
20.000 leguas de viaje en bondi
Marcela De Francesco, especial para Capital 24
Eran las 17:05. Plena tarde de un verano intenso. El aire en la parada se cortaba con un cuchillo de plástico. A lo lejos, entre la bruma del escape del camión de la Muni, apareció él: el Nautilus. Un interno de la 275 reluciente, con luces LED azules que le daban esa aura de boliche de Lanús o de nave nodriza a punto de inducirnos a todos.
Apoyé la SUBE en el lector de tarjeta con la solemnidad de quien firma un tratado de paz. El “pip” fue la señal. Había cruzado el umbral. Ya no pertenecía al mundo de los que caminan; ahora era un ser hidrodinámico en un mar de bolsos y mochilas.
Si el profesor Annorax se sorprendió con los bosques de coral, claramente no vio a una señora con tres bolsas de supermercado maniobrando en una curva cerrada. Cabe decir entonces que el bondi tiene sus propias leyes y personajes. A continuación, un breve detalle de los mismos:
Los pólipos del pasillo, esas personas que se quedan pegadas en la parte inicial del bondi, y no avanzan ni, aunque el Capitán (el chofer) grité: “Al fondo que hay lugar”.
La criatura del sueño, un ejemplar capaz de dormir apoyado en un caño vertical, desafiando las leyes de la física y la columna vertebral, despertando milagrosamente tres metros antes de su parada.

Las Milis Pilis tratándose de sacar una selfie, digno de un documental de Nathional Geographic. El bondi lleno, pero ellas ni se inmutan, suspendidas en una burbuja de glitter y datos móviles, haciendo malabares épicos para no tocar el caño mugriento con las manos de la manicura recién hecha, mientras con la otra buscan el ángulo perfecto donde la luz de la ventanilla les pegue como si estuvieran en un estudio fotográfico.
Entre el ruido del motor y el olor a encierro, ellas logran esa selfie con cara de nada, pero que llevó catorce intentos, ignorando que el señor que lleva una bolsa de papas al lado, porque al final del viaje, para ellas el bondi no es un medio de transporte, es simplemente un set de fotografía industrial muy jugado.
A la altura de Diagonal 80 y 45, el Nautilus, digo el 275, sufrió una sacudida. Un bache profundo en las fosas del Triángulo de las Bermudas, en ese instante, la inercia hizo lo suyo, todos los pasajeros nos convertimos en un solo organismo, con sus tentáculos tratando de sostenerse de alguna baranda.
Mi cuerpo solo intentaba no terminar en las rodillas de un jubilado. Protegí mi cámara como si fuera el tesoro de la Atlántida mientras un estudiante de arquitectura trataba de no clavarme su maqueta en las costillas. “Cuidado con el lente”, pensaba mientras el bondi surcaba las olas del asfalto.
Finalmente, el timbre. Ese sonido glorioso que anuncia el fin de la descompresión. El chofer clavó los frenos con la sutileza de un ancla de diez toneladas, esa ni yo me la creo, jaja. Bajé al asfalto, respiré y sentí que había sobrevivido a otra jornada de exploración subacuática-urbana.


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