continuidad en las vidas pasadas o en las reencarnaciones que vendrán. El amor y el alma, si forman parte de la explicación de un concepto, hacen que –sin dudas- elijamos como amigos a aquellos que vibren en nuestra misma sintonía, a aquellos con los que podamos compartir risas pero también silencios; celebraciones y además, duelos; charlas con mates y pausas de palabras que muchas veces no son necesarias: hay miradas que lo dicen todo.
Un amigo es ese confidente que sabemos que no nos va a fallar cuando más lo necesitamos y que sabe que nosotros tampoco. Un amigo es esa persona incondicional que nos banca en las buenas y en las malas, y también en las no tanto.
Los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano y eso no es solo una frase hecha. ¿Qué haríamos sin esos que siempre están, incluso cuando no se lo pidamos? ¿Qué haríamos sin esos que tienen la palabra justa –no siempre la que queremos escuchar- pero esa que, muchas veces, nos dará la fuerza para tomar la decisión que será mejor para nosotros? ¿Qué haríamos sin esos hermanos del alma con los que celebrar nuestros logros y asumir las derrotas de la vida, las victorias y los fracasos, los dolores y los amores, las pérdidas y los sueños cumplidos, pero de su mano?
Un amigo es esa persona que no lleva nuestra misma sangre pero que igual es parte de nuestra familia. Incondicional, compinche, compañero, consejero y todas esas cualidades que sabemos que tienen solo aquellos a los que podemos contar con los dedos de la mano: que celebran nuestros logros tal como abrazan nuestro dolor; que elige estar incluso en los malos momentos, porque en esos –en donde pocos permanecen- se conoce verdaderamente al alma.
Y vuelvo al principio de esta nota según su origen latín “amicus” proviene del verbo “amare” (amar y amor). Y una etimología poética asegura que proviene del “animi” (alma) y “custos” (custodia), es decir, el “guarda-alma”. Los amigos son eso: nuestros “guarda-almas”, esos que van a cuidarnos aunque cueste, que van a guiarnos aunque no esté marcado el destino, que van a acompañarnos sabiendo que el camino se hace al andar. Y esos que andan al lado nuestro, esos sí merecen nuestra verdadera amistad: la lealtad, la fidelidad y la incondicionalidad, son valores que tienen los que nos conocen muy bien el alma. Bendita paradoja: conocen, de nosotros, eso que no se ve, pero que sí se siente.



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