Lavagna se fue del INDEC: El Gobierno quedó sin el “artista” del relato inflacionario

La renuncia de Marco Lavagna sacude el tablero económico y político: el funcionario que sostuvo la baja inflacionaria con una canasta vieja deja su cargo justo cuando cambia la metodología y el número podría dejar de cerrar.

Actualidad 03 de febrero de 2026
NOTA

La salida de Marco Lavagna del Instituto Nacional de Estadística y Censos no puede leerse como un hecho administrativo ni como un cambio rutinario en la conducción de un organismo técnico. Ocurre en un punto exacto del calendario político y económico donde los números dejaron de ser una planilla para convertirse en el corazón del poder. A pocos días de difundirse el primer dato de inflación bajo una nueva metodología, el funcionario que administró durante años el termómetro más sensible del país abandona el cargo y deja una estela de dudas que atraviesa al Gobierno, al mercado y a la política.

Lavagna no fue un director más. Fue el garante de una continuidad estadística que funcionó como puente entre gestiones, ideologías y necesidades coyunturales. Llegó al INDEC con la misión explícita de devolverle credibilidad tras el descrédito profundo de los años de intervención. En ese sentido, cumplió. Pero esa normalización convivió con una decisión que hoy vuelve al centro de la escena: medir la inflación con una canasta de consumo diseñada en 2004, apenas retocada, en un país que ya no existe.

Durante su gestión, la inflación se calculó sobre una estructura de gastos propia de comienzos de siglo, cuando las tarifas tenían un peso menor, el acceso a internet era marginal y los servicios no ocupaban el lugar que hoy tienen en el presupuesto de los hogares. Esa metodología no fue una omisión inocente ni una demora técnica sin consecuencias. Fue una definición que tuvo efectos políticos concretos: el índice resultante tendió sistemáticamente a subestimar el impacto real del aumento del costo de vida.

La brecha entre la inflación oficial y la inflación percibida se volvió cada vez más visible. En la calle, el ajuste se sentía con crudeza. En los números, aparecía amortiguado. Esa distancia fue funcional a distintos gobiernos, pero adquirió un valor estratégico inédito con la llegada de Javier Milei al poder, cuando la desaceleración inflacionaria pasó a ser la principal bandera de legitimación del programa económico.

 

El arte de medir sin tocar el relato

La paradoja es incómoda: la mayor victoria discursiva del Gobierno libertario fue construida con una herramienta heredada y largamente cuestionada. Lavagna fue el custodio de ese número. No porque lo inventara, sino porque decidió cuándo actualizarlo y cuándo no. Y en política económica, decidir cuándo cambiar una metodología es tan relevante como el resultado que arroja.

La actualización de la canasta basada en la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2017-18 estaba pendiente desde hacía años. Especialistas, opositores y organismos internacionales insistían en la necesidad de reflejar hábitos de consumo más cercanos a la realidad. La demora acumulada permitió que el IPC oficial siguiera mostrando una inflación más baja que la que surgiría de una ponderación actualizada, especialmente en rubros como vivienda, servicios y tarifas.

El problema es que el cambio llega tarde y sin retroactividad. Todo lo ocurrido durante los meses más duros del ajuste queda sellado con una medición que no captó su verdadero impacto. El pasado no se corrige. Lo que se modifica es el futuro. Y ese futuro amenaza con números menos amables para un Gobierno que construyó su relato sobre la idea de haber domado a los precios.

En ese contexto, la renuncia de Lavagna no es neutral. Se va el funcionario con la espalda política y técnica suficiente para administrar una transición compleja. Su salida deja al Ejecutivo frente a una disyuntiva incómoda: sostener una inflación baja a costa de credibilidad o asumir un índice más alto que erosione el relato de éxito.

 

El INDEC como territorio de poder

La incertidumbre no se limita al plano político. Empresarios, bancos, inversores y formadores de precios miran con atención cada movimiento en el INDEC porque saben que de allí salen las señales que ordenan expectativas. Un cambio en la medición de la inflación impacta directamente en paritarias, tasas de interés, contratos, valuaciones y decisiones de inversión. No es un debate académico. Es una discusión de poder real.

La salida de Lavagna ocurre, además, en un clima interno cargado de tensiones. Reclamos salariales, malestar en la planta y advertencias gremiales funcionan como telón de fondo de una renuncia que, aunque prolija en las formas, deja demasiadas preguntas abiertas. Quién tomará el control del organismo, con qué margen de autonomía y bajo qué presión política son interrogantes que hoy recorren despachos oficiales y mesas de decisión.

El INDEC vuelve así a ocupar un lugar central en la rosca. No como protagonista visible, sino como engranaje clave de un sistema donde los números no solo describen la realidad, sino que la ordenan, la disimulan o la exponen. Lavagna se va dejando un organismo formalmente fortalecido, pero políticamente expuesto.

En la Argentina, las estadísticas nunca son neutrales. Son herramientas de disputa, escudos discursivos y, muchas veces, coartadas. La inflación puede bajar, subir o estabilizarse. Pero cuando cambia el que sostiene el lápiz, lo que entra en juego no es solo un porcentaje mensual. Es quién controla el relato y hasta dónde está dispuesto a pagar el costo de decir cuánto duele realmente vivir.

La inflación bajó en los papeles, pero el costo de vida subió en la calle. Esa distancia tuvo firma técnica.

Cambiar la canasta no corrige el pasado. Solo expone cuánto se lo maquilló.

 

 

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