
Volver al futuro con Perón
Por Julio Alak, Intendente de La Plata.
Uno de los principales desafíos del peronismo es no defender el pasado por nostalgia, sino recuperar una matriz de pensamiento que alguna vez le permitió articular orden, crecimiento, justicia social, producción, soberanía y movilidad ascendente. Volver a Perón, en ese sentido, sería recuperar un método antes que un catálogo de medidas.
La Argentina contemporánea plantea demandas que no podemos ignorar. Después de décadas de inflación, déficits recurrentes, pérdida de poder adquisitivo y dificultades crecientes para proyectar el futuro, una parte importante de la sociedad reclama estabilidad. Reclama también seguridad, eficacia del Estado, reglas previsibles, respeto por la iniciativa individual y una economía en la que trabajar, invertir y emprender vuelvan a tener sentido.
Una alternativa moderna al gobierno de Javier Milei no debería discutir la legitimidad de esas demandas. Debería disputar las respuestas.
El orden macroeconómico no pertenece a ninguna corriente ideológica. Es una condición indispensable para cualquier política de desarrollo. No existe justicia social duradera con inflación permanente, ni política industrial consistente sin moneda estable, ni mejora de los salarios cuando la economía vive sometida a crisis recurrentes.
Pero el equilibrio macroeconómico no puede constituir por sí mismo un proyecto nacional. Ordenar las cuentas públicas es el comienzo de una política económica, no su finalidad. La discusión decisiva empieza después: para qué se estabiliza la economía, qué sectores se pretende desarrollar, cómo se amplía la productividad, qué infraestructura necesita el país y qué lugar ocupan el trabajo y la industria en esa estrategia.
La tradición peronista ofrece allí una referencia histórica poderosa. Sus primeros gobiernos comprendieron que una sociedad más integrada requería transformar la estructura productiva y ampliar el trabajo industrial. En el siglo XXI, naturalmente, industrializar significa algo muy distinto que a mediados del siglo pasado. Significa
incorporar tecnología, inteligencia artificial, economía del conocimiento, biotecnología, energía, minería, agroindustria y servicios de alto valor agregado. Significa también integrarse a cadenas globales de valor y multiplicar las exportaciones.
El objetivo, sin embargo, conserva una sorprendente actualidad: crear trabajo genuino.
La Argentina necesita volver a ser un país donde el progreso personal dependa menos de la asistencia estatal y más de la capacidad de estudiar, trabajar, producir, emprender y mejorar. Una política social moderna debería acompañar a quien lo necesita, pero al mismo tiempo ofrecer una trayectoria que permitiera abandonar progresivamente esa asistencia. El verdadero horizonte de la justicia social debe ser la reconstrucción de la movilidad social.
Esa perspectiva exige también superar algunos falsos dilemas.
Defender derechos sociales no implica desconocer derechos individuales. Una sociedad democrática puede garantizar educación pública, salud, jubilaciones y protección frente a situaciones de vulnerabilidad y, simultáneamente, defender la propiedad, la libertad personal, la iniciativa privada, la autonomía de las personas y el pluralismo.

Reconocer el papel del Estado no significa sostener que todo Estado es virtuoso simplemente por ser grande. El desafío consiste en construir un Estado fuerte allí donde debe ser fuerte y austero. Un Estado profesional, digital, transparente y evaluado por resultados. Capaz de eliminar estructuras inútiles, pero también de garantizar bienes públicos esenciales: educación y salud de calidad, orden público y acceso a la tecnología.
La educación constituye probablemente el ejemplo más importante. Defender la escuela y la universidad públicas ya no alcanza si los alumnos no aprenden. Una política educativa moderna debería recuperar la alfabetización, fortalecer la formación docente, extender las jornadas de aprendizaje allí donde resulte necesario, mejorar la enseñanza de matemática, ciencias e idiomas y vincular crecientemente el sistema universitario con la producción, la tecnología y las necesidades estratégicas del país.
La misma lógica debe alcanzar a la salud pública. La discusión no puede limitarse a su gratuidad. Debe incorporar calidad, acceso, tecnología, integración territorial y capacidad efectiva de respuesta. Los derechos existen plenamente cuando pueden ejercerse.
También el orden público debería recuperar un lugar en una propuesta progresista contemporánea. No existe verdadera libertad en una sociedad dominada por la violencia, el narcotráfico o el temor a ocupar el espacio público. Seguridad y derechos humanos no son conceptos incompatibles. Un Estado democrático tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos, hacer cumplir la ley y ejercer autoridad dentro de los límites constitucionales.
Esa síntesis podría extenderse a la relación entre capital y trabajo. Una economía moderna necesita empresas rentables que inviertan y trabajadores que participen de los beneficios del crecimiento. Presentarlos como enemigos permanentes conduce a una discusión estéril. El desafío consiste en construir instituciones que favorezcan simultáneamente inversión, productividad, empleo formal y mejores salarios.
Algo semejante ocurre con la inserción internacional. La Argentina ya no puede pensar el mundo con las categorías de la Guerra Fría ni mediante alineamientos automáticos. Estados Unidos, China, la Unión Europea, Brasil, India y otros polos emergentes forman parte de una arquitectura internacional cada vez más compleja. Una política exterior inteligente debería relacionarse con todos ellos en función del interés nacional.
Nuestro país posee, además, recursos que el nuevo escenario geopolítico vuelve particularmente valiosos: energía, alimentos, minerales críticos, conocimiento científico y capacidad tecnológica. Vaca Muerta, el litio, el cobre, la agroindustria y la economía del conocimiento pueden convertirse en plataformas de desarrollo si existe una estrategia capaz de transformar recursos naturales en inversión, infraestructura, exportaciones y empleo.
El federalismo también debe formar parte de esa visión. La Argentina productiva no termina en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Las provincias necesitan rutas, ferrocarriles, energía, conectividad, puertos, universidades y financiamiento. Una estrategia nacional de desarrollo debe reconocer las capacidades de cada región y construir condiciones para que producir lejos de los grandes centros urbanos deje de constituir una desventaja.
En ese punto aparece quizás la enseñanza más profunda de Perón. Su verdadera innovación no estuvo solamente en las políticas que aplicó, sino en haber comprendido una transformación social que la vieja dirigencia política no había sabido interpretar. Incorporó nuevos actores, reorganizó las relaciones económicas y construyó un proyecto alrededor de una sociedad que estaba cambiando aceleradamente.
Ochenta años después, el desafío es parecido.
La Argentina necesita una fuerza política capaz de entender por qué millones de personas reclamaron estabilidad, seguridad, menor burocracia, libertad económica y límites al déficit, sin concluir por ello que la única respuesta posible sea una sociedad con menos industria, menos educación pública, menos protección social o menor capacidad estatal.
Una alternativa contemporánea debería incorporar esas demandas y organizarlas alrededor de otro horizonte: estabilidad para crecer, orden para convivir, producción para crear trabajo, educación para progresar y un Estado que garantice derechos sin sustituir a la sociedad.
Eso podría significar, hoy, volver a Perón.
No regresar a sus políticas concretas, sino recuperar la audacia con la que intentó construir una respuesta argentina a los problemas de su tiempo.
No mirar hacia atrás, sino volver a preguntarse qué país puede ofrecer progreso, seguridad y esperanza a las próximas generaciones.
La tradición política permanece viva no cuando repite sus consignas, sino cuando conserva la capacidad de interpretar cada tiempo y los desafíos que nos plantea.
Por eso, volver a Perón es volver al futuro.


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