PAMI: 2,2 millones de afiliados dejaron de acceder a la cobertura total automática de medicamentos

Cerca de 2,2 millones de afiliados dejaron de acceder automáticamente a la cobertura total de medicamentos y pasaron a depender de subsidios, excepciones o gestiones administrativas.
 
Actualidad 01 de junio de 2026

NOTA Mientras el Gobierno defiende la medida por razones de sostenibilidad financiera, crecen los reclamos judiciales y las advertencias sobre las dificultades que enfrentan miles de jubilados para sostener sus tratamientos.

 

Durante años, para millones de jubilados, acceder a determinados medicamentos era un trámite sencillo: la cobertura estaba garantizada y formaba parte de una política orientada a sostener tratamientos que, en muchos casos, resultan indispensables para atravesar enfermedades crónicas, oncológicas o de alta complejidad. Hoy, esa realidad cambió. Detrás de resoluciones administrativas, presentaciones judiciales y discusiones sobre la sustentabilidad del sistema, emergen historias cotidianas que hablan de tratamientos interrumpidos, cuentas imposibles y una creciente incertidumbre.

La discusión volvió a instalarse en la agenda pública luego de que el Gobierno informara ante el Congreso que alrededor de 2,2 millones de afiliados del PAMI quedaron fuera del acceso automático al subsidio social que permitía obtener cobertura plena de medicamentos. Según los datos oficiales, dentro de ese universo habría aproximadamente 1,6 millones de personas que habitualmente consumían esos remedios y que ahora deben recurrir a otros mecanismos para obtener asistencia.

La cifra expone la magnitud de un cambio que impacta sobre una de las poblaciones más vulnerables del país. Porque detrás de cada número hay personas que organizan sus ingresos alrededor de una jubilación que muchas veces no alcanza para cubrir necesidades básicas, mucho menos tratamientos prolongados o de alto costo.

En los barrios del Conurbano, en las ciudades intermedias bonaerenses y en los centros urbanos de todo el país, la escena se repite con matices similares. Jubilados que revisan precios farmacia por farmacia, hijos que ayudan a cubrir tratamientos de sus padres y adultos mayores que estiran recetas, reducen dosis o postergan compras para llegar a fin de mes. Son decisiones que rara vez aparecen en las estadísticas, pero que forman parte de una realidad cada vez más visible.

Especialistas vinculados a la defensa de los derechos de las personas mayores sostienen que resulta difícil determinar con exactitud cuántos afiliados dejaron efectivamente de acceder a la medicación. Los tratamientos cambian, se modifican las indicaciones médicas y aparecen nuevas necesidades. Sin embargo, advierten que el problema no pasa únicamente por la cantidad de personas alcanzadas, sino por las barreras que se fueron incorporando para acceder a la cobertura.

El nuevo esquema obliga a muchos afiliados a presentar documentación adicional, solicitar subsidios por razones sociales o iniciar trámites de excepción. En la práctica, organizaciones que acompañan a jubilados señalan que esto implica más burocracia para una población que muchas veces enfrenta dificultades de movilidad, conectividad o acompañamiento familiar.

Desde el Gobierno argumentan que las modificaciones buscan garantizar la sostenibilidad financiera del sistema. La explicación oficial sostiene que los recursos deben administrarse de manera más eficiente para asegurar la continuidad de las prestaciones en el tiempo. En ese marco, remarcan que quienes dejaron de recibir cobertura plena continúan accediendo a descuentos que oscilan entre el 50 y el 80 por ciento, según cada caso.

Además, la administración nacional sostiene que para una parte importante de los afiliados el gasto en medicamentos representa una porción relativamente baja de los ingresos previsionales. Sin embargo, otras mediciones presentan un escenario diferente.

La Defensoría de la Tercera Edad estima que el gasto en medicamentos representa actualmente cerca del 27,5 por ciento de la canasta básica de un jubilado. Traducido a valores concretos, implica alrededor de 500 mil pesos mensuales, una cifra que supera incluso el monto de una jubilación mínima con bono incluido. El dato cobra aún más relevancia si se considera que el bono previsional permanece congelado en 70 mil pesos desde hace más de dos años, perdiendo poder adquisitivo frente a la inflación acumulada.

La distancia entre ambas lecturas explica, en buena medida, por qué el conflicto continúa abierto. Mientras el Ejecutivo pone el foco en la administración de recursos, las organizaciones de jubilados y los organismos de defensa de derechos advierten sobre el impacto real que las medidas tienen en la vida cotidiana.

En paralelo, la cuestión se trasladó a los tribunales. Diversas organizaciones sociales, entidades de derechos humanos y particulares impulsaron acciones judiciales para reclamar la restitución de los esquemas anteriores de cobertura. Algunas resoluciones cautelares ordenaron garantizar nuevamente determinadas prestaciones, aunque los demandantes sostienen que existen dificultades para su cumplimiento efectivo y que los conflictos legales continúan acumulándose en distintos puntos del país.

El escenario judicial es complejo y está lejos de resolverse. Existen causas abiertas en varias provincias y también investigaciones vinculadas al presunto incumplimiento de resoluciones judiciales. Mientras tanto, continúan multiplicándose los reclamos individuales de afiliados que buscan asegurar tratamientos específicos.

Ese fenómeno también generó otro efecto: el crecimiento de las acciones de amparo promovidas por estudios jurídicos especializados en salud. Profesionales del sector reconocen que durante los últimos años aumentaron significativamente las demandas relacionadas con cobertura médica, medicamentos, internaciones geriátricas y tratamientos de alta complejidad, reflejando una creciente judicialización del acceso a la salud.

Pero más allá de los expedientes, las estadísticas y los debates técnicos, el problema vuelve siempre al mismo punto: la vida cotidiana. Para muchas personas mayores, la discusión sobre porcentajes de cobertura no se traduce en términos administrativos sino en decisiones concretas. Comprar o no comprar un medicamento. Pagar una factura o completar un tratamiento. Elegir entre necesidades que no deberían competir entre sí.

En una Argentina que envejece y donde cada vez más familias acompañan a padres, madres o abuelos en el acceso a la salud, la discusión sobre el PAMI excede una cuestión presupuestaria. Habla de cómo una sociedad protege a quienes trabajaron durante décadas y hoy dependen de un sistema que debería ofrecer certezas en una etapa particularmente sensible de la vida.

Porque detrás de los 2,2 millones de afiliados que perdieron el acceso automático a la cobertura plena hay mucho más que una cifra. Hay tratamientos que no pueden esperar, familias que hacen cuentas todos los meses y adultos mayores que siguen buscando respuestas. La discusión seguirá en los despachos oficiales y en los tribunales, pero sus consecuencias ya se sienten, silenciosamente, en miles de hogares argentinos.

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