
Infraestructura de Longevidad: la ciudad que necesitamos para vivir más
Por: Lic. Sandra Campos (*)
El desafío ya no es solamente prolongar la vida: es construir territorios donde esa vida pueda seguir siendo autónoma.
Durante años, cuando se habló de envejecimiento, la conversación quedó encerrada entre hospitales, jubilaciones, medicamentos y residencias. Durante buena parte del siglo XX la vejez fue interpretada casi exclusivamente como una etapa de pérdida que debía ser asistida. Pero la revolución de la longevidad obliga a cambiar la pregunta: si vamos a vivir más, ¿están preparadas nuestras ciudades para acompañar esos años?
La Argentina ya está envejeciendo y las nuevas proyecciones demográficas del INDEC muestran que esa participación continuará aumentando durante las próximas décadas. No estamos hablando de un fenómeno futuro, la transformación ya comenzó.
Le decimos a una persona que camine, haga actividad física, conserve vínculos, se mantenga integrada y preserve su autonomía Pero rara vez nos preguntamos si la vereda por la que deberá caminar está rota; si existe un banco donde pueda descansar; si puede atravesar una avenida antes de que cambie el semáforo; si encuentra sombra durante una ola de calor o si tiene cerca una farmacia, un comercio, un club o un centro cultural.
Allí aparece un concepto que deberíamos incorporar cuanto antes a la agenda pública y privada: infraestructura de longevidad. Vale aclarar que no significa construir infraestructura “para viejos”, es exactamente lo contrario.
Infraestructura de Longevidad
La infraestructura de longevidad es el conjunto de condiciones físicas, urbanas, habitacionales, sociales, tecnológicas y comunitarias que permiten que una persona conserve autonomía, seguridad, participación, vínculos y propósito a medida que envejece.
Y tiene una particularidad extraordinaria: casi todo aquello que hace más habitable una ciudad para alguien de 80 años también mejora la vida de un niño, una mujer embarazada, una persona con discapacidad o alguien que temporalmente tiene dificultades de movilidad.
La Organización Mundial de la Salud sostiene que nuestra capacidad de envejecer saludablemente depende no solamente de características personales, sino también de los entornos físicos y sociales en los que vivimos. Su Red Mundial de Ciudades y Comunidades Amigables con las Personas Mayores reúne actualmente más de 1.800 ciudades y comunidades de 60 países, que abarcan a más de 400 millones de personas. El mensaje detrás de esa experiencia internacional es sencillo: no podemos pedir envejecimiento saludable dentro de ambientes que producen dependencia.
¿Qué integra una infraestructura de longevidad?
Empieza por algo aparentemente insignificante: una vereda.
Una baldosa levantada puede representar una molestia a los treinta años y una caída incapacitante a los ochenta. Continúa con iluminación adecuada, cruces peatonales seguros, duración de los tiempos en los semáforos, señalización comprensible, baños públicos, bancos, espacios verdes, transporte accesible y cercanía de servicios esenciales.
También incluye viviendas capaces de transformarse con sus habitantes, ascensores, comercios próximos y barrios donde sea posible resolver buena parte de la vida cotidiana sin recorrer enormes distancias ni depender necesariamente de un automóvil.
Pero existe también una infraestructura invisible de la longevidad: un club de barrio donde alguien sabe nuestro nombre; una plaza segura compartida por distintas generaciones; un comercio que conoce a sus vecinos; una red comunitaria capaz de advertir que una persona que vive sola lleva varios días sin salir de su casa,…Todo eso también es infraestructura y sería un error no considerarlo como tal.
Las ciudades del futuro no deberían medir únicamente cuántas camas hospitalarias poseen. También deberían preguntarse cuántos metros debe caminar una persona para acceder a alimentos, salud, transporte, cultura y espacios de encuentro; cuántas veredas son realmente transitables; cuánto tiempo dispone para cruzar una calle; qué porcentaje de las viviendas puede adaptarse y cuántas personas que viven solas cuentan con alguna red de proximidad.
La protección ante el clima
El cambio climático vuelve esta discusión todavía más urgente. La OMS informó el 31 de julio de 2026 que la mortalidad relacionada con el calor entre las personas mayores de 65 años aumentó aproximadamente un 85% al comparar los períodos 2000-2004 y 2017-2021. El organismo advierte que el calor extremo puede agravar enfermedades cardiovasculares, respiratorias, diabetes y otras patologías.
