
Cine Belgrano, la épica aventura de los rateados durante la Dictadura

Por: R. Claudio Gómez, especial para Capital 24
Con una oferta heterodoxa, diversa y amplia, los cines de La Plata captaron la atención de los vecinos. Ir al cine constituía una salida, pero también una forma de celebración. Iban las familias a las proyecciones aptas para todo público; los enamorados, a recrear su fantasía romántica, y las chicas y los chicos a hacer sus primeros escarceos. Una oferta que era, además, económica. Y con un detalle no menor: se daban hasta tres películas en continuado: una buena; una más o menos, y otra mala. Que el arte cinematográfico fuera calificado con adjetivos éticos en lugar de estéticos tiene una lógica. La gente evaluaba menos la calidad del filme, que su acción sobre el alma o el espíritu.
Entre aquellas salas, hay una que los veteranos recuerdan con mucho afecto: el Cine Belgrano. Estaba ubicado en la intersección de la Diagonal 80 y 49. A muchos de quienes pasan por ahí se les hiela la sangre por un instante.
El historiador platense, Roberto Abrodos, cuenta que el espacio quedó inaugurado “allá por el 16 de mayo de 1931” y explica que resultó “la primera sala cinematográfica que se construía en La Plata, planeada desde sus cimientos para ser un cine teatro”.
“Se podía decir que esta sala se adelantaba al progreso de la ciudad en unos diez años por lo menos, tanto por la capacidad de sus localidades como por la importancia de las instalaciones eléctricas y mecánicas que, en aquel momento, eran la última palabra de la técnica del cinematógrafo sonoro y parlante”, agrega.
Más allá de estas justas apreciaciones técnicas e históricas, el Cine Belgrano es, asimismo, recordado por otras cualidades, por cierto, muy particulares. La primera (que engloba y permite el desarrollo de una singular convocatoria de audiencia juvenil) tiene que ver con el horario de apertura: alrededor de las 10. La segunda, con la oferta continuada, es decir, la proyección de tres películas seguidas, una tras otra.
Corrían los tiempos de la persecutoria Dictadura, después del ‘76 y hasta el ‘83 y un poco más. Las fuerzas de seguridad de La Plata estaban autorizadas -sino por ley, por costumbre- a detener por la calle a las pibas y pibes que andaban por la ciudad con uniforme escolar en horario de clase. La policía los paraba y les preguntaba por qué no estaban en la escuela. La respuesta era esquiva, llena de excusas, pero, en muchos casos, se trataba de una “rateada”. Entonces, podían llevarlos a la comisaría o devolverlos al colegio, para que las autoridades avisaran a los padres o tutores de la aventurada fechoría. Pero, hecha la ley, hecha la trampa. Las pibas y los pibes encontraron un universo seguro, donde nadie les hacía preguntas incómodas y, por el precio de una entrada humilde, esperaban entretenidos el paso del tiempo, espectando, por caso “El bebé de Rosemary”, de Polansky. Así, el escalofrío era ficcional y duraba solo una hora y pico.
El Cine Belgrano sirvió de cueva para lobas y lobos que no podían itinerar por el centro de guardapolvos o de bléiser. Entrar a la sala sin ser antes descubierto constituía también un riesgo, pero, una vez allí, nadie preguntaba nada. Se podía fumar y hasta desayunar un frugal sanguchito.
La cartelera era variada casi semana a semana. Una película clase A, una de karate y una cómica resultaba un menú interesante para los rateados.
Con al advenimiento de la luchada Democracia, las luces del Cine Belgrano se fueron apagando. Los jóvenes ya no eran tan jóvenes y aprendieron a luchar por sus derechos civiles. Los padres y tutores, como homenaje de recordación a sus propias felonías, se habían vuelto menos severos.
El Cine Belgrano transmutó en una especie de teatro de mujeres strippers que duró tan poco como una lágrima bajo el párpado. Era la decadencia. Sin embargo, aquellos años de extraño esplendor vuelven cuando los jóvenes de ayer alzan la mirada y todavía observan, no sin romántica nostalgia, el tiempo rebelde grabado en la fachada superior de lo que luego fue un espacio religioso y, hoy, un estacionamiento. Hay tantas formas de estacionar… a veces, la memoria también debe estacionarse y a eso le llamamos emoción. No sé si es verdad, me lo contó un amigo.


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