
Charlando con el fantasma de Tolosa. Hoy: “Semana Santa bajo tierra”

-Uh… qué Semana Santa…
-No hay relato que alcance. Hay una sola verdad: la gente está haciendo cuentas y cada vez le cierran menos.
-¿Qué viste?
-Vi Semana Santa pero no en la fe. La vi en el bolsillo, en la cara de la gente cuando pregunta y no compra. Porque este año no hay milagro. Hay cuentas.
-¿Qué ves en la carnicería del barrio?
-Veo la carne a dieciocho mil pesos el kilo y la escena se repite: el que antes llevaba para el fin de semana hoy pide menos o directamente no lleva nada. No es elección. Es límite.
-¿Y no comiste pescado, como marca la tradición religiosa?
-Sí… el pescado está en el fondo del mar. No en la mesa.
-¿Por qué, fantasma?
-Porque también es caro, porque también es inaccesible, porque hoy ni cambiar el menú alcanza.
-Lo mismo pasa en la verdulería, ¿no?
-Veo la papa cerca de dos mil pesos, el tomate rondando los tres mil quinientos y la fruta dejando de ser costumbre. La gente ya no elige. Solo calcula.
-A esta altura, ni quiero hacer mención de un almacén.
-Veo la leche de marca arriba de dos mil pesos, el azúcar pasando los mil setecientos, el aceite acercándose a los cuatro mil, cinco mil pesos… Y manos que agarran y vuelven a dejar. Ese gesto dice más que cualquier índice.
-¿Qué mensaje te dejaron las vidrieras de Pascua?
-Huevos de chocolate, entre quince mil y treinta mil pesos. O sea, costaban un huevo. Una ilusión se volvió un lujo.
-¿Qué ves cuando la gente llega a su casa?
-Facturas, pero no de la panadería. Luz arriba de veinticinco mil pesos, gas subiendo, agua sumando. Y esas no esperan.
-¿Y los salarios?
-Una risa. Municipales, policías, enfermeros, auxiliares, entre trescientos mil y quinientos mil pesos.
-¿Pero eso, hasta cuándo alcanza en el bolsillo, fantasma?
-Hasta el día diez, como mucho, con suerte hasta el quince. Después empieza otra etapa. El cálculo. El recorte. La resignación. La HELADERA VACIA.
-¿Entonces, qué estamos viendo?
-No estamos viendo precios. Estamos viendo renuncias.
-¿Renuncias a qué?
-A la carne, al pescado, a la fruta, a los gustos, a lo cotidiano.
-Nada de lo prometido, me parece.
- Nos habían prometido Que los salarios iban a volar, que le iban a ganar al dólar, que el esfuerzo iba a tener recompensa. Y bla bla bla… ¿Y qué pasó? No volaron.
-¿Y qué pasó, fantasma?
-Pasó que en la Argentina de hoy los precios suben por ascensor y los salarios como la zanahoria: cada vez más enterrados.
-¿Y la gente?
-La gente ya no discute números. Cuenta días. Cuenta cuánto le queda, cuenta qué puede pagar, cuenta qué tiene que dejar.
-¿Y qué ves en este momento?
-Que mientras algunos hablan de crecimiento, a la gente la dejaron con la heladera vacía, enterrada como la zanahoria. Porque cuando una sociedad empieza a resignar lo básico, la carne, la fruta, una obra social y un regalo para un hijo ya no estamos frente a un ajuste económico. Estamos frente a un problema social. Un problema que no se resuelve con explicaciones técnicas ni con promesas de futuro, sino con respuestas en el presente y de inmediato. Porque la gente no vive a largo plazo. La gente vive hoy. Y hoy, mientras los precios suben por ascensor y los salarios siguen enterrándose cada vez más, la realidad se vuelve imposible de maquillar.


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