Por eso la respuesta no puede limitarse a recomendarle a una persona mayor que “no salga en las horas de más calor”. ¿Qué ocurre con quien vive en una vivienda que acumula temperatura y no puede pagar refrigeración?; ¿Y si necesita retirar un medicamento?; ¿Y si vive solo?; ¿Y si espera un colectivo durante veinte minutos bajo el sol?
Una ciudad preparada para la longevidad necesita árboles, sombra, bebederos, refugios climáticos, edificios comunitarios disponibles durante situaciones extremas, sistemas de alerta y redes barriales de acompañamiento. Necesita empezar a pensar el clima desde la edad y la edad desde el territorio.
Incluso comienzan a aparecer experiencias cercanas. Durante 2026, la Ciudad de Buenos Aires desarrolló las denominadas “Estaciones Amigables”, intervenciones en plazas y espacios verdes con equipamiento para actividad física de bajo impacto, estimulación cognitiva, accesibilidad y encuentro intergeneracional.
Lo interesante del concepto no es crear un rincón reservado para personas mayores. Es exactamente lo contrario: integrar la longevidad al espacio compartido de la ciudad. Ese principio podría multiplicarse en ciudades como La Plata.
La ciudad de La Plata
La capital bonaerense posee una ventaja extraordinaria: una estructura urbana concebida con plazas, diagonales, instituciones educativas, clubes y espacios culturales distribuidos territorialmente. Pero esa estructura debe actualizarse para una sociedad que vivirá muchos más años.
La pregunta no debería ser únicamente si La Plata es una linda ciudad para envejecer. Deberíamos preguntarnos si podemos seguir siendo autónomos en ella cuando cambian nuestra movilidad, nuestra visión, nuestra audición, nuestros ingresos o nuestra capacidad de conducir.
Oportunidad Económica
La infraestructura de longevidad representa, al mismo tiempo, una enorme oportunidad económica.
Arquitectos, constructores, desarrolladores inmobiliarios, empresas tecnológicas, aseguradoras, bancos, comercios, transporte, turismo, diseñadores y profesionales de la salud tendrán que responder a una población que vivirá más años y querrá continuar participando.
La economía plateada comienza justamente allí: cuando dejamos de considerar la longevidad solamente como un gasto y empezamos a reconocerla como una transformación de la demanda. Pero existe una condición imprescindible: no diseñar para las personas mayores sin las personas mayores.
La ciudad aún les pertenece
Una ciudad puede llenar una plaza de aparatos “para seniors” y continuar siendo profundamente hostil si nadie preguntó qué necesitan quienes realmente la recorren .Diseñar infraestructura de longevidad exige observar recorridos reales, escuchar experiencias, identificar obstáculos y aceptar algo elemental: no existe una única manera de envejecer.
Tal vez debamos revisar incluso qué consideramos una política de salud ya que una buena vereda puede prevenir una caída, un banco colocado a mitad de camino puede prolongar autonomía, un árbol puede convertirse en infraestructura sanitaria, un colectivo accesible puede evitar dependencia, una plaza segura puede producir movimiento, encuentro y salud mental.
La longevidad se juega mucho antes de llegar al consultorio. Durante el siglo XX construimos ciudades para estudiar, trabajar, producir, criar hijos y desplazarnos rápidamente. El siglo XXI tiene que agregar una nueva función: permitirnos continuar viviendo plenamente durante muchos años más.
No alcanza con celebrar que la humanidad haya conseguido extender la vida, ahora debemos construir los lugares capaces de alojarla porque quizás la verdadera ciudad inteligente no sea aquella que tenga más sensores, cámaras o aplicaciones sino aquella en la que una persona pueda cumplir 80, 90 o 100 años, abrir la puerta de su casa, caminar hasta la esquina, encontrarse con otros, participar, decidir por sí misma y seguir sintiendo algo fundamental: que la ciudad todavía le pertenece.
(*) Directora de Masa Madre Consultora.
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.
Directora de la Catedra Libre “Economia Plateada y Longevidad Positiva” (UNLP).


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