
La economía de vivir más: Cambridge y el futuro que ya llegó
Por: Lic. Sandra Campos (*)
Mientras el 11 de julio el mundo conmemoraba el “Día Mundial de la Población”, en la Universidad de Cambridge finalizaba una conferencia que colocó sobre la mesa una pregunta decisiva: ¿Qué sucede con la economía cuando las personas viven más, nacen menos niños y aumenta la proporción de población mayor?
“The Economics of Longevity and Ageing 2026”, organizada por el Centre for Economic Policy Research —CEPR—, reunió entre el 9 y el 11 de julio a especialistas internacionales. Según su programa oficial, el encuentro propuso estudiar cómo una vida más larga transforma las decisiones personales, el funcionamiento de las instituciones y la capacidad productiva de los países.
La diferencia no es menor ya que hablar únicamente de envejecimiento suele conducir a una narrativa de déficit: más gasto, más dependencia y menos trabajadores para sostener a quienes se retiran. Pero hablar de longevidad obliga, en cambio, a observar el tiempo adicional de vida como una conquista y también como un recurso.
La pregunta deja de ser solamente cuánto costará una población mayor y pasa a ser qué debemos cambiar para que esos años puedan vivirse con salud, autonomía, participación y capacidad de aportar.
La agenda de Cambridge
Definió cuatro grandes áreas: la relación entre la salud biológica y funcional y los resultados económicos; los efectos del envejecimiento sobre las personas y la macroeconomía; los cambios que la longevidad provoca en las decisiones a lo largo del ciclo de vida; y la respuesta que deben ofrecer las instituciones ante el aumento de la expectativa de vida, la caída de la fecundidad y el envejecimiento poblacional.
Ya no alcanza, entonces, con sumar años a la vida, es necesario sumar vida saludable a los años. Una sociedad puede registrar una elevada esperanza de vida y, al mismo tiempo, condenar a millones de personas a transitar una larga etapa de enfermedad, dependencia, aislamiento o empobrecimiento. La verdadera medida del progreso no debería ser solamente cuántos años vivimos, sino cuántos de ellos podemos vivir haciendo aquello que valoramos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el envejecimiento saludable como el proceso de desarrollar y mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez. Esa capacidad no depende exclusivamente del estado físico sino que incluye la posibilidad de aprender, decidir, trasladarse, relacionarse, trabajar, participar y conservar un propósito.
Por eso, invertir en prevención, viviendas adecuadas, ciudades accesibles, alfabetización digital, formación permanente y vínculos comunitarios no constituye un gasto accesorio: ¡es infraestructura económica y social!
¿Qué dicen los números?
Los números muestran que no estamos ante una tendencia futura, sino ante una transformación en marcha. La población mundial de 60 años y más, que era de alrededor de mil millones en 2019, alcanzaría los 1.400 millones en 2030 y los 2.100 millones en 2050.
En América Latina y el Caribe, las personas de 60 años y más representan en 2025 cerca del 14,7 por ciento de la población y llegarían a ser una de cada cuatro en 2050.
Argentina ya se encuentra entre los países más envejecidos de la región. Según los resultados y proyecciones difundidos por el INDEC, la población de 65 años y más representaba aproximadamente el 12 por ciento en 2022 y alcanzaría el 16,4 por ciento en 2040.
El cambio demográfico modificará la demanda de servicios, la organización de los hogares, el mercado laboral, el consumo, el ahorro, la vivienda y las necesidades de cuidado. Sin embargo, todavía planificamos buena parte de la economía como si las trayectorias vitales continuaran respondiendo al esquema rígido de estudiar, trabajar durante algunas décadas y retirarse definitivamente.
Una vida más larga exige una vida diferente
Habrá que distribuir de otro modo los períodos de educación, trabajo, descanso, cuidado y reinvención personal. La capacitación ya no podrá terminar en la juventud. Las empresas deberán gestionar equipos multigeneracionales, evitar la expulsión prematura de trabajadores experimentados y crear formas flexibles de continuidad laboral.
