El peronismo y su crisis real: poder, orden y conducción

Cada vez que el peronismo atraviesa una derrota, emerge la tentación de buscar culpables externos. El poder económico, los medios concentrados, el lawfare, la derecha global. Todo eso existe, opera y condiciona. Pero explicar la crisis actual del peronismo exclusivamente por factores exógenos es una forma elegante de no asumir responsabilidades propias.
Actualidad 30 de enero de 2026
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Por: Víctor Hortel (*)

 

El problema del peronismo hoy no es ideológico. Tampoco es de identidad. Es, más crudamente, un problema de poder.

 

El peronismo dejó de conducir. No porque haya perdido cuadros, historia o inserción social, sino porque reemplazó la conducción por el equilibrio interno. Allí donde antes había decisión, hoy hay negociación permanente; donde había dirección política, ahora hay administración de tensiones.

 

La unidad se transformó en un fetiche paralizante. Confundir unidad con unanimismo es una de las derrotas culturales más profundas que sufrió el movimiento. Conducir implica decidir, priorizar y, en ocasiones, excluir. El peronismo actual parece temerle más al conflicto interno que a la derrota externa.

 

Sin conducción no hay proyecto. Hay supervivencia.

 

Históricamente, el peronismo fue eficaz porque supo leer el conflicto social antes que los demás y organizarlo políticamente. Hoy llega tarde. Reacciona cuando el daño ya está hecho y cuando la derecha ya logró imponer su marco interpretativo.

 

La seguridad es el ejemplo más evidente. Por miedo a ser asociado con el autoritarismo, el peronismo dejó vacante la discusión sobre el orden. Ese vacío fue ocupado por discursos punitivistas que prometen soluciones simples a problemas complejos. No porque tengan razón, sino porque alguien tenía que decir algo.

El peronismo no perdió esa discusión por falta de argumentos, sino por renuncia estratégica.

 

Una de las distorsiones más dañinas del presente es la idea de que ejercer autoridad estatal contradice los derechos. El peronismo nunca pensó así. Fue, desde su origen, un proyecto de organización del orden social, no de tolerancia al caos.

 

No hay justicia social posible en contextos de desorden persistente. No hay derechos efectivos sin Estado capaz de hacerlos cumplir. El problema no es doctrinario: es operativo y político.

 

La derecha avanza porque promete orden. El peronismo retrocede porque parece pedir disculpas por gobernar.

 

Otro punto incómodo: el peronismo internalizó una lógica progresista que desconfía del ejercicio del poder. Una cultura política que moraliza las decisiones, penaliza la firmeza y convierte la corrección discursiva en valor supremo.

 

El resultado es un peronismo explicativo, justificativo, defensivo. Exactamente lo contrario de lo que fue históricamente: un movimiento resolutivo, pragmático y orientado a resultados.

Perón no gobernaba desde la culpa. Gobernaba desde la convicción.

 

El pueblo no se fue: quedó huérfano

 

No hubo un corrimiento ideológico masivo hacia la derecha. Hubo orfandad política. Amplios sectores populares y de clase media dejaron de sentirse representados no porque abandonaran la idea de justicia social, sino porque dejaron de percibir capacidad de conducción.

 

Cuando nadie parece mandar, el electorado elige al que promete hacerlo. Aunque sea brutal, errático o peligroso.

 

La salida no pasa por más épica vacía ni por aggiornarse discursivamente a la agenda ajena. Pasa por recuperar tres cosas elementales:

a)       Conducción política clara.

b)       Capacidad de disputar el orden desde una perspectiva democrática.

c)       Convicción para ejercer el poder sin pedir permiso.

 

El peronismo no está agotado. Está inhibido.

 

Y mientras no vuelva a creerse con derecho -y responsabilidad- de conducir la sociedad, seguirá oscilando entre la nostalgia y la administración de derrotas.

 

El pueblo no espera pureza.

Espera orden, justicia y sentido.

Cuando el peronismo vuelva a ofrecer eso, volverá a ser mayoría.

 

(*) Militante Peronista.

 

 

 

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