A los 14 años construyó su propio ultraliviano y hoy dirige un polo aeronáutico en Poblet

Matías Lanusse es el creador del Aeródromo Poblet, donde funciona una escuela de vuelo, hangares y un taller aeronáutico.
 
Región22 de abril de 2026

2 aPor: Gabriel Ríos Malan, especial para Capital 24

En un campo de 17 hectáreas, a la altura del kilómetro 70 de la ruta provincial 36, en la localidad platense de Poblet, despegan y aterrizan aviones livianos que condensan una historia poco común en la Argentina. Allí funciona el Aeródromo Poblet, un emprendimiento privado que combina escuela de vuelo, hangares, taller aeronáutico y espacio de encuentro. Detrás de ese proyecto está Matías Lanusse, un autodidacta que a los 14 años comenzó a construir su propio ultraliviano y tres años después ya lo estaba volando.

“Cuando tenía 14 años, como autodidacta, empecé a fabricar mi ultraliviano y a los 17 años lo estaba volando. Salió todo bien, podría decir que fue un éxito, pero es algo que no se debe hacer”, reconoce hoy Lanusse, con la perspectiva que le dieron los años y la profesionalización posterior. La advertencia no es menor: en la actualidad, insiste en la importancia de la formación técnica, el conocimiento de materiales y la capacitación como piloto para cualquier proyecto aeronáutico.

El ultraliviano, explica, es una aeronave de bajo peso y velocidad reducida, equipada con motores que van desde los 28 hasta los 60 caballos de fuerza. Según su clasificación, hasta 180 kilos corresponde a un monoplaza, mientras que hasta 350 kilos se trata de un biplaza. Por encima de ese rango, se ingresa en la categoría de aeronaves experimentales, que requieren otro tipo de licencia. “El ultraliviano se vuela con licencia específica, pero el experimental con licencia de piloto privado de avión”, detalla.

Aquella experiencia adolescente no quedó como una anécdota aislada. Por el contrario, fue el punto de partida de un proceso de crecimiento sostenido que transformó un campo familiar en un polo aeronáutico. “En una porción de este campo nació el sueño de construir el ultraliviano. Luego pensé en la necesidad de tener una pista para poner una escuela de pilotos y así llegó el aeródromo”, recuerda.

La pista fue habilitada en 1998, tras un trabajo realizado con el apoyo de familiares y amigos. Apenas dos meses después, comenzó a funcionar la escuela de vuelo. “Recuerdo que estaba pagando el plan de un auto, lo saqué y lo vendí para comprar un avión escuela. Ahí arrancamos, con un hangar y muchas ganas”, cuenta. Hoy, ese impulso inicial se traduce en cuatro hangares que albergan 29 aeronaves, una escuela certificada y un taller especializado en construcción y reparación.

Lanusse destaca que todo el desarrollo se financió con recursos propios. “Siempre me financié con el dinero que fui generando, el Estado nunca me dio un peso”, subraya. Esa lógica de crecimiento gradual también se refleja en la infraestructura: el primer hangar se construyó en 1998 y los siguientes en 2004, 2008 y 2015. “Ahora necesitamos el quinto”, anticipa.

Con el paso del tiempo, su rol también se transformó. Hoy es técnico oficial de motores Rotax —de origen austríaco— y se especializa en reparación y adaptación de plantas motrices para aeronaves livianas. “Estudié y sigo estudiando”, resume. En el taller de Poblet no solo se realizan reparaciones, sino también asesoramiento a propietarios y constructores, en un segmento donde la experimentación y la innovación son constantes.

El interés por los ultralivianos, asegura, se mantiene firme en el país. Parte de ese atractivo radica en los costos relativamente accesibles dentro del universo aeronáutico. “Si querés tener un monoplaza, el costo es de entre 8.000 y 10.000 dólares. Para un biplaza, hablamos de entre 15.000 y 20.000 dólares, siempre usados. Por ese dinero, podés tener tu avión”, explica. No obstante, aclara que existen modelos más sofisticados, fabricados con materiales compuestos e importados, que se ubican en otra escala de precios.

La normativa vigente establece límites claros para este tipo de aeronaves: tanto los ultralivianos como los experimentales tienen un uso estrictamente deportivo y recreativo, sin posibilidad de explotación comercial. “No se puede hacer lucro con este tipo de aeronaves, así lo establece la reglamentación”, señala.

En comparación con otros polos aeronáuticos del país, como el de General Rodríguez, Poblet presenta una particularidad. “En cantidad de hangares no vamos a llegar nunca, porque ellos tienen muchos más. Pero hoy la mayor concentración de ultralivianos y experimentales se sitúa acá, tanto en cantidad de aviones como en construcciones y matriculaciones”, afirma. Esa especialización le valió, incluso, que algunos lo definan como el “nuevo GEZ”.

El proceso de habilitación de una aeronave experimental requiere la intervención de la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC). Según describe Lanusse, el organismo evalúa el proyecto desde su factibilidad y acompaña al constructor durante el desarrollo. “Más que certificar, le da el apoyo para guiarlo por el camino correcto y evitar errores que impliquen gastos innecesarios”, explica.

 

Cursos de formación

 

La actividad en Poblet no se limita a la construcción y el vuelo. La escuela ofrece cursos de piloto de ultraliviano y piloto privado de avión, con aeronaves como el Piper PA-11 y el Cessna 150. La formación incluye contenidos de aerodinámica, meteorología, navegación, reglamentación y medicina aeronáutica, entre otros. Para acceder, los aspirantes deben cumplir con requisitos de edad, desde los 16 años según la licencia, y contar con aptitud psicofísica certificada.

Además, el predio abre sus puertas a quienes buscan una primera experiencia en el aire. Los vuelos de bautismo, de unos 20 a 25 minutos, permiten no solo recorrer el entorno desde otra perspectiva, sino también tener un primer contacto con los mandos de la aeronave. “Si la persona está interesada en pilotear, se le hace una mini clase para que tenga la sensación plena de vuelo”, comenta.

El proyecto familiar también incorpora un costado social y recreativo. En el lugar funciona “El Descanso”, un salón de eventos con capacidad para cien personas, y un espacio de encuentro donde pilotos y visitantes comparten almuerzos los fines de semana. “Es un ambiente muy familiar, rodeado de naturaleza”, describe Lanusse, quien lleva adelante el emprendimiento junto a su esposa Lorena y su hija Valentina.

Al repasar su trayectoria, el emprendedor no olvida el respaldo de sus padres, Oscar “el gaucho” Lanusse, reconocido locutor del programa folklórico “Canto en azul y blanco” en Radio Universidad de La Plata, y Ana. Ese acompañamiento fue clave para transformar una inquietud juvenil en un proyecto consolidado.

Lejos de conformarse con lo logrado, Lanusse adelanta que trabaja en un desarrollo “innovador y muy novedoso” tanto para la Argentina como a nivel internacional. Prefiere no dar detalles, pero asegura que el proyecto está avanzado y que su presentación será en el momento oportuno.

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