Las políticas públicas, por su parte, deberán facilitar transiciones, en lugar de encerrar a las personas en categorías determinadas exclusivamente por su edad cronológica.
Esto no significa desconocer las desigualdades. No todas las personas llegan a la vejez con la misma salud, los mismos ingresos ni las mismas oportunidades. Hablar de prolongar la vida laboral sin considerar los trabajos físicamente desgastantes, la informalidad, las tareas de cuidado y las brechas de género sería injusto.
La economía de la longevidad
Hace unos días, en otra de mis columnas, he manifestado convencida que el trabajo de los mayores no puede convertirse en una excusa para postergar derechos previsionales. Debe servir para ampliar opciones, es decir, que quien necesite retirarse pueda hacerlo dignamente y que quien desee y pueda continuar activo no sea descartado por su fecha de nacimiento.
También debemos diferenciar la economía plateada de la economía de la longevidad. La primera identifica los bienes y servicios vinculados con las necesidades y preferencias de las personas mayores: salud, cuidados, turismo, finanzas, tecnología, vivienda, cultura y recreación. Es un mercado creciente y una fuente concreta de innovación y empleo.
La economía de la longevidad es más amplia. Analiza cómo la extensión de la vida modifica toda la economía y cada etapa del ciclo vital. No comienza a los 60 años. Empieza desde el nacimiento, porque las decisiones educativas, laborales, sanitarias y familiares de hoy condicionarán la calidad de una vida probablemente más extensa.
La coincidencia con el Día Mundial de la Población
El lema internacional de 2026 puso el foco en las esperanzas y aspiraciones de los jóvenes. Juventud y longevidad no son agendas opuestas sino pensar, diseñar y actuar en una dimensión intergeneracional.
Las dificultades juveniles para acceder a una vivienda, obtener un empleo estable, contar con ingresos suficientes y disponer de condiciones para formar una familia inciden sobre la fecundidad y sobre la estructura demográfica futura. A la vez, una sociedad longeva necesita nuevos pactos entre generaciones y no una competencia por recursos escasos.
El desafío consiste en construir una economía en la que la experiencia de los mayores no bloquee las oportunidades juveniles, sino que las fortalezca mediante mentorías, transmisión de conocimientos, emprendimientos compartidos y equipos diversos.
La intergeneracionalidad
Esta no es solamente una consigna amable, es una estrategia de productividad, cohesión social e innovación. La discusión impulsada en Cambridge debería incorporarse de inmediato a la agenda argentina ya que el envejecimiento no puede seguir siendo un tema exclusivo de los organismos previsionales, los geriátricos o las áreas de asistencia social, sino que debe formar parte de la planificación económica, educativa, urbana, laboral, sanitaria, tecnológica y productiva.
Es por eso que estoy ayudando a que las universidades investiguen y formen profesionales para una sociedad longevas; que las empresas conozcan a un consumidor de mayor edad que no constituye un grupo uniforme ni pasivo; que los gobiernos locales revisen el transporte, el espacio público, las viviendas y los servicios de cercanía; que los sistemas sanitarios pasen de una lógica centrada en la enfermedad a otra orientada a la prevención y la capacidad funcional.
También es necesario reconocer el valor económico del cuidado, una tarea que continúa recayendo desproporcionadamente sobre las mujeres y que suele permanecer invisibilizada. Una sociedad longeva no puede sostenerse exclusivamente sobre el esfuerzo silencioso y no remunerado de las familias.
Prepararnos no significa temerle al envejecimiento,significa anticiparnos. Vivir más es uno de los grandes logros de la humanidad y convertir ese logro en bienestar compartido es una decisión política, económica y cultural y en eso trabajo.
La longevidad puede aumentar los costos de sociedades que permanezcan inmóviles, pero también puede generar conocimiento, consumo, empleo, innovación y comunidad en aquellas que sepan comprenderla.
La pregunta correcta ya no es qué haremos con tantas personas mayores sino qué sociedad construiremos para vidas cada vez más largas, y la respuesta, estimado lector, no puede esperar a que el futuro envejezca: ¡Ese futuro ya llegó!
(*) Directora de Masa Madre Consultora
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva


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