¿Por qué volvemos tan cansados de la playa? (¡Si vamos para descansar!)

Parece un trabalenguas semántico y a la vez, bastante pragmático. Porque aunque suene difícil de comprender, existe no una sino varias razones para entender esta situación: ir a la playa cansa (y en esta nota te contamos por qué).

Actualidad 26 de enero de 2026
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Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24 

 

Escribo esto después de haber pasado tres días disfrutando de la playa y -aunque parezca complejo de entender- cada noche, al terminar el día, mi cuerpo terminaba completamente agotado: como si todo eso que yo hubiera ido a buscar al mar, se me hubiera ido, así, de sopetón. 

¿Esto tiene alguna explicación? Sí: la conexión de nuestro cuerpo con el mar, el sol, la brisa marina y todo eso que conlleva estar sentados en una reposera tomando sol, tomando mates, mirando el mar y escuchando el sonido de las olas, tiene más beneficios de los que imaginamos. Pero… también implica que nuestro cuerpo tenga que atravesar varias situaciones fisiológicas que, al terminal el día, nos hagan sentir más cansados. 

¿Pero cómo se lo explicamos a nuestro cuerpo? Cuando elegimos como destino o plan ir a la playa, nos estamos predisponiendo a un descanso que pocas veces se consigue de otra forma. En primer lugar, tenemos que comprender que cuando nuestro organismo está expuesto durante muchas horas al mar, al sol y al aire de playa, el cuerpo tiende a “protegerse” poniendo en marcha un mecanismo conocido como “termorregulación”, algo así como la primera respuesta fisiológica que tiene el cuerpo para lograr nuestra supervivencia. 

Se trata de un proceso en el que nuestro organismo tiene que trabajar más de lo normal para poder mantener y regular la temperatura corporal para disipar el calor y evitar un sobrecalentamiento peligroso. 

Es decir: la temperatura externa se eleva y mientras estamos tomando sol (y nos estamos relajando, claro) nuestro cuerpo “lucha” por bajar la temperatura corporal. Entonces, en esa respuesta automática que tiene nuestro organismo para batallar internamente entre nuestra temperatura y la que existe allá afuera, se produce un mayor gasto energético. Aunque no lo veamos, eso sucede. ¿Cómo se siente este trabajo interno que hace nuestro organismo? Lisa y llanamente, a través de la sudoración y con ella, mediante la deshidratación.

Cuando sudamos perdemos agua por un lado y por el otro, electrolitos esenciales como el sodio y el potasio, que son cruciales para el funcionamiento adecuado de los músculos y los nervios. Entonces eso que se vea afectado el volumen de sangre que circula y a su vez, le exige al corazón a trabajar más para poder bombear mayor cantidad de sangre y oxígeno a nuestro tejidos.

Esta primera explicación da cuenta de por qué –y cómo- es que nuestro cuerpo termina gastando la poca energía con la que llegamos a la playa (con la intención de descansar). Pero no es la única razón: quizás alguna vez has escuchado hablar del “mal de alturas”, eso que sucede exactamente cuando exponemos a nuestro cuerpo a una altura superior a los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Pero, ¿y qué pasa justo “al nivel del mar”? Ahí ocurre justo lo contrario: nuestro cuerpo se relaja y sí, podemos tener más sueño de lo normal debido a la disminución de la tensión arterial. Esto, en términos científicos, implica que nuestro organismo se siente más relajado, en primer lugar,  por una mayor disponibilidad de oxígeno, mayor presión atmosférica (1 atm) lo cual facilita la respiración, así como también factores ambientales calmantes. 

El entorno marino (y con esto me refiero a escuchar el sonido de las olas, sentir la brisa marina y nutrirnos de la Vitamina D que nos proporciona la exposición al sol) reduce el cortisol (conocida como “la hormona del estrés”) y activa el sistema nervioso parasimpático, disminuyendo la tensión arterial y fomentando la relajación profunda. La exposición a la luz solar es uno de los factores encargados de activar la serotonina (conocida como “la hormona de la felicidad”).

Y por último, pero no por eso menos importante, desde el momento en el que ponemos nuestros pies sobre la arena, comienza a producirse un fenómeno conocido como “grounding” o “earthing”, algo así como una “descarga de energía” que sucede mediante el contacto directo con la arena o el agua salada. Esto permite la transferencia de electrones de la Tierra al cuerpo, ayudando a reducir la inflamación y equilibrar el sistema nervioso. Este entorno rico en iones negativos mejora el bienestar, mientras que caminar sobre la arena exige mayor esfuerzo muscular. 

Nadie puede negar que caminar descalzos sobre la arena o sumergirse en el mar, es algo física y emocionalmente maravilloso: conecta al cuerpo con la carga eléctrica de la Tierra (electrones), funcionando como un regulador natural de la carga eléctrica acumulada en el cuerpo. La brisa marina y el entorno cargado de iones negativos favorecen la relajación, la disminución de los niveles de cortisol (estrés) y la mejora en la circulación.

A su vez, y a pesar de la recarga, el cansancio puede ser alto debido a la termorregulación intensa del cuerpo ante el sol y el calor, lo que provoca deshidratación y pérdida de electrolitos. Por otro lado, solemos utilizar al agua salada de forma “simbólica” para liberar cargas emocionales negativas, renovando la energía mental. Y por último, caminar sobre arena blanda, exige más esfuerzo a los músculos de las piernas y pantorrillas, aumentando el gasto calórico. 

Así que… sí. Cuando vayas a la playa seguramente vayas a recordar todas estas explicaciones científicas. Pero estoy segura de que cuando estés en la playa, cuando tus pies toquen la espuma del mar y cierres los ojos para sentir la brisa marina y el sonido de las olas, lo primero que se te va a venir a la cabeza es lo bien que te va a hacer estar ahí (sobre todo, porque está comprobado).